– ?Quien es? -grito casi agresivo y sujetandose con la mano izquierda el pantalon.

– Manuel, soy el numero Ramiro, Ramiro el bajo, que siempre hago guardia de noche, porque de dia vendo en la plaza…

– Ya. Sigue.

– Sigo, ?leche!…, ?por donde iba?… Que le llamo porque acaban de denunciar que ha aparecido uno de esos dormidos que a usted le gustan tanto, pero depositado en el mismo portalillo de la puerta de la iglesia que da al Pretil. Si, tumbado todo lo largo que es sobre el poyete de piedra y con la bragueta completamente abierta y abultadisima, con perdon.

– No me digas. ?Cuando?

– Hace un rato que ha venido a decirmelo Tomas Torres. Cuando el hombre, despues de acompanar un rato al padre muerto, salia para su casa por aquella puerta para llegar antes, usted me entiende, y cuando ya no quedaba casi nadie de velatorio, noto que pisaba una cosa alta y blanda, asi como una barriga, usted me entiende, y le echo el mechero a la cosa, pensando si seria otro muerto, que hay dias que mueren dos o mas, y se encontro con el hijo mayor de Bocasebo , que dormia sonriente al tiempo que se metia el dedo como jugando a buscar el bicho, por los pantalones desabotonados.

– ?Cual es el hijo mayor de Bocasebo , que tiene siete?

– El que se caso con la Repizca , el de las pecas en el cuello.

– Ya se quien dices, aunque nunca me fije en sus pecas en semejante parte.

– …Y como se que usted anda muy aplicado en este caso de los dormidos, me he dicho: aunque le despierte se lo digo. ?A que he hecho bien, jefe?

– Gracias, Ramiro, te lo agradezco mucho. Y voy en seguida para alla a ver si le descubro en el cuello las pecas que dices.

– Es que son en el cuello de atras, jefe, en la garganta nada. Y no tiene nada que agradecerme, bien sabe Dios que lo he hecho con mucho gusto.

– ?Lo habeis movido?

– No, senor jefe, alli sigue en su poyete de piedra. Espero sus ordenes.

– ?Lo ha visto gente?

– Muy poca. Ya ve usted las horas. Todo el mundo esta dormido en su cama y no en las piedras… El pueblo entero esta en el ronquio.

– Pues que te echen una mano los companeros. Pidele de mi parte permiso al parroco y metedlo ahi en la sacristia. Voy rapido.

– … Pero una pregunta: ?le abrochamos la bragueta para que no se le vea el bulto? Lo digo como estamos en la iglesia y demas…

– Si, abrochasela antes de entrarlo.

– En un descuido hare eso que no hice nunca. ?Avisamos a la familia o a alguien?

– No… Ya ira el solo cuando se despierte. Hasta ahora mismo entonces. Lo que tarde en echarme agua en los ojos.

Plinio colgo el auricular y volvio a la alcoba rapido sin soltarse la cintura de los pantalones del pijama, que le venian tan anchos, con ambas manos. Y mientras se vestia el uniforme le conto a la Gregoria lo del nuevo dormido.

La Gregoria, que ya impacienta estaba sentada en la cama, lo escucho haciendo guinos de despabilada mientras se recogia el pelo y dijo al fin:

– Te hago corriendo el cafe.

– Eres muy buena, Gregoria.

– A buenas horas, mangas verdes.

Ya con todas las prendas encima, se tomo la taza de tres tragos, encendio el pito y se echo a la calle, todavia nochera, y, aunque prenada de agosto, sintio refrior.

– Que lo despiertes bien, Manuel.

– Y que yo no me duerma.

«Eso de que asi que hay un acontecimiento sonao pongan al dormido cerca del lugar, como cuando las bodas falladas, por no folladas, del ingeniero…», iba pensando Plinio con ambas manos en los bolsillos del pantalon, y mirando al suelo con mucho cuidado para no tropezar con tantos altos y bajos como hay ante cada portada para el paso de los tractores, y con tan poca luz.

Por la calle de Socuellamos no se veia una sombra, ni boina, ni raja de luz tras las ventanas. Solo la sombra de Plinio bajo las luces altas y el ascua de su cigarro nervioseado.

Esperando en la esquina de la plaza, frente a la relojeria y fotograferia de Isaac Vega, estaba Ramiro, el guardia, esperandolo tambien, con morrete de fresquillo y los parpados medio plegados.

– Cono, no me levantaba a estas horas desde que se puso de parto mi hija Alfonsa -le dijo Plinio con tonillo de saludo.

– Ni yo, aunque haga tantas guardias, desde que me dolio la apendice.

Estaba la plaza sola total, el cielo con su chisporroteo de estrellas y algun meneo de las ramas de los arboles por la inquietud de los pajarillos.

Sin mas decires, Plinio y Ramiro echaron hacia el Pretil, con el taconeo que les devolvia el cemento en aquel silencio. Pasaron ante el Casino de San Fernando y la puerta principal de la parroquia, doblaron el Pretil y ya estaban en la entradilla, entre la puerta de la calle y las laterales que daban paso a la iglesia.

Cuidado, jefe, no lo pise, que lo he dejado aqui. He preferido no entrarlo hasta que viniera usted -dijo Ramiro echandole la linterna al hijo de Bocasebo-. Y el tio no deja de sonreirse, como si le hicieran cosquillejas.

– ?Y eso de la bragueta que decias?

– Se la he abrochado con mucho tiento para evitar alzadas y toqueteo.

A Tomas Torres, que seguia alli para ayudar a lo que fuera, le dijo Plinio :

– ?Llegaste a pisarlo, Tomas?

– Poco, pero si estiro un poco mas el pinrel lo desbarrigo o me habria roto el casco.

– Bueno, ?por que no lo habeis llevado a la sacristia, Ramiro? -Y Plinio clavo al dormido los ojos en las pecas del cuello para recordarlas.

– Por dos articulos: primero porque ya se habian llevado la camilla de la Cruz Roja y no podiamos con el; y segundo, porque como no pasaba ya nadie por aqui a estas horas, pense que era mejor que lo viera usted en su estado.

– Bueno, vamos con el a la sacristia a ver si se despierta.

– ?Se le ha caido algo de los bolsillos?

– Nada caido, jefe.

– Pues llama al otro que esta de guardia para que nos ayude a meterlo en la sacristia hasta que amanezca, a ver si se aclara algo.

Cuando vinieron los policias, y con la ayuda de Tomas Torres, lo cogieron en brazos y por la nave de la derecha, muy pegados a las capillas y confesionarios, lo llevaron hasta la sacristia, sin que los vieran las pocas

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