cuneta a otro dormido y que lo dejo en Argamasilla porque de Argamasilla era, el lo conocia.
– ?Y se reia tambien?
– Si, que se medio reia y suspiraba mucho.
– ?No pudo sacarle algo?
– No, lo dejo en su casa y siguio hacia Manzanares.
– No entiendo nada, Maleza.
– Ni nadie, jefe, no se preocupe.
– Ya hablare yo con Rivas. Dale las gracias.
– Dentro de nada se me llena esto -dijo Federico moviendo la cabeza.
– No se preocupe usted, como tenemos la direccion llamare por telefono a las familias para que vengan por ellos, o me los llevo al Ayuntamiento, como quedamos - dijo
– Muy bien, puede usted utilizar ese telefono.
– ?Y a ti, Federico, que tienes tanta familia en Villarrobledo, no te dicen nada estas caras?
– Yo voy muy poco a Villarrobledo, y cada dia conozco menos gentes. Sobre todo a estos, que ya son mas jovenes que uno… Como casi todo el mundo.
– Podeis volver al Ayuntamiento -dijo
– Yo tambien doy por agotada mi sabiduria y marcho -dijo Menchen-. ?Eh, eh!, que cara de regusto que pone este. ?Pero que veran estos tios? A ver si es que han puesto por ahi una lecheria de Dios sabe que.
– Ya no ponen lecherias. Solo discotecas.
– Pero estos, don Lotario, no tienen ya pinta de discotecos.
De pronto, el del traje a rayas, se puso un poco de costado sobre el respaldo de la silla y empezo a darle besetes a la tapiceria de plastico.
– Atiza, manco, ?con quien estara sonando este villarrobledeno? -solto Menchen en el momento de arrancar.
– A lo mejor con Suarez, porque algunos de UCD, y este tenia ahi el carnet, quieren a Suarez como a su chico -dijo entre risillas el medico Federico.
Don Lotario se hizo eco de aquellas risas y anadio:
– Desde luego, con tanta television, el que sea feo o viejo nada tiene que hacer en politica. En la pantalla los tipos, las caras y las sonrisillas a lo americano valen mas que los programas.
Reaparecio
– Avisados. Que alegria se han llevado. Estaban muy intranquilas las senoras de ambos, porque salieron ayer hacia aca a las doce de la manana a no se cuantos negocios. Cada uno por su lado y hasta ahora estaban sin noticias y que uno y otro habian quedado en volver a cenar… Que antes de una hora estaran aqui a recogerlos. Al decirles que estaban dormidos Se han alarmado un poco, pero las he tranquilizado echando la cosa a broma.
– Bueno, senores, si no me tienen que pregruntar mas cosas, yo me largo -dijo Rufo, el del tractor.
– Gracias, Rufo, y estate atento por si te llamamos.
– No faltaba mas. Aqui al contao…
– Y tu, Federico, vete al micro, que Manuel y yo nos quedamos aqui con los vencidos hasta que vengan las familias.
– Bueno… Y ya ha dejado ese de besuquear la tapiceria.
Como
– Si, hombre, que este del traje de rayas, cuando usted estaba telefoneando, volvio la cabeza hacia el respaldo del sillon y empezo a darle besetes a la tela con cara de mucho solaz.
– ?Cono!, este caso de los adormilados no tendra nada que ver con el delito y la policia, como parece bien claro, pero me tiene
– Es que es para tenerte. Tu mision como guardia es averiguar los hechos que causan grandes males… Pero nuestro gusto como hombres listos y humanistas es descubrir todos los casos, aunque sean de suenos y de risas.
– Desde luego, que puede ser mas interesante saber por que se duerme un tio que por que lo matan.
– Muy bien, Manuel. Antes se le daba amoniaco a los borrachos. Voy ahi a la farmacia a que me dejen un frasquete para hacerselo oler. ?Que te parece?
– Por cierto, que no me ha dicho nada del fijador.
– Esta claro. Se ve a la legua. Si lo he dicho… Voy a por el amoniaco.
Sin hacer ruido entro la sustituta de la enfermera y, sentada junto a una mesita, miraba a los barrigotas de Villarrobledo y se pellizcaba la boca para que no se le derramase la risa.
El mas gordo, sin perder su gesto, ahora de durmiente serio, empezo a rascarse una ingle con menudo nerviosismo, y la enfermera por fin reia del todo con sollozos gritones y moviendo las piernas, como ciclista.
Plinio, tambien comico, pero con sonrisa mas formal, traia y llevaba sus ojos desde la chica de blanco que perneaba en el aire, al panzon que con el indice en forma de gatillo se hurgaba a todo lo largo de la curva de la ingle. Volvio don Lotario con el frasco en la mano:
– Aqui esta el amoniaco.
– Trae.
Federico, una vez destapado el frasco, se lo arrimo a las narices al que beso el plastico y llevaba tanto fijador. Pero nada mas llegarle al olfato, volvio la cabeza rapido.
– No se anima. A ver este otro engomillado.
Le enchufo en las narices al otro, que, al sentir el cristal, respiro fuerte hasta entreabrir los ojos, pero volvio a su quedada mohina.
– Por lo menos reaccionan -dijo Federico- mas que con el agua o con las cosquillas. Algo es algo. Estoy dentro, que tengo mucha faena.
Y repitio don Lotario el paso del frasquillo por las dos narices, sin que hubiera mayor senal de animacion.
Plinio y don Lotario quedaron solos y junto a los dormidos, en espera de los familiares de Villarrobledo, mientras la enfermera empezo a pasarle enfermos a don Federico.
– Yo no he estado asi, con ajenos durmiendo tan a mi lado desde la guerra.
– Es verdad, Manuel… Y ni entonces.
De pronto, el de las piernas gordas, al cambiarse de lado, solto un pedo gordisimo y luego una serie de pedetes juguetones.
La enfermera provisional -pues la de siempre estaba enferma, segun dijo Federico-, metiendose la cabeza entre las manos volvio a reirse, a la vez que, como antes, movia los pies en el aire, pedaleando.
– Lo que faltaba, Manuel, que estos nos den el concierto de rondalla.
– Seguro, porque tantas horas durmiendo, tendran los ojetes muy relajados.
Al oirlo, la enfermerilla volvio a pedalear en el aire.
Cada vez que cruzaba la habitacion un enfermo con el frasco de orina entre los dedos,
– El dia que se invente la manera de aprovechar la energia urinaria, tanta como se desperdicia cada dia…
Bien pasada la hora y media sono el timbre y entraron cuatro mujeres de Villarrobledo.
Sin saludar, ni cosa parecida, la mas pequena, que iba delante de todas, comenzo a ausionear:
– ?Todavia dormidos, santo cielo!, pues ?que tila les han dado?
Sin reparar en el guardia, que se habia puesto de pie para recibirlas, las cuatro, encanadas en los dormidos, empezaron a tocarles las caras, a extranarse por la pegatina, a subirles los parpados de arriba y a preguntarle a
– ?Y dice usted que
– ?Y sin faltarles nada?
– ?Y asi nada menos que cuatro horas?
– ?Y que al remolque los echaron desde unos coches en la carretera?
– ?Y que en el pueblo ya se han dao otros dormios asi?
