Metido en lo suyo… no reacciono hasta que entraron tres hombres y dos mujeres, y desde la puerta vinieron derechos a el. Y recordo que al poco de llegar al
– Manuel, perdone que le molestemos, estando de domingo como parece que esta, pero no podemos callarlo mas… Hemos ido al Ayuntamiento y nos han dicho que estaba libre…
– ?Y quien os ha dicho que estaba aqui?
– Antonio, el churrero.
– ?El de las gafas gordas?
– Ese.
Se veia que los hombres, ya bien mayores, venian un poco a rastras de aquellos dos marimachos, sobre todo la que hablaba con ademanes como de empujarle a uno. La otra, en delgado, sin medias y con las canillas muy finas, decia que si a todo lo que hablaba la marimacho grande. «Esta debe tener la piel del culo muy dura, no por vieja, sino por braga» -penso
– Bueno, ?y que pasa?
– Asombrese usted, Manuel -exclamo la jarocha alzando mucho el labio de arriba…-, que hace tres noches que no sentimos roncar al
– ?Es posible? -dijo
– Si, Manuel -dijo la otra arrecia de las canillas sarmentosas-…, ni respirar.
– Habra cambiado de alcoba.
– Ese, en la parte de la casa que duerma, aunque sea en la cueva, deja oir sus rebuznos del sueno en todo el distrito.
– Eso es verdad -confirmo
– Ahi puede estar el misterio, jefe -dijo la marimacho con los dos brazos fuertemente cruzados sobre las dos tetas-. Nadie lo ha visto entrar, salir, asomarse o sentarse en la puerta, como hacia en las
– A ver si le ha pasado algo al pobre…
– Por eso lo buscamos con tantas ansias, Manuel. Porque para el barrio seria una paz enorme que el pobre dejara de roncar todas las noches, pero da mucha pena, tan solo, tan sin quien le arremeta la manta o le de el yogur si se pone malo.
– ?Entonces vosotras pensais que puede ya haber cerrado la boca para no roncar mas?
– Si, jefe, eso…
– Bueno, pues vais al Juzgado…
– Ya sabia yo que iba usted a decir eso -dijo uno con el perfil resabio y los ojos chicos.
– ?Ea!, que voy a decir.
– Mira, Manuel, como la gavillera del corral de este y la suya estan a media vara lo mas una de otra -dijo la marimacho senalando al cara de listo-, si usted quiere vamos todos y saltamos a ver que ocurre. Si pasa algo malo lo decimos a la autoridad del Juzgado y, si no, todo se queda entre nosotros.
– Total, un rato de bacineria…, pero por amor al projimo -dijo otro que habia sido monaguillo, luego sastre y ahora muy binguero.
– ?Y todavia teneis gavillera? -pregunto
– Yo si, para que le de sombra a mi corralillo -dijo la macha.
– ?Y el
– Ese, el pobre, se quedo en el ano que mataron al cura, y tiene de todo lo viejo.
Plinio, antes de contestar relio otro pito y al fin arranco.
– ?Y decis que tres noches sin roncar?
– Sin roncar y con la puerta cerra.
– ?Y la ventanilla de su alcoba?
– Entreabierta, como acostumbra.
– El miercoles ronco como siempre o mas… y digo mas -hablo la delgada- porque un mastin que cayo por alli, lleno de amor propio le estuvo contestanto toda la noche, sin poderlo vencer… Y el jueves silencio total, sin verlo ni oirlo.
– Bueno, pues vamos a ver que pasa -dijo
Y echaron paseo adelante, sin prisa, sin formar fila ni hilera, cada cual con su aire y braceo.
A
– «… Que cadena perpetua -pensaba el guardia- debe ser tener que acostarse todas las noches con un culillo asi tan enterrador, tan fino y con unos molletes como de goma de pelota vieja en diciembre…»
La marimacho, como si fuese ella la autora de todo, caminaba un poco delante con el entrecejo muy satisfecho.
Como
Al llegar a la calle de la Azucena,
Ya en el corral antiguo, en contraste con el resto de la casa, muy horteramente modernizada, con parrales, gallinero, un tinajon y la gavillera, parecia que se estaba en los tiempos del general Aguilera. La diferencia de alturas entre la gavillera de La Cidoncha y la del Roncador no llegaba a un metro. Los sarmientos de una y de otra eran viejisimos, negros, y las gavillas atadas con tomizas, ya podridas.
La Cidoncha, con sus ademanes de boxeador por lo menos, ofrecio a Plinio la escalerilla de madera y, haciendo un doblaje tremendo de espalda cada vez que avanzaba un escalon, Plinio subio con cuidado para no empolvarse el traje. Ya encima de las gavillas, los sarmientos, tan negros por hielos y veranos, crujian, se tronchaban y hundian por algunas partes.
– No, no podemos estar todos juntos sobre la gavillera. Venga, salta tu a la del Tachuelas.
La Cidoncha avanzo como pudo sobre los sarmientos podridos, que se rompian, hasta la gavillera vecina, la mas alta. Se apoyo en ella con ambas manos y dio salto y cula. Luego se volvio y a gatas sobre los cuatro miembros se puso de pie un poco tambaleante.
– Estos sarmientos dieron las uvas de la guerra -se lamento
La del culo luteno se quedo en la escalera con la cabeza sobre las gavillas sin atreverse a subir del todo.
La Cidoncha ya estaba asomada al corral del Tachuelas.
– ?Hay escalerilla para bajar a ese corral?
– Si, Manuel. Mas bien escaleraza.
– Menos mal. Venga, sigue y baja.
Casi a gatas y uno a uno llegaron al borde de la gavillera vecina y bajaron por la escaleraza.
El corral del
– A este corral no ha entrado nadie desde que se marcharon del pueblo.
– Hasta huele a corral antiguo, de aquellos con retretes de tapas y basuras - dijo
En su vida habia visto en el pueblo un corral asi…
