– … Bueno, pues que Antonito se fije todos los dias a ver que hace con la bandolina… Y por otro lado esperar que regrese
– Otro camino, tambien cular… Es que no imagino como, tanto uno como otra, pueden ?y para que? dormir a tantos hombres.
– ?Ah!, y yo menos.
– En fin, dejemoslo para manana. Y si no le parece mal, vamonos a casa. Yo estoy un poco harto de todo y la Gregoria estara impaciente porque le cuente nuestros pecados en las casas de las puticaras.
Durante tres dias no hubo otra novedad que la llegada de Antonito a la hora de la cerveza para contarles sus observaciones en el barrio de las «putidoncellas», como decia Quevedo. Nada. Que su amiga la negrilarga, Emilia, habia registrado mil veces el cuarto privado de la
– ?Y no has averiguado si por aquel barrio del putaco hay alguna otra con las caracteristicas que tu sabes?
– No, Manuel, pero descuide que yo sigo con los dos ojos alerta.
– Con el ojo alerta y las preguntas que hagan falta cada vez que entregues los discos.
– Si, Manuel. Tranquilo.
Pasados los tres dias que digo ni volvio Antonito, pero supieron que habia regresado
El cabo Maleza, tan aplicado para cumplir los encargos que le hiciera el jefe, nada mas verlo llegar aquella manana al Ayuntamiento se lo comunico.
– Jefe, ?quiere usted que le avise o van ustedes?
– Mejor que te enteres a que bares suele ir y a que hora, para que nos demos con el cuando venga a cuento.
– Dentro de un rato se lo digo.
– ?Tan pronto, Maleza?
– Si, porque tiene un companero de meneos que es muy amiguete mio y en seguida me va a contar sus caminos.
– A ver si te contagias.
– Antes me convierto en sello
– Anda con Dios, sello
– Pronto vuelvo, jefe.
Plinio y don Lotario, cada cual con un periodico entre manos, gafas y con mucho meneo de hojas leyeron, miraron, o lo que fuera, hasta que, poco antes de la hora de la cerveza, volvio Maleza con su comunicado.
– De los sitios donde va mas por la hora y lo cerca, los mas comodos, son el bar
– ?Y a cual va primero? ?A que no lo sabes?
– Tirado, jefe. Al
– Perfecto. Pues venga, don Lotario. Hoy las cervezas en el
– Al
– ?Quieren ustedes que vaya yo delante para echar el olfato?
– No merece la pena.
Y los dos jefes echaron a andar con las piernas torpes de tanto asiento.
Leyeron las carteleras de los cines. Miraron dos escaparates y antes que se les moteasen de polvo los zapatos ya estaban en el
Lo recorrieron y como todavia no estaba
– ?Y asi que lo veamos que le vas a decir, Manuel?
– ?Ah!, no se. Lo que salga.
– Lo digo para que no se escame.
– Ya, ya.
Casi no se podia hablar de la escandala que traia el personal de la cana.
– ?Tu no crees, Manuel, que la gente habla ahora mas fuerte que en nuestros tiempos?
– No se que le diga, don Lotario, porque los espanoles siempre creen que cuanto mas vocean mas hombres y mas graciosos o graciosas son. Cuanto mas lloran al muerto mas lo sienten y cuanto mas gritan a la hora del engranaje creen que las da mas gusto.
– Si, este es un pais muy voceador -dijo don Lotario mirando a la calle con desgana.
– ?En que piensa usted?
– En Antonito, el que nos hizo creer, sobre todo a ti, que era ingeniero en putas y se sabia el barrio como su casa, y resulta que a la hora de la verdad solo le gusta llevarle discos a la delgadilla, para tirarsela con fondo musical.
– Pero para comprobar lo que le encargue se ha acostado con la Leonor y todo.
– Con permiso de la otra y a cambio de algun disco nuevo.
– ?Y hasta que no oyen los tres discos de costumbre por las dos caras no se apea de la negrilla?
– ?Ah!, yo que se, don Lotario.
– Pues si se monta durante los tres discos debe quedarse muy trabajao… Mira, Manuel ahi llega nuestro hombre, o lo que sea, con dos coquetillos, uno a cada lado.
– ?Y son de aqui?
– Ni idea. No me suenan.
Culocampana entro decidido y moviendo el lumbar con mucho vuelo. Recorrieronel bar buscando una cuna de aire donde abocicarse, pero en seguida volvieron sin que nadie les dejase ver las chaquetas blancas.
– Aqui teneis un poco sitio si quereis -dijo
– Muchas gracias…, Manuel.
– No faltaba mas.
– Aqui, dos amigos. Y aqui, don Lotario y el gran
Y don Lotario, para adelantarse a Manuel como listo:
– ?Que quereis tomar?
– Unos botellines de cerveza, don Lotario. Muy amable.
– A ver si se va usted a pasar -dijo el jefe al veterinario en voz muy baja.
Plinio y don Lotario siguieron la chachara sin quitarle los ojos del pelo rubio y melenudo a Culocampana, que lo llevaba brillante y duro, desde la raya a las sienes, por tantas bandolinas.
Los dos chicos llevaban el pelo sin untos.
Plinio, en uno de los renglones del coloquio, se acerco mucho a la cabeza de Culocampana como con una curiosidad repentina y le dijo con tono muy natural:
– ?Oye, pero que te echas en el pelo, que lo llevas tan solido y espejoso?
Se rio el peinado y bajo los parpados con caida coquetona.
– Parece mentira que no lo adivine usted, Manuel. Si es un licor de sus tiempos.
– ?Un licor?
– Quiero decir un liquido.
– Fijese usted, don Lotario -dijo pasandose la yema de un indice por las ondas duras y color almirez-.
