– ?Vamos, Manuel?
– Pues venga, vamos. Que mas vale oir roncar que ser bacinilla de pajaretes… Y lo que me extrana es que vosotros, tan mozos, tengais noticia del
– Tenemos noticia porque nuestros padres lo han nombrado muchas veces, y porque desde que llego empezaron a oirse sus ronquidos por todo el barrio…
– Roncando asi, Manuel -dijo la moza de las gafas-, se hace uno famoso en seguida.
– Sobre todo roncando solo de noche. Si roncara de dia pasaria mas inadvertido, pero de noche, cuando casi todos los coches estan en el pesebre, las televisiones ya con el oscuro echado, y las vecinas desunidas, sin contarse las veces que orinaron sus hijas, pues el ronquido de
Empezaron a andar y don Lotario pregunto a
– ?Te ries, Manuel, de la jacularcia del barbas?
– No, pensaba que el pobre
– Desde luego, Manuel, que unos ronquidos asi, tan calderones y potentes, son para enorgullecer a un pueblo y recordarlos toda la historia.
– Y mire usted que para que en estos tiempos de tanta moto con escape abierto llame la atencion un concertista de ronquidos, ya hace falta echarle respiracion.
Subieron por la calle de la Feria hasta la de la Azucena y don Lotario, en broma, empezo a hacer oido.
– No se oye.
– No, don Lotario. Si es mas alla. Pasada la calle de la Palma.
– Pues vamos hasta la calle de la Palma… Calle de la Azucena, calle de la Palma, son los nombres de calles mas bien traidos del pueblo.
– Y no se olvide usted: la de al lado, de la Paloma.
– Debio ponerles estos nombres -Azucena, Palma y Paloma- algun alcalde muy tierno.
– Y el que la calle de la Paloma se llame ahora del pintor Lopez Torres tampoco desentona, Manuel, porque Antonio tiene la sonrisa, la barba y la bata, blancas como las palomas y como las azucenas de al lado.
– Ahora esta usted romantico, don Lotario -le dijo el guardia en voz baja.
Al llegar a la calle de la Palma, los jovenes empezaron a hacer oido con cabeceos caninos.
– Si estuviera roncando, ya lo habriamos oido desde la Camas Blas. Menudos bombardinazos suelta.
– Pues es raro, porque a estas horas siempre esta haciendo el solo.
– Se habra levantado a hacer aguas o a enjuagarse la garganta, que cada hora de ronquidos -segun dice el mismo- se le queda mas seca que un canalon en agosto.
– Mira, Manuel, en esa casa de las ventanillas altas.
– Ya, ya lo se.
– Y las luces estan apagadas. Acostado esta, seguro, pero a lo mejor en muy buena postura, cuando no ronca.
– ?Y cual es esa buena postura para evitarnos el concierto?
– Digo yo que boca abajo, mordiendo la almohada, para cortarse el tono.
– ?Venis a oirlo? -les pregunto uno desde el balcon oscuro que estaba sobre ellos frente al de
– ?Y ahora por que esta callado, Ramon? -pregunto don Lotario al del balcon.
– No se… Estara poniendose lengueta nueva, digo yo… Mira que estamos acostumbrados, pero esta noche es que no he podido pegar ojo. Hasta las bombillas se meneaban.
– Venga, Manuel, vamos a sentarnos en este poyete tan altico, no sea que el silencio se alargue.
Se sentaron, sacaron cigarros y despues de hablar un ratillo en voz baja, los cinco jovenes empezaron a simular como un concierto de ronquidos cachondos.
Asi andaban las cosas, bajo las risas memeas del que estaba en el balcon oscuro, y las suaves de los mozos, cuando, de pronto, sin amago ni introito, cargo
– ?Jodo!, tiemblan hasta los caballetes de los tejados.
Tampoco la expiracion fue tibia. Despues de unos segundos de silencio, durante los que todos aguardaron con suspense de terremoto. La expiracion, tambien con ruido de viento estremecido, que hacia vibrar las orejas y los pelos. Acabada la vuelta del aire entre pulmones y muelas -y tal vez los intestinos, y companones canosos del dormido- pasaron unos segundos sobre los gestos temerosos de algunos oyentes y los oidos tapados de otros, hasta que volvio a la carga, mucho mas grave, si cabe, y ahora con un son triste-negro, de avion en tunel o de leones en cisterna.
– Te aseguro, Manuel, que en mi vida habia oido algo asi, y mira que soy veterinario. Y se me estremecen los huesos como si fuese de viaje en una apisonadora.
– A mi donde me molesta es en el estomago, fijese usted, como si se mediase con el oido.
Empezaron a abrirse ventanas y balcones, y las gentes subian y bajaban desde las calles del Monte y la de la Feria. Gentes con caras entre de gusto y miedo.
El mastin que traia un feriante rubio, al oir el ronquido mas fuerte de la noche, con los ojos tristisimos y asustado se arrimo a una portada verde.
– Mira, Manuel, esa pone cara de gusto -dijo don Lotario senalando a una moza, que con los ojos medio en blanco asomaba la cara rubia entre los hierros de una ventana.
– Es que hay gustos para todo. Y mire usted a aquella le dio el histerico -y senalo al balcon desde el que una en camison y con los brazos en alto gritaba:
– ?No hay derecho! ?No hay derecho!… a interrumpir la intimidad de la familia.
– Esta es su noche mas sonada, Manuel -dijo el otro del balcon oscuro-, desde que volvio al pueblo. Debe ser la calina del agosto, que le seca las cuerdas.
Y conforme seguian y se abroncaban los resuellos artilleros de
Siempre que El Tachuelas se tomaba algun respiro, nunca mejor dicho, se iba alguna gente y cerraban vidrieras, pero algunos que parecian haber decidido marcharse dos segundos antes de volver la redondez inacabable del ronquido, permanecian con la boca entreabierta y los ojos guinados hasta que tornaba el silencio.
Plinio y don Lotario tardaron mas en marcharse, porque el de las barbas habia ido a por un cassette, y estuvieron un buen rato grabando los «rebuznos de almohada», como dijo uno. Luego, entre risas, pasaron la cinta y, aunque un poco alejados, como resollados dos pisos mas arriba, resonaban un tanto misteriosos y aislados, pues mirando a la cinta dando vueltas, parecia imposible que de ella salieran.
Cuando al fin marcharon, todavia quedaban morosos sentados en los bordillos de las aceras.
– Nadie todavia en el mundo habra dejado de herencia el son de sus ronquidos.
– Desde ahora en adelante, de las familias muertas nos quedara todo.
– Cassetes de ronquidos, de partos bien gritados y de las ultimas pedorretas de los hombres mas ilustres.
– Que cosas tienes, Manuel… Y radiografias de calcanares… ?Te imaginas una guerra civil de ronquidos y desde todas las puertas y balcones las gentes vomitando ronquidos al vecino?
– Don Lotario, conforme va usted siendo mas viejo, le echa mas imaginacion a todo le repito.
– ?Mas que tu?
– Mas que yo. E imaginacion tomellosera… Y en el cementerio, por la noche, todas las tumbas burbujeando ronquidos, pero muy hondos, «a nivel» de tosca.
– No le digo.
