del Juzgado.

Plinio oyo llorar. Miro. Era Maria Rosa, sentada en el pico del asiento de un banco, con la cara entre las manos y rodeada de unas cuantas mujeres. Todas las luces de aquella nave estaban encendidas.

El juez, despues de abrir la compuerta y de asomarse un momento al confesionario, cedio el sitio al medico.

De pronto se vio mucha luz dentro del confesionario, porque el alguacil, por orden del medico, habia encendido una linterna y enchufaba al muerto.

Como la gente, al alumbrar, abrio paso a Plinio , este, casi sin darse cuenta, se vio junto al juez y al secretario, en la misma entrada del mueble depositario de pecados.

Alli estaba el padre Manuel, con la cabeza recostada en el fondo del confesionario. Colgandole un poco la calva color ebano, la boca y los ojos muy abiertos y las manos bien cruzadas sobre el pecho, como si las hubiera juntado en el momento del dolor.

El medico lo auscultaba aunque no cabia duda de su muerte… Sobre la sotana negra, ya parecian sus manos blanquisimas y frias.

Plinio se fijo en el diente de oro del cura, que brillaba mucho a la luz temblona de la linterna.

Despues de cambiar unas palabras el medico y el juez, este pidio al alguacil y a otros religiosos que habia alli, que sacaran el cuerpo muerto de don Manuel del confesionario.

El padre Garcia tuvo la buena idea de que lo sacaran en silleta, de modo que, ya fuera del confesionario, seguia con la cabeza hacia atras y las manos apretadas contra el pecho. Intentaron entre el alguacil y el sacristan llevarlo en vilo hasta la sacristia, pero pesaba demasiado. Era imposible, lo sentaron en el banco en que estaba Maria Rosa y el juez mando que le trajeran una camilla de la Cruz Roja, que esta tan proxima.

Asi las cosas, entraron llorando las dos hermanas de don Manuel, a quienes llego la triste noticia estando de compras. Y deslumbradas al entrar por tantas luces, a las que estaban desacostumbradas, de momento no dieron en que fuera su hermano el que estaba sentado entre la gente y se fueron derechas al confesionario.

Ya junto al muerto, cada una a su lado, empezaron a besarle las manos fijas, blancas y cruzadas, con lloros tan recios que jamas se habrian oido en aquella primera parroquia del pueblo.

El juez, con pasos lentos y seguido de Maleza y de Plinio , se aproximo a Maria Rosa, que seguia en la punta del banco, tapandose la cara con ambas manos y con las rodillas muy juntas, para no dejar el menor resquicio, por si habia algun ojo indiscreto.

Si, ahora la gente hacia tres corros: uno alrededor del muerto, otro de sus hermanas planendo y el confesionario vacio, y el tercero, en torno a Maria Rosa.

– Maria Rosa -le dijo el juez-, vaya susto que te habras llevado.

La chica se destapo la cara y le llegaron las luces vivas de la nave hasta los ojos negros, cuajados de lagrimas.

– Lo de menos es el susto. ?Que lastima! Pobre padre.

– Perdoname la pregunta, pero no tengo mas remedio -dijo el juez.

– Digame, digame.

– ?Se confeso alguien con el antes que tu?

– No. Lo espere sentada en este mismo banco hasta que llego a las cinco en punto.

– ?Y te parecio normal?

– Del todo. Empezo la confesion como siempre, con su voz y bondad de toda la vida.

– ?Y luego que notaste?

– Oi un golpe, pero pense que distraido se hubiera dado un codazo o un rodillazo con el confesionario. Ni se me paso por la cabeza otra cosa. Ni siquiera abri los ojos.

– ?Como?

– Si… Cosas mias. Siempre confieso con los ojos cerrados… Para concentrarme mas… Luego me di cuenta que aunque los hubiera abierto era igual. Como esta nave esta siempre tan oscura y por la tarde, sin velas, apenas se ve nada… Lo que ya me extrano un poco es que pase un buen rato hablando, sin que me hiciera preguntas o diera consejos… Que el era muy consejero. Y tuve la sensacion, ?sabe usted?, de que mi voz sonaba a hueco.

– ?Y que hiciste?

– Como no lo veia ni notaba que se moviera dentro del confesionario, acerque mucho el oido a la celosia y lo llame: «?Padre Manuel! ?Padre Manuel!», cada vez con mas fuerza, pero seguia sin contestarme. Fue entonces cuando me levante, me asome a la parte de los hombres y lo vi como dormido sobre el fondo. «?Padre Manuel! ?Padre Manuel!» Y ya, nerviosa de verdad, como tampoco me contestaba, meti la mano para moverle el brazo y note que lo tenia duro…, y la mano, echando frio.

Maria Rosa comenzo a llorar otra vez, tapandose la cara, sin olvidarse de cerrar mucho las piernas.

El alguacil y Maleza llegaron con la camilla de la Cruz Roja. Maria Rosa se destapo un poco los ojos, a ver que pasaba.

Entre varios, y con mucho cuidado, pusieron al muerto pegado a la camilla y empezaron a volcar poco a poco el cuerpo ensotanado de don Manuel para que no cayera de golpe. Por fin, asi de lado, con las piernas dobladas, de sentado, y las manos cruzadas sobre el pecho, quedo sobre la camilla con la falda de la sotana -que don Manuel fue el ultimo sotanista de pueblo- colgando por ambos lados.

Las dos hermanas se arrodillaron a cada lado y llorandillo competian en darle besos sobre las manos frias y cruzadas.

Maria Rosa se acerco ahora a la camilla y continuo su llanto junto a las dos hermanas, como si fuera una mas.

Suavemente, el parroco las aparto, y entre cuatro se llevaron la camilla con el cuerpo, nave adelante, camino de la sacristia y detras fue todo el personal, como a velatorio.

Dos horas despues estaba instalada la capilla ardiente en el mismo altar mayor, por cierto que el pobre don Manuel quedo en la caja en una postura muy fea, ya que no pudieron estirarle las piernas y hubo que ponerlo de perfil en una caja anchisima, como en cuclillas; las manos empunandose el pecho, como quedo cuando le dio el infarto. Y la cabeza muy echada hacia atras.

Durante toda la tarde desfilo ante el muerto medio pueblo, mas por bacinear que por amor, y luego, hasta las tres o las cuatro de la manana, velatorio mas o menos bostezado.

* * *

La hora se la sabia muy bien Manuel Gonzalez, alias Plinio , porque cuando sono el telefono de su casa eran las cinco en punto de la manana en el reloj de su mesilla de noche. Estaba Plinio en el mejor de los suenos, junto a la Gregoria… aunque separados como buenos jubilados matrimoniales, en las horas nocturnas. (Luego conto Plinio que cuando sono el telefono estaba sonando con que Justo el Navajero tocaba el clarinete, tan bien como lo tocaba, pegado a su oreja.)

– ?Manuel! ?Manuel! -le grito la Gregoria.

Desde que Manuel, sobresaltado, se sento en la cama, hasta que supo que la causa de aquel corte de sueno fue por el timbre del telefono y no por el clarinete del Navajero , paso un buen rato.

Manuel se abrocho el pantalon del pijama para no llegar al auricular con el cuerpo bajo al aire, se calzo las zapatillas sin talon y echo hacia el pasillo donde estaba el aparato negro y quieto, pero sonando como una pancilla metalica.

Вы читаете El hospital de los dormidos
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату