adormiscado -Plinio se fijo muy bien-, apreto el boton del timbre.

Amananar, lo que se dice amananar, no, pero el cielo empezaba a empavonarse un poco. Se veian los bultos mas cerca y con mas perfiles.

Las putimozas que no estuvieran de dormida con el macho de la noche, y sintiendo los pelos de los muslos en las nalgas, estarian dormidas de verdad por su cuenta y el culo mas frio, porque el del cuello pecoso, despues de esperar dos buenos ratos, tuvo que timbrear por vez tercera y tan sostenida que el repique del timbre, aunque encerrado, y bastante lejos, lo oyo Plinio.

Abrieron al fin, pero el Bocasebo no entro. La que le abrio ?seria la misma Mora? y en camison azul, que bien se la veia por la puerta entornada discutir con el trasnochador. A lo mejor a aquellas horas, aunque es raro en tales sitios, no querian abrir.

Plinio aguardo, y hasta le llegaron recortes de voces. A ver que pasaba…, y pasara lo que pasara, sin saber que camino tomar, o con que pretexto dar el la gorra a aquellas horas en semejante sitio.

Y en aquel momento -Plinio se habia acercado mucho mas- vio perfectamente que el ex dormido se sacaba la cartera del bolsillo interior y ofrecia un monton de papeles verdes a la Mora y que despues de unas palabras mas y una sonrisa de raja, tomo la oferta y lo dejo pasar.

Fue ahora Cuando Plinio, ya sin temor de ser visto, saco el «caldo» tan deseado en aquella larga madrugada y empezo a chupetear y a echar humo, con toda el alma, mientras pensaba de esta manera:

«… A este, la Mora no lo dejaba pasar a hacer uso del colgante, porque no hay ninguna con las ingles desalquiladas. Pero como se ha puesto tan terco y ha soltado hojas, le va a procurar lo que pueda o lo que quiera. Depende de los billetazos que haya liberado. De modo que uno lo que va hacer, hasta que consuma el 'caldo', es aguardar aqui tranquilo y cuando haya pasado tiempo de bragueta suficiente, llamar, entrar y empezar las averiguaciones.»

Por el comienzo de la colilla del cigarro estaba, que brillaba en la noche como pizca de estrella, cuando observo por una ventana que se encendian las luces de la habitacion de la izquierda del chaletito. Estuvo asi como cuatro o cinco minutos encendida, hasta que las rejas de la ventana volvieron a quedar negras.

«Ya se han ensabanado, seguro. Pues voy antes que se vuelva a dormir la del camison, sea la Mora o la lugarteniente, y empiece el trabajo rinonero.»

Tiro el cigarro, lo piso. Noto que paso un cuervo siseando, con la sombra de sus alas mas negras que el cielo, algo clarioncillo ya, se cruzo hacia la puerta de la casa de la Mora , y cuando llevaba el indice al boton del timbre, Plinio con la otra mano se rasco la nuca, a la vez que pensaba: «A ver que digo yo ahora.»

Sono el timbre muy en lo hondo de la casa y espero:

«Supongo que no le habra dado tiempo de quitarse el camison, a la que abrio la puerta.»

Y aguardo. Pero nada, ni paso.

Con el dedo mas decidido volvio a tocar dos minutos despues.

– ?Quien es? -oyo que le gritaban tras una persiana.

Manuel iba a contestar desde la puerta, pero fue hacia la persiana sin decir palabra, y con paso bien aplomado. Asomo por fin la cabeza de la mujer que antes abrio al pecoso, como supuso Plinio .

Lo reconocio en seguida la Mora , y con voz melosa:

– Buenas noches…, quiero decir buenos dias tenga usted, Manuel. ?Le puedo servir en algo?

– Abreme y ya lo sabras.

– ?Pues que pasa?

– Nada grave. Abre.

– No faltaba mas. Un momentico.

Plinio volvio hasta enfrentarse con la puerta de la calle. En seguida vio por las rendijas que habian encendido las luces… Y a poco le abrio la puerta, pero con una bata color sangre de toro y no azul como antes.

– Adelante, Manuel.

Paso hasta un entre medio-patio y medio-recibidor, tambien muy bien puesto, con fotografias grandes y enmarcadas de artistas del baile y del cante y cada cual debajo de unas lamparas con bombillas en forma de zanahoria.

– Sientese aqui, Manuel, si viene de asiento -le dijo la Mora senalandole un sofa largo y muy bien tapizado con terciopelo color celeste, de colcha.

– Muchas gracias, que si vengo de asiento. Y se dejo caer en el sofa, mientras la Mora lo miraba intentando adivinar.

– ?Quiere usted un cafe, Manuel?

– Muchas gracias.

– Pues usted dira… a estas horas.

– Sientate aqui, a mi lado.

– No faltaba mas.

– Y perdona si te he despertado.

– Me habia despertado otro que llego un momento antes que usted.

– ?Quien?

– El hijo de Bocasebo .

– ?El de las pecas en el cuello?

– En el cuello y en todo el cuerpo, oiga usted, porque me han dicho las chicas, que conforme le caen cuerpo abajo, se le amontonan las pecas de tal manera al llegar a semejante parte, usted me entiende, que todo se convierte en peca sola. Es decir, todos sus bajos tienen el color de nuez de las pecas.

– ?Por los muslos y piernas tambien?

– No, por lo visto traspasadas las ingles ya empiezan sus carnes a clarearse de nuevo.

– Que cosa mas rara. ?Y a que ha venido a estas horas Bocasebo ?

– Pues ya se puede usted imaginar.

– ?De dormida?

– No se si de dormida o de ocupacion. No creo que tenga fuerzas para lo ultimo, pero debe estar con el eje nervioso, porque hoy es la segunda vez que viene.

– ?Y a que hora estuvo la primera? -pregunto Plinio euforico.

– A la caida de la tarde o asi.

– ?Y a que hora se fue?

– ?Ah!, no se. No lo vi salir.

– ?Y varia mucho de hembra?

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