, sin poderlo remediar, sintio una nerviada por toda la espalda y parte de sus vueltas.

Aquella talla de cuerpo, y sobre todo aquel culo, almohadon magistral, ritmico de curvas, de honduras y seguro que de gestos verdes y pedos luminosos, era el que le habia descrito Salustio con aquella encendida expresion de ojos, de manos volainas y como pellizcadoras de molletes etereos. ?Que buenisimo apano de culo y de cintura!

Y la Reme, levantada, hasta en el momento simplon de ponerse la bata, movio el cuerpo de aquella manera tan rica.

– ?Tu saliste a despedirle, Reme? -le pregunto la Mora .

– No, jefa, yo estaba caida de sueno y le dije adios a medio labio.

– ?Pues no has dicho que lo viste salir por esta puerta? -casi le grito Plinio , aunque sin quitarle los ojos.

– No senti que saliera por otro sitio. Y le oi casi entre suenos. A lo mejor, al verlo a usted, si vino siguiendolo, como parece, salio escondiendose -dijo ella muy inclinada ahora sobre sus muslos mientras se calzaba las zapatillas.

– Oye, Mora , enciende la luz del techo -solo estaba encendida la de la mesilla.

– Si, Manuel.

Y con cara de no saber por que le mandaban aquello fue al interruptor que estaba junto a la puerta.

Cuando encendio la luz de neon, que dejo el dormitorio de un azul clarisimo, Plinio , con una rigidez inesperada se acerco a la Reme y empezo a mirarle la melena. Ella le sacaba la cabeza de alta al jefe de la G.M.T.

– Agacha un poco la cabeza que te vea mejor el pelo.

– ?Pero que pasa?

– ?Que te echas en el pelo, Reme?

– Que cosas, jefe, ?usted que cree?

– Bandolina, como las antiguas.

– Que vista, jefe. Pero muy poquita. Asi con la punta de los dedos. No quiero que se me ponga duro el mono como a nuestras abuelas.

– ?El mono…, hermosisima? -se le escapo a Plinio .

– Es un decir.

– ?Es que en Cataluna tambien se echaban antiguamente bandolina?

– Claro. Como en todos sitios, al menos las de mi familia.

– Vaya, vaya. ?Y donde la tienes?

– ?El que?

– La bandolina.

– Aqui, jefe, en el tocador. ?Donde la voy a tener?

– ?Y a quien mas le echas bandolina?

La Reme quedo mirando fijamente a los ojos de Plinio . Se puso muy seria y poco a poco, arruga a arruga, empezo a llorar. Y luego, asi llorando como desesperada, se tiro sobre la cama boca abajo. En cada gimoteo Plinio sentia como si aquel culo, nalgas arriba, en un «rock» gratisimo lo incitara, y hubo un momento en el que tuvo que contener la respiracion para no hacer una cosa fea, y de un cabezazo brusco quito los ojos de aquellos dos lugares medioluneros, que tambien besaba el aire al compas del gimoteo.

La Mora, con cara de vencida al ver el llanto y la derrota de la Reme, tomo a Plinio de un brazo y le dijo:

– Venga usted aqui fuera, que hablemos un momento.

Plinio la miro sin comprender del todo, al menos de momento, y agachada la cabeza se fue tras ella, que apago las luces y tiro de la puerta dejando a la Reme en su llanto boca abajo.

La Mora , sin soltar el brazo de Plinio lo llevo hasta el sofa de fuera, donde antes estuvieron.

– ?Que pasa?

– ?Ay, senor! Unos por mucho y otros por poco… Aqui al reves, mejor dicho, que la pobre Reme es muy desgraciada… En ninguna parte la quieren… No calienta el nido en ningun pueblo o capital. A los pocos meses tiene que salir pitando. Por eso siendo catalana cayo aqui y ahora esta para marcharse a Sevilla.

– ?Tan buena como esta?

– Tal vez por eso.

– Pero sera una mina.

– No lo sabe usted bien. Hay tios, como hoy Bocasebo , que vienen dos veces en un dia. Pero el trabajo que me da y los lios que me trae no se los puede usted imaginar.

– Ya… ?Y por que se echa bandolina?

– ?Ah!, rarezas de ella… Que buena esta, ?pero rara tambien!

– Pero bueno, ?que es lo que pasa de verdad?

– Yo no se lo puedo explicar bien, porque ella tampoco lo sabe a ciencia cierta… estoy segura… Pero raro es el dia que no tengo que acompanarla en su coche para dejar por ahi a «sus muertos», como ella les llama.

– Un momento -dijo Plinio levantandose impetuoso y yendo otra vez a la habitacion donde estaba la Reme. Abrio con su llave.

La Reme habia vuelto a encender la luz de la mesilla y, aunque con quejidos mas bajos y ya tapada, seguia llorando. La Mora, sin encomendarse a nadie entro, corrio una cortina que habia muy pegada a la pared, frente a la cama, y aparecio una puerta. La Mora tiro de la manivela y abrio de golpe. Encendio una luz interior que habia tras la cortina, se vio una especie de armario empotrado, mejor diria de habitacion pequenisima, porque toda era de tabiques, y sobre uno de los tres divanes estrechos que dentro habia, cubierto con una manta, que en aquel momento besuqueaba entre suenos, estaba Bocasebo, vestido muy malamente, sin corbata, despeinado y sin brillantina en el pelo, descalzo y solo, con los calcetines torcidos.

Plinio lo miro y remiro muy bien, sin cara de alegria ni de sorpresa.

– Y dentro de un rato, si no hubiera venido usted, entre las dos, en el coche de ella, lo hubieramos tenido que llevar por ahi para no almacenar aqui «muertos de gusto».

– ?Pero eso le pasa a todos los que la montan?

– No. Solo a uno de cada ocho o diez.

– ?Y los que aparecen asi dormidos de gusto en otros pueblos de la provincia?

– Pues que nos enteramos que son de alli, por su documentacion o la de su coche, y los llevamos para no amontonar en Tomelloso demasiados

Вы читаете El hospital de los dormidos
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату