Al oir aquel pregunteo se asomo Federico y la enfermera provisional, con la boca entreabierta y muy despaciosamente, inicio el pedaleo.

Ahora, de las cuatro de Villarrobledo, cada dos miraban a su dormido, echando los culos al resto del personal.

– ?Ay, senor! -dijo una-, que esto me huele a maricas y porculancias, que a mi hombre nunca lo veia tan repeinado y pegajoso.

– Vaya usted a saber. Si los habran violado por salva sea la parte… Y tu padre se rie un poco -dijo la baja a la joven que estaba junto a ella- ?Es que nos habra oido?

– No, se rien de vez en cuando, aunque no oigan a nadie -dijo don Lotario-. Y le dan besos muy amorosos a los respaldos.

Las cuatro de Villarrobledo miraron muy fijas al veterinario.

– ?A quien le dan los besos?

– A los respaldos de los sofas, no vaya usted a pensar en inmoralidades.

– ?A estos respaldos de plastico negro?

– Si.

Se quedaron tan contritas, que otra vez pedaleo la enfermera.

– ?Como mi marido va a besuquear a un plastico? -dijo la bajita-, si fuera una plastica, todavia…

– Nunca se sabe -dijo la gorda con musica silenciosa- a lo que es capaz de llegar un marido.

– Eso. Sera el mio. Y el tuyo, trisagios.

– Venga, madre.

Federico se encogio de hombros y volvio a su laboratorio. Al contado entro un vejete con un frasco grandisimo de orina.

Al tomarlo la auxiliar, don Lotario le hizo un gesto alzando la barbilla, y ella, con el frasco entre manos y los ojos cerrados, le dio muchas vueltas locas a la cabeza, que era lo que hacia cuando no podia pedalear.

– ?Ay, mi Julian, mi Julian! Si ya despierta.

Y todos los ojos se fueron hacia Julian, el de las piernas gordas. Y todos los labios quedaron quietos, incluso los de la enfermera, abrazada al frascazo de orines, que el viejo contemplaba con miedo.

Plinio miro de reojo.

Julian parpadeaba muy serio. Sin risas ni besetes como antes.

Julian dejo de parpadear y quedo con los ojos bien abiertos, pero se notaba que todavia no estaba del todo consciente.

Federico, sin decir nada, tomo el frasco de amoniaco que estaba sobre la mesilla de la auxiliar y se lo acerco a las narices, muy bien apretado, al pernigordo, que reacciono con gesto de desprecio.

Y empezo a mirar a unos y a otros, luego a si mismo, y al dormido con el traje de rayas, como no sabiendo donde estaba.

– ?Pero que pasa? -dijo al fin con voz desentonada.

– No se, Julian. Eso esperamos que nos lo expliques tu.

De pronto se toco el pecho, el pecho de la chaqueta.

– ?Mi cartera!

– No se preocupe -le dijoPlinio con mucho compas-, la tengo yo aqui. Tomela.

El hombre le echo mano, sin quitarle los ojos al guardia y como preguntandose en sus honduras.

– ?Que os ha pasado, Julian? -volvio la mujer bajita.

– De verdad que no lo se. ?De donde nos han traido aqui?

– Alguien, en la carretera de Cinco Casas, os descargo de un coche y os echo en un remolque.

Julian se miro el polvo que le quedaba en varias partes del traje.

– ?A que vinisteis a Tomelloso los dos juntos? -volvio su esposa.

– No vinimos juntos… Yo acabo de saber ahora mismo que este, Mateo, estaba en Tomelloso.

– ?Anda con Dios! -salto la otra esposa.

– Yo, como te dije, con miras a la vendimia, vine a unas cosas de la Cooperativa, solo, en mi coche.

– Lo mismo me dijo a mi Mateo -dijo la otra con los ojos entornados-, y tambien vino en nuestro coche.

– ?Y donde esta mi coche? -pregunto al oirlo Julian, al policia.

– ?Ah! Ni idea. ?Entonces usted fue a la Cooperativa a sus cosas?

– Si…

– ?Si o siiiiiiii?

Si. Lo que pasa es que no estaba el que yo buscaba, y marche en seguida para volver esta tarde.

– Ya. ?Y que hizo mientras?

– Pues comi en elBar Alhambra, tome cafe y, luego, para hacer hora, me eche un poco la siesta en el coche, que lo tenia aparcado en una calle de al lado, que no se como se llama.

– ?Y luego? -pregunto su mujer.

– Pues ya ves -dijo el mirando al suelo.

Plinio, Federico y don Lotario se ojearon.

– Pongale usted tambien el frasco a mi padre en las narices -dijo la otra chica, hija del dormido del traje a rayas, a Federico.

– Ya se esta despertando tambien. Pero parece que el amoniaco acelera un poco. Se lo aplico.

– Y destapando el frasquillo se lo acerco a las narices.

El hombre debio notar como picor y empunandose

las narices empezo a moverlas y, en seguida, se le puso el gesto mas vivo.

Pasados unos segundos, el hombre bostezo, como si se desperezase, se rasco en varios rincones. La auxiliar, meneando los pies sonreia.

Y por fin abrio los ojos del todo y quedo mirando al medico, solo a el.

– ?Tu eres hijo de don Luis Martinez Acebal, el boticario de mi pueblo?

– Si… Boticario de aqui.

– Cuanto me alegro de verte. ?Y en que puedo servirte?

– A mi en nada. Yo soy el que quiere ayudarte a ti.

Volvio la cabeza rapido.

– ?Atiza, un guardia!… Y la familia… ?Y estos paisanos?

Y se sonreia, como ante la cosa mas natural.

– ?Pues que pasa? ?Donde estoy?

– En Tomelloso.

– Ah, si, jefe. Ahora recuerdo que vine una manana. ?Esta?

– Si. ?Y donde fue primero?

– ?Es que he hecho algo malo?

– ?Por que?

– Como me pregunta usted, un guardia…

– Es que queremos ayudarles. Saber que les ha pasado.

– ?A este…, a Julian tambien?

– Tambien.

– Pues lo veo ahora por primera vez desde hace tres o cuatro dias. Yo vine a la Cooperativa y he estado alli lo menos una hora hablando de un vino.

– Y yo tambien.

– Pues no te vi.

– No estaba el que buscaba…

– ?Y alli os echaron el fijador en el pelo a los dos? -dijo la esposa bajita con los punos en la cadera.

El hombre se toco los pelos mientras miraba los del amigo. Hizo un gesto de extraneza.

– ?Y despues de la Cooperativa que hizo usted? -siguioPlinio sin reparar en lo de la gomina.

– Comi con dos de la Cooperativa en un restaurante muy majo que se llamaEl Molino y que esta cerca de Argamasilla.

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