los gauchos de las mesetas demostraron su perfecto dominio del caballo y el lazo. Algunos chilenos e incluso un dalmata rubio y un italiano bigotudo, tambien se hicieron admirar en suertes de habilidad. Por ultimo, cuando ya Roque suplicaba por la presencia de los senores en el lugar donde los capones se asaban lentamente, Llanlil, montado en pelo, se lanzo a la carrera; clavo una larga lanza de colihue con precision inverosimil en los blancos fijados; galopo con el cuerpo suspendido y oculto en los costados del animal; se mantuvo de pie y en plena carrera como un atalaya viviente sobre la grupa y por ultimo levanto a Blanca, detenida ex profeso en medio del corral, con la misma suavidad y firmeza que si se tratara de un paso de danza.
Lunder miro al padre Bernardo y dijo ensimismado, en tanto el espontaneo aplauso estallaba incontenible:
– Ya ve, padre, parece una revelacion sin palabras.
– Es quizas la respuesta que su corazon no se atreve a formular -contesto este.
– ?Cuesta decidirse! Durante la comida le dije que queria hablarle ?para que? ?Ahi esta mi problema!
– ?Y que ha resuelto usted? -pregunto el religioso.
– Que si Blanca y Llanlil estan decididos a ello, los case usted cuanto antes… -y Lunder miro a su hija, que arrebolada pero firme y esplendida de juventud, marchaba al lado de Llanlil, alto y reservado, como si el junco se cobijase en la proteccion majestuosa del pino.
Guillermo Lunder llamo a su hija y aun cuando sentia un nudo que lo ahogaba, le sonrio y abarco a los dos en el mismo ademan. Ellos comprendieron y fueron a colocarse a la vera del tronco viejo que habia florecido y era todavia un guia enhiesto sobrepasandolos. Llanlil, el hombre que venia del bosque en llamas, inclino su frente ante el anciano con el mudo acatamiento debido al jefe… El relincho de un caballo cruzo el valle como un clarin y Diaz Moreno se estremecio penetrado por la misteriosa voz de la tierra, que asi comulgaba con los hombres. Se habia hecho el silencio y entre los arboles alguien preludiaba notas indecisas.
El padre Bernardo toco suavemente al capitan en el codo y musito senalandole el rostro angustiado de Lunder:
– Los padres padecen siempre un poco de la nostalgia de los arboles frondosos que ven como echan un dia a volar los pichones que cobijaron en sus ramas, protegiendolos del temporal y el frio, de la soledad y del miedo. Con la desnudez de sus ramas deshabitadas les crece la calida necesidad de los nidos…
Diaz Moreno asintio con un gesto.
…De pronto las guitarras, pulsadas a la sombra propicia de la alameda, irrumpieron con vibrante euforia, en la tibieza del campo soleado. Las notas se elevaron, en el aire tranquilo de la tarde, de improviso aquietado, limpidas y sonoras como si rebotasen en las paredes interiores de una copa de plata. Y el agonico temblor de las cuerdas persistia, prolongandose en nuevas vibraciones atenuadas pero nitidas.
CAPITULO XXI
1
Blanca detuvo su caballo frente a la casa y, apoyandose en Llanlil al bajar, le murmuro al oido:
– ?Vienes o prefieres ocuparte del carro?
Llanlil se la quedo mirando, brillandole en los ojos una pequena luz burlona.
– Si entro -dijo lentamente -?tendre que repetir de nuevo palabras magicas?
– ? Pero no, salvaje!… -rio ella alegremente-. No, son palabras magicas sino la formula ante el buen dios; de lo contrario nuestra union no tendra valor… bueno, ?vienes o te quedas?
– Prefiero quedarme.
Ella ensayo un leve gesto de contrariedad, pero se contuvo sin acentuarlo.
– Esta bien… pero ven pronto ?eh! -y le cacheteo la cara suavemente.
“Es inutil…- iba pensando mientras penetraba en la casa-; a pesar de los esfuerzos del capitan, Llanlil no sera nunca un caballero… ni yo tampoco una dama portena”.
En verdad era absurdo concebirlos cenidos en formulismos mundanos. En la poblacion de Lunder el empedrado no lograria por mucho tiempo rendir la obstinacion de la hierba, y los seres seguirian teniendo y desarrollando la firme voluntad de manifestarse libremente personales; en una palabra, seguirian ostentando el orgullo de si mismos, vertebrados en el mas nobilisimo espiritu de lucha.
Llanlil se acerco al viejo Roque que, con otro peon, trajinaban alrededor del alto carromato. El pesado catango patagonico, despertado de su prolongado descanso, iba de nuevo a enderezar su larga y unica vara hacia las montanas, donde el indio construiria su vivienda al oeste del lago, entre un paraiso de arboles majestuosos. - ?Como va eso, anciano? El antiguo rastreador se rasco la cabeza. -Muchos colores… parece el sol cuando cae entre los cerros -murmuro con su musical entonacion.
– Cosas de tu novia, Llanlil -grito el peon enarbolando una pesada llave-. Pero tiene ejes y ruedas como para llegar hasta el Estrecho.
– Eso es bueno -afirmo Llanlil, examinando con atencion el vehiculo-. Voy a ver los caballos… -y montando de nuevo se alejo al paso. En la alameda se encontro con Lunder y Diaz Moreno. Al divisarlo, Diaz Moreno, interrumpio lo que estaba diciendo a Lunder y lo saludo con la mano en alto.
– ?Hola, muchacho! ?Asi que esta todo listo? -Si, senor -respondio Llanlil-. Hay que salir pronto, antes que los arroyos se hinchen… Pire ya no resiste al sol.
– ?Pire… pire! ?Ah, ya comprendo! -exclamo Diaz Moreno.
– Pues Llanlil… saldran pasado manana. Ya sabes que estamos esperando al comisario que viene con tus papeles y certificara tu matrimonio ante la ley; por su parte el capitan te entregara los del campo que vas a ocupar… Juan ira contigo, lo mismo que Roque… -explico don Guillermo, apoyando su mano sobre el hombro de Llanlil que se habia apeado ante el jefe barbudo, como designaba a su futuro suegro.
– Cuantas demoras ?eh, Llanlil? -dijo Diaz Moreno maliciosamente, sin hacer caso de la mirada reprobadora de Lunder.
– El anciano Roque dice que los casamientos antiguos eran mas embrollados todavia… -respondio el reche.
– Bueno, hijo -dijo Lunder-. ?Vamos a casa?
Volvieron despacio; la rubia barba del
Blanca al entrar en la casa fue a la habitacion de su madre, ocupada afanosa y eficientemente en preparar montones de telas diseminadas en el suelo y sobre la cama.
Buenas tardes,
– Buenas tardes… Espero que me ayudaras a revisar esto -anadio Frida, eludiendo la mirada interrogante de Blanca y la nostalgia punzante del vocablo.
– Voy a cambiarme y estare contigo -dijo ella con subito desaliento.
Blanca sufria por la actitud de su madre… “?Por que no quiere comprenderme?” se preguntaba angustiada Desde que, repuesta de su crisis, habiase Frida enterado del sentimiento que la impulsaba hacia Llanlil, parecia sumida en estupor y reserva inabordables. Resulto imposible para Blanca arrancarle una sola palabra de reproche o aliento. Su madre se mantenia distante, friamente atenta, pero bajo su aspecto impasible se agitaba un remolino amargo y apasionado, que afloraba, imprevisto y desconcertante, en una frase mordaz o en una mirada cargada de interrogaciones.
Un sordo resentimiento la revestia de una coraza arida, que parecia alejarla voluntariamente de su hija. Como si la misma adustez y monotonia del paisaje se hubiese infiltrado en su alma, secandole las fuentes de inagotable ternura de mujer y de madre, ella sola, frente al acatamiento de todos hacia el inevitable encuentro de aquellas dos almas fuertes y jovenes que afrontaban con resuelta decision el futuro, se mantenia extrana al calor y la
