dijo la muchacha con aire escolar.

– Por nada. Porque alguna vez me habia parecido verla por la calle con el pelo muy duro.

Cuando ya habian terminado las primeras cervezas, cigarros y las ganas de hablar, se abrio una puerta y, aparecio un tio muy gordo atandose el cinturon y con cara muy entomatada, y luegola Rosales, tan fortachona, con una bata que le llegaba a la espuela; guapa a la antigua, y el culo saludable, pero sin movimientos graciosos.

Saludo muy fina a los visitantes de la policia y con familiaridad a Antonito. Se sento junto a ellos yPlinio le echo un reojo al pelo.

– Aqui estoy para lo que pueda servirles.

Como desde el primer momento les desencanto el culo de la taxista, sin ilusion alguna hablaron cuatro carajadas hasta consumir las cervezas y, despues de hacerle unas preguntas sin norte ala Rosales, pagaron y se marcharon muy finos, dejando a las dos mujeres sin comprender para que habian ido.

Ya en la calle dijo Antonito.

– Ahora nos toca ya laCasa de la Toledo. ?Llamo?

– Llama, disquero.

Los recibieron dos chicas, una joven, muy mona, y otra guapa y bien hecha, con pantalones vaqueros y un tono y ademanes que no les recordaban, a Plinio y a don Lotario, las furcias de otros tiempos.

– Venga, sacad unas copas -dijo Antonito. Y se aparto un poco a hablar con la mas delgada.

– ?Que toman?

– Cerveza para todos -dijoPlinio.

– Hay otras tres trabajando y las demas en el pueblo -les informo Antonito en voz baja.

Tomaron asiento y aguardaron las copas.

Tambien todo parecia muy presumido, con cuadros al oleo muy barnizados.

Las dos chicas, con simpatia de oficio, mientras servian las copas, Ies rozaban con indirectas, pero sin resultado.Plinio se sonrio y don Lotario se azaro un poco y bajo la cabeza. Y Antonito, impasible, sin soltar los discos.

De vez en cuando salia alguna recien ocupada con su pareja y se sumaba al copeo de los justicias. Y pasaron el rato hablando de nadas. Las mas jovenes no debian saber quienes eran aquellos senores maduros, y estos comentaron entre si y mirando a Antonito, que no parecia tampoco muy animado en aquella casa.

Y como si los hubiera oido, Antonito les hizo con la cabeza senal de partir y, de acuerdo, don Lotario pago presto, y presto salieron entre las caras prostibulas de no comprender aquella visita.

Ya en la calle,Plinio se acerco a Antonito.

– ?Es que no tienes trato con el equipo de esta casa?

– No -dijo sin ganas de aclarar-. Luego, la otra que yo recuerdo con el culo mas vistoso esta en casa de la Mari Paz. ?Vamos ahi?

– Como tu digas. ?Cual es?

– La tercera.

– ?Ah!, de donde ha salido ese que les explicaba a los amigos con tan buena oratoria como era un culo que acababa de ver, tocado o lo que fuera.

– Exacto.

– Pues vamos a la Mari Paz, a ver si tiene a la que buscamos.

– ?Venga! -contesto Antonito contento, llamando al timbre de la puerta.

Como dio la casualidad que salia uno en el momento del timbrazo, la espera fue de segundo. Y nada mas entrar, Antonito se besoteo las mejillas con la que despedia al cliente.

– Venga -le dijo esta-, «que ya la tenias desazonada esperando los discos».

Y Antonito entro rapido, mientras la Mari Paz y otra que la seguia quedaron mirando al guardia y a su amigo sin saber que pensar.

– Venimos con Antonito -dijoPlinio para evitarles sospechas.

– Pasen, pasen. No faltaba mas.

Aquel cuartel de colchones era el mas majo de los que llevaban vistos: cuadros, tresillos, alfombras y una cristaleria de muy buenas formas sobre la mesa.

Por la puerta abierta de una de las habitaciones laterales vieron a Antonito sentado en un sofa, ensenandole con mucho amor los discos a una morenilla delgada, que parecia bastante alta.

Mari Paz les saco cervezas a los municipales y hablo de lo dificil que esta la vida en agosto, cuando todas las pupilas quieren irse de veraneo.

– Es que estas chicas ya necesitan el mar como el comer. Se van y, claro, los hombres que no veranean y que tanto necesitan lo otro, las pasan canutas (iba a decir putas) y no quiero decirles a ustedes la de dinero que perdemos.

De pronto se asomo Antonito, ya sin discos, y les dijo:

– Esa que les he dicho del culo vistoso esta ocupada, pero sale en seguida.

– ?Quien dices?

– ?Quien va a ser? Mari Paz. LaMigadulce, como me acaba de decir Emilia que la llamais ahora.

Mari Paz miro aPlinio con malicia:

– Si todas fueran como esa. No tiene hora sin ocupacion.

– Es que estos senores querian conocerla.

– Si, Antonito, veremos si pueden… Quiero decir si la dejan sus muchos deberes.

En seguida se oyo musica de disco.

– Ya estan estos. Si la Emilia, por cada disco que se oye se pasara un hombre por la colcha, tendria el armario lleno de abrigos de vison. ?Que mania con los discos!, y todos se los trae Antonito.

En seguida, todos sentados en corro, empezaron a beber y a hablar, sobre todo ellas, pero con mucha naturalidad y correccion. «Si hablan como chicas del instituto o como dependientas finas» -pensaba don Lotario.

Dos o tres veces que se refirieron al oficio le llamaron «trabajo» como si fueran auxiliares sanitarias o tecnicas de boutique.

Al cabo de un rato se abrio la puerta de una habitacion y aparecio una que paso malsaludando y sin mirar.

– Ahi tienen ustedes a laMigadulce -dijo la Mari Paz.

– Si, si. Esta es, Manuel, dijo Antonito asomandose otra vez.

– ?Que pasa? -dijo laMigadulce, sorprendida al ver a Plinio y a don Lotario.

– Pues nada, hija, estos senores que querian conocerte.

Don Lotario miro aPlinio de oreja y vio que tenia los ojos clavadisimos en aquel cuerpo alto que acababa de aparecer y cuyo culo todavia ignoraban. Tenia el pelo castano muy bien peinado, blusa blanca de seda de manga corta y pantalon crema muy ancho de pernera, pero ajustadisimo.

– Vuelvete, Leonor, vuelvete -le grito Antonito.

Leonor oMigadulce, con gesto de comica extraneza, se dio dos vueltecitas como bailando.

– ?Puede ser este culo, Manuel?

Tenia un culo alto y pandereto, pero de gesticulaciones muy comedidas, las redondeces simetricas y el canalillo prometedor, pero en elegante.

APlinio no llego a producirle la sensacion que cuando se lo conto Salustio. Era demasiado perfecto y poco meneoso, si se comparaba con la imagen bestia que le dio el mancebo de botica. Este era culo de ballet, jugueton, pero sin galope.

– ?Que le parece a usted, don Lotario? -dijo sin desenfrentar su entrecejo del entremollete ceramico de la coima.

– Bonito, pero sin garra.

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