– Claro que si el pobre vive solo no va a ponerse a deshierbajar esto.
– Ni a enterrar gatos muertos -dijo
Cuando estuvieron todos junto al portalon del corral que daba a la cocina de abajo:
– Veras como este
– Por lo menos encajailla esta.
– Quita a ver -dijo
– Otra un poquito mas fuerte, que va.
El porton, que chillaba a cada patada, poco a poco cedio, dejando a la vista un fogon antiguo, con pesebre al lado.
– Esta parte de dentro ya esta como toda la vida, antigua, pero sin
Entre telaranas, y sobre las baldosas llenas de polvo, llegaron al patio. Ya en el se notaba que habian andado manos ultimamente.
La del culo agudo toco el respaldo de unas sillas y se miro la yema.
– Esta visto que el viejo con la escoba solo llego hasta el patio.
– ?Es que no viene nadie a limpiarle la casa? - pregunto
– Que sepamos, nadie -dijo
Subieron al otro piso, limpio ya total, si cabe.
Se asomaron a la cocina, al comerdorcillo y todo estaba en relativo orden.
– ?Ah!… ?Ah!, Manuel, aqui no se puede abrir -dijo el mozo empujando una puerta.
– ?Que pasa?
– No se, Manuel. Parece que hay algo detras de la puerta.
Por los dos o tres dedos de rendija que dejo la puerta al empujarla el mozo con todas sus fuerzas, se veian escombros.
– Vamos a por ella -dijo
Todos le ayudaron.
Cuando consiguieron abrirla como dos cuartas,
– ?Atiza, manco!
Y entro de perfil, muy estrechamente, casi arrancandose los botones de la chaqueta. Los demas lo siguieron por la raja. Para ello
Todos, malteniendose sobre la escombrera que cubria todo el suelo y parte del armario, miraban a la cama de matrimonio donde debia dormir el
– Al pobre se le hundio el techo encima -dijo la del culillo, mirando al agujero que habia en el techo por donde se veian las vigas de aire del camaron.
– A lo mejor, de un ronquio -anadio La Cidoncha, con cara de lista y senalando como comediante.
Plinio, sin decir palabra, comenzo a quitarle escombros de sobre la cabeza.
– Esta bien cubierto, pero que muy bien.
Todos ayudaban.
La Cidoncha encogia las narices:
– ?Como huele!
Aparecio mas blanco todavia el pelo del
Aparte de tener asi la boca tan abierta, el gesto del muerto parecia sin susto, tranquilo.
– Lo que yo le decia, Manuel, en el mismo momento del ronquido le cayo el terron en la boca tan abierta, que no pudo con el.
Plinio no pudo evitar un amago de risa.
Todos miraban extasiados.
– El pobre -dijo la fina, desenterrandole la barba- tiene la barbeja mas blanca todavia por tanto yeso viejo.
– Y que bien apretados tiene los ojos.
– Los ojos son mas rapidos que la boca.
– A lo mejor es que cuando se esta en el momento mas bovedoso del ronquido no se puede cerrar la boca aunque le caiga a uno un rayo.
– Pobre, fijaos -dijo
Y empezaron todos a quitarle escombros de sobre el cuerpo tieso, duro y frio.
– Y vamos rapidos, no vaya a caersenos el poco techo que queda encima.
Todos miraron hacia arriba, a las vigas y carrizos de aquella albanileria arcaica.
Plinio de pronto penso en don Lotario, junto a las aguas del mar y aquella hora, seguro que tomando una cervecilla fresca, mientras el, alli, junto a aquel tomellosero primero de su historia que se mato de un ronquido, segun parecia.
Capitulo IV
Como don Lotario continuaba en Alicante con la familia, seguro que aburrido de ver el mismo meneo de mar todos los dias y sin tener que hablar de cosas «entranables», como dicen los politicos -menos mal que volvia el domingo-,
Como ya habian pasado las ferias y marcharon los forasteros y emigrantes, la churreria quedo con la parroquia habitual del pueblo y de la hora. La Rocio habia empapelado las paredes con un papel rosa acrilico que daba dentera y, sin venir a cuento por el color y la grasa del lugar, habia colgado un retrato del rey don Juan Carlos, que como molesto por tanto humo de aceite churrero, aunque con mucho disimulo, parecia encoger un poquito la nariz de Borbon joven.
Y es que a la Rocio, aburrida de todo por tantos anos y repeticiones, le habia dado ahora por la politica, que nunca fue cosa de su faldriquera, y a cada paso sacaba el tema del Rey, de Suarez, de la Reina, «esa senora que aguanta mas que nadie»; y hasta de «Manolito Fraga, el de los arrechuchos», como ella lo llamaba.
Como siempre, la Rocio simulo no ver a Plinio y cuando pasaba cinco minutos con el codo tirante, le puso el cafe con leche, los bunuelos aceitosos, humeantes, y al lado un Lanza, el diario de la provincia, muy bien doblado; y se volvio junto a la rosca, sin chorrear el menor hilo de risa, ni palabra.
Plinio aparto suavemente el periodico y empezo a bunuelear (que don Lotario churreteaba, a la hora del desayuno, se entiende, y Plinio bunuleaba en la misma ingestion).
La Rocio miro varias veces desde lejos, y como vio que ni se molestaba en hojear el
