personas que alli habia, entre ellas Maria Rosa, que rezaban sobre los reclinatorios muy pegados al catafalco del cura.
Ya en la sacristia dejaron al dormido sobre un sofa ancho.
– A este lo ha dormido alguien dandole por la embocadura, jefe -dijo Tomas Torres.
– ?Por la embocadura?
– Si, digo dandole de beber algo.
– Sepa Dios que, porque ahora, fijate, esta besando esa estola colgada en la «cajoneria», como llaman los curas a ese armario donde cuelgan todas las investiduras, y que le estaba rozando la mano.
– Es verdad, y antes tambien ha besado mi mano y sonreido como si le diera gustillo.
– Que raro es todo esto, Santo Dios… Pero marchaos, que yo me quedare con el, a ver si despierta y dice algo.
– A la orden, jefe.
Y Plinio se sento en el unico banco de madera vacio, pues en el otro, puesto ahora no sabia por que junto a la «cajoneria», dormia el Bocasebo con aquel gesto tan apanado.
Plinio, ya solo, echo un vistazo a las puertas de la sacristia: la de la izquierda que lleva a la nave central y que tambien conduce a los servicios, en el mas puro sentido del plural; la de la derecha, que lleva al altar mayor, y la del archivo. Y todavia la puerta que sale a la calle de Veracruz. Se fijo en la fotografia grande de una imagen de la Virgen, en el armario empotrado y en la mesa de despacho del centro, todo bajo una sola luz, pobrilla, pobrilla.
Cuando transcurrio un rato sin novedad y
Despues de breve forcejeo, le quito la mano como pudo, se seco las babas y los mocos y quedo con los ojos fijisimos en el pecoso
Poca gente debia estar velando al cadaver de don Manuel ya a aquellas horas, porque en la sacristia no aparecia nadie.
Como en su vida habia hecho Manuel un servicio en semejante lugar, se echo una sonrisa a si mismo y se dio unas vueltas por todo lo largo de la sacristia para ver de cerca tantos aparejos de iglesia.
Se paro ante un cuadro muy grande de Cristo pintado al oleo, que estaba pasada la puerta del archivo. Mirandolo estaba sin apenas poder distinguir nada por la poca luz que alli habia, cuando oyo que se abria la puerta. Volvio la cabeza y la gran sorpresa: era el
El pecoso ni reparo en el guardia y lo miraba todo rascandose el pelo; por cierto que algo debio notarse en el, puesto que despues se miro y se olio las yemas de los dedos.
Como para mejor comprobar el recien despierto que estaba en su ser, se busco el paquete de cigarrillos, encendio, chupo con gustisimo, echo el humo por todos los agujeros y le asomo en la cara un regusto muy grande, segun el parecer de
Habia una tranquilidad en sus ojos, como si siguiese adormilado… Y el caso era que la viveza con que chupaba el cigarro, no estaba a tono con el aire un tanto traspuesto que digo.
Por fin,
Bajo la escalerilla mirando mucho los escalones del altar como si temiera caerse y marcho hacia la puerta de la iglesia donde lo depositaron, o se deposito el, la del Pretil.
Plinio, cuando lo vio ir hacia la calle, cruzo tambien el altar mayor, aunque muy pegado a un lateral, ante la sorpresa de los rezadores, y fue a la misma puerta del Pretil. Desde el poyete de piedra, Plinio lo vio avanzar hacia la plaza y no aparecio en ella hasta que el despertado se cruzo a la esquina de los Paulones.
Tendria ya Bocasebo unos cuarenta anos de edad, pero a Plinio le parecia mucho mas joven, por el corte de cuerpo y el aire de sus pasos, aunque de medio dormido. No cabia duda que iba calle de la Feria adelante. Plinio lo siguio desde lejos, pues no era facil que se le perdiera, porque todo estaba solitario. Siempre tan prudente, prefirio no seguirlo por la misma acera, y se cruzo dandole vuelta a la plaza, sin perderlo de vista, a la acera de correos y sin despegarse de la pared, pues tenia la sensacion de que Bocasebo, el pecoso, andaba no muy seguro de saber hacia donde iba, aunque no a su casa, porque todos los Bocasebos vivieron siempre en la Carrera de San Jeronimo (de Tomelloso, se entiende).
Plinio tanto queria no ser notado, que a pesar de las ganas de refumar, no encendio. Ademas se quito la gorra de plato y se la pego con ambas manos en la rinonera para ofrecer menos su perfil, si al pecoso le daba por torcer el cuello.
Todavia le faltaba a Plinio un buen trecho para llegar a casa de Castillo, cuando vio que su seguido se cruzaba de acera, justo al llegar frente a la calle Mayor. Al verlo sintio un palpito muy grande y tanto miedo de ser visto.que se pego a la pared cuanto pudo.
«Este va a la colonia de las ingles, tan fijo como hay gargueros», se dijo el guardia.
Ya por el final de la calle Mayor, las luces quedaban muy separadas.
«… Mal sitio. Por aqui, como me descuide, se lo traga la tiniebla.» Acelero el paso. Ya en la parte misma de la gitaneria, la oscuridad era piconera. Menos mal que en seguida, en las casas prohibidas, tan relimpias y renuevas, si que habia una luz sobre cada puerta, para que el que llegase cachondo pudiese apuntar bien con los ojos, no equivocarse y dejarse el ansia en el Canal del Principe.
Durante unos segundos
