– Ya se lo he notado en la cara. Tiene tipo de salon mas que de salto.

– Esta bien dicho.

– Pues resignemonos, Manuel. Otro culo sera. ?Y de bandolina, le has visto algun destello?

Dijo que no, con la cabeza nada mas, pues seguia con el ojo en los bajos.

– ?Y que se les ofrece a los senores? -dijoMigadulce acercandose y dejando de hacer monadas.

– Nada, mujer, que tomes una copa con nosotros.

– No faltaba mas.

Mari Paz miro aPlinio como extranada de tanto aparato con la Migadulce para solo tomar una copa.

– ?Que le ha parecido, Manuel? -dijo Antonito acercandose esposando a la caderita finita y alta de su amiga Emilia.

– Muy bien, muy bien.

Y ella le sonrio agradecida.

Antonito volvio a entrarse. Nerviosisimo.Plinio lo encontraba muy raro.

Ya no se oye el disco, salto de pronto la Mari Paz, que debia estar haciendo oido.

Migadulce tenia una risa de chica muy contagiosa. Y hasta riendo se movia con aquel nerviosismo juvenil de sus curvas perfectas.

Antes de queMigadulce acabase el whisky llamaron y entro un barbas ya entrecano que hablo con la encargada. En seguida vino esta y le dio un golpe en el hombro, y Migadulce, despues de hacer un gesto de visita y parpadeando con mucho gusto y terciopelo, se despidio y fue hacia el barba gris.

– Ya son casi las ocho -dijoPlinio al cerrar la boca despues de bostezar-. Vamonos, que el de los discos no sale.

– Que va. Ese ahora, con su Emilia y con los discos esta hasta que amanane.

Pagaron la cuenta entre los dos justicias y salieron con ganas de pis a la calle. Todavia habia sol.

– Hemos perdido la tarde sin sacar nada en claro, don Lotario.

– ?No dices que cuando no sabes donde estas es cuando vas mas derecho?

– Es un decir… No le he notado nada de bandolina, y el culo como le dije, demasiado de figurin, para lo que habia imaginado.

– Pero bueno, Manuel, lo importante es la bandolina ?no?

– Ya, ya, pero ni tenemos pruebas de que sea la que compra la bandolina, porque lleve bandolina en su pelo, ni por identificacion del culo.

Poco despues ante las casas de los gitanos vieron que entre dos bajaban un arado viejo y oxidado de un carro.

– Mira, Manuel, unarao.

– En eso pensaba, en el tiempo que hace que no veia unarao.

– Y lo peor es que uno ya esta olvidando el nombre de las piezas.

– Es verdad. Muchas veces caigo en que he olvidado el nombre de las cosas, que me sabia muy bien, porque ya se ven poco. ?Se acuerda usted de lo que era undental!

– Claro, hombre, el hierro donde se colocaba la reja. ?Y elgarabato?

– Arado para una sola mula. ?Y lalavija?

– El hierro que sujeta los lavijeros del timon.

– ?Y losorejeros?

– ?Los orejeros?…, pues ?ve usted?, ya no me acuerdo.

– Has olvidado lo mas facil: el tubo de hierro con los dos salientes de madera para abrir el surco. ?Y elpescuno?

– …Yo tampoco llego ya al pescuno. Claro que a lo mejor no lo supe nunca.

– ?Como no ibas a saber lo que era la cuna de hierro para presionar…, como si dijeramos entre la reja y la esteva? Pues preparate bien esta noche, que manana te examino yo a ti de las partes del carro.

– El carro me lo se todavia, porque estuve subido en ellos hasta que me fui al servicio.

– Ya veremos, Manuel, ya veremos… Entonces, y de vuelta al tema, has dejado bien instruido a Antonito para que averigue si es laMigadulce la que compra la bandolina.

– Si; como le dije, le di precisas instrucciones antes de verlo a usted.

– ?Y que le vas a dar por este trabajo?

– Nada. El lo hace por amistad y por el gusto de oir discos con la morenilla.

– Otra cosa: no dira la Policia Nacional que ahora nos han traido a Tomelloso, que les hacemos la competencia. Este tema de los dormidos embandolinados no es nacional.

– Desde luego. Es puramente municipal…, por no decir de cimas y aburridos.

– No digas esas cosas, Manuel. Veras como sacamos algo muy lucido.

– Encima que no pasa nada en este pueblo -continuo Plinio como si tal cosa-, ahora, con la competencia de la Policia Nacional vamos a holgar mas que los cabreros desde que se vende leche descremada, esterilizada, en polvo (en singular), y no se como mas.

– Que os hagan a todos de trafico.

Como el sol caido hacia ya sombras muy raseras, sus cuerpos se veian negros sobre la acera andar a compas de manos, pues ahora, al volver, no se las embolsillaron.

– Esta noche le tengo que contar a la Gregoria todo lo que hemos visto en las casas de la liga. Me dijo que me fijase muy bien para no olvidar nada.

– Pues de lo que ella piensa poco le vas a poder contar, aparte del disqueo de Antonito con la flacucha… Por cierto, que esa debe tener las nalgas como cabezas de tachuela.

– Por lo menos tristonas.

Entraron en la cafeteria de el Casino de Tomelloso, que les caia enfrente mismo de la calle Mayor, pues impacientes por tomar el cafe de la merienda, no se encontraban con fuerzas para llegar hasta el San Fernando. Y se metieron entre la gente joven, que barreaba, bajo luces y cigarros, en toda aquella largura.

Cuando ya bien a gusto salieron hacia la plaza se ofrecieron los dos a la vez un «caldo».

– Gracias, Manuel. Ya que hemos sacado los dos paquetes, que cada cual fume del suyo.

Nada mas verlos llegar, Maleza, que estaba bien despatarrado ante la puerta del Ayuntamiento, le dijo con su impetu de siempre:

– Esperen, jefes, que tengo un mensaje.

– ?De quien?

Pero el cabo se entro en el cuarto de guardia sin contestar.

– Que prisa tiene siempre.

– Ya esta ahi.

Le entrego aPlinio un papel de farmacia, doblado.

– ?De quien es?

– De Salustio. Vino a verle con mucho acelero y como no estaba me dejo este papel fino.

Plinio se monto las gafas y se centro bien debajo de la luz del portal del Ayuntamiento.

Leyo con mucho menudeo de ojos y tranquilo, tranquilo, se guardo el papel sin decir cosa.

– ?Que dice que te has quedado tan remiso?

– Pues dice, palabra por palabra: «La pupila que compra la bandolina, seguro, fijo, que se llama Socorro Clavero, alias laMigadulce y trabaja en la casa de la Mari Paz.»

– Pues resulta que no hemos perdido la tarde… Solo el culo que tu creias. Pero el culo real de la chica es monisimo.

– Si, pero no inspira borrucherias.

– Pero ni tu ni yo le hemos notado el menor brillo ni rigidez bandolinera en el pelo. Y mira que se lo hemos observado bien. Tanto tu como yo, tuvimos toda la tarde los ojos del culo al pelo y del pelo al culo.

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