simpatia que irradiaban los actos de los otros para Blanca y Llanlil. Blanca la sentia con su conflicto a flor de piel y le dolia la reserva de su madre en el momento supremo en que se disponia a afrontar la vida con un hombre que amaba entranablemente, pero cuya intima presencia animica debia aprender a valorar aun. No podia ella pensar ni en razas ni en culturas distintas, pero si cabia esperar la comprension de su madre ante la revelacion de su extraordinario amor. Lunder era simplemente un campesino, un hombre bravo con un sedimento de ancestrales experiencias, plantado ante la realidad con la viril disposicion de comprender y la tremenda fe en su hija, y Llanlil, el postrero de una raza vieja que moria en su esencia intima, pero que infundia su aliento sobre la tierra de su antiguo nacimiento y dominio. Trasformada y adaptada, parecia renovarse en aquel retono montaraz, pero no ciertamente salvaje.

Llanlil destruia el gratuito agravio que importaba involucrar a todo lo aborigen en un solo concepto despectivo.

Blanca Sabia que su padre, a pesar de su perplejidad, confiaba en Llanlil y creia en el, pero en cambio, como una contrafigura, sentia tambien la repulsa callada de su madre y como aquel indeciso antagonismo la enfrentaba con ella, aislandola del afecto mas necesario, alejandola, justamente en aquel momento, de su carino. Si, ciertamente su madre habia sentido solamente lo externo del paisaje, y el alma secreta se le habia perdido. Al igual que sus nervios, se destrozaba con el viento su corazon maternal y la martirizaba una sola palabra… “?Indio!”… Para Lunder, para el padre Bernardo, para Ruda, para todos o casi todos, Llanlil era un bravo, un hombre leal y vigoroso, un alma naturalmente buena, con muchas de las virtudes de los blancos, muchos menos de sus defectos y una ingenua admiracion por su tierra que muy pocos blancos poseian; pero con todo, para Frida seguia siendo simplemente un indio, un paisano, al que resultaba inconcebible considerar su igual. Ella que no era mas que una campesina y solamente una campesina, a pesar de su dignidad y su intachable virtud, despreciaba a Llanlil porque su cabello era renegrido, su piel mas obscura y su sangre tenia aun una corriente de idolatria o un vago panteismo; pero olvidaba que Llanlil era nieto de hombres nacidos libres, renuevo de una estirpe de jefes que alzaban su voz como trueno sobre los caciques reunidos en parlamentos de guerra y de paz.

Con tan encontrados sentimientos, Blanca se dispuso a cambiarse de vestidos. Al dia siguiente, en una breve y sencilla ceremonia, se uniria a Llanlil y luego partiria.

Miro su cuarto con una sensacion de despedida y sus ojos se detuvieron anticipadamente nostalgicos ante una decoracion de algas arrancadas al fondo marino del Golfo.

Las extranas ramificaciones de las algas mostraban la sensibilidad luminosa y cromatizada de sus verdes fantasmales y sus tenues morados por donde parecian ondular todavia los filamentos submarinos.

Concisa resultaba la enumeracion dentro de aquel cuarto. Breve y horra de frivolos detalles, los que habia revelaban el gusto delicado de su espiritu al contacto con lo naturalmente bello, mas que con lo espectacular. Desde luego faltaba absolutamente lo trivial, grato a la mujer a quien le sobran las horas de su tiempo. Aun en la clausura hermetica de puertas y ventanas, ocasionada por el viento obstinado, flotaba en ella una claridad delicada que parecia fluir, nacer casi de los objetos que adornaban Las blanqueadas paredes y de los sobrios muebles que las circuian.

Una intuitiva capacidad de seleccion permitia establecer a las cosas, sorpresivamente, una directa relacion afectiva con su ocupante, hecha de armonia y equilibrio. Entrando en la habitacion de Blanca Lunder, un halito de admirativo respeto sobrecogia al visitante.

Ello, no obstante, no obedecia a ningun plan. Solo que las cosas se apoderaban un poco del alma de su duena. Blanca poseia esa cualidad insolita de darse tomando y el milagro lo era mas todavia, porque lo ignoraba.

Apreto los labios y regreso al lado de su madre. En silencio la ayudo a reunir prendas y objetos que Frida apartaba para ella. El ajuar de una novia que iba a construir su nido cerca de los condores tenia forzosamente que ser util antes que bonito. Las dos mujeres ponian en la eleccion su sentido de lo real y practico.

2

Al anochecer el padre Bernardo se dirigio en busca de Llanlil, que, infatigable, atendia los preparativos de la proxima partida. Llanlil vino a su encuentro con una sonrisa de satisfaccion.

– ?Pero muchacho! -le regano el religioso-. ?Vas a pasarte la noche trabajando?

– ?Por que no, padre? -respondio el-. Yo no puedo olvidar nada… estaremos muy solos alla arriba y Huanguelen necesita muchas cosas para estar contenta.

– Necesitara sobre todo de ti, hijo mio -dijo el padre gravemente-. No olvides nunca, Llanlil, al Dios que has aprendido a conocer; no olvides que queriendola y respetandola a ella, respetas y quieres en cierto modo a Dios.

– Que mi corazon sea devorado por los pumas entre las piedras si lo olvido… -afirmo Llanlil con profunda conviccion.

Se alejaron hacia el rio. El padre Bernardo, consciente de su responsabilidad, queria afirmar en el espiritu de Llanlil toda la fe en su destino y en el de Blanca, y se asombraba ante la simple y absoluta devocion que el indio sentia por ella. De su parte, el depositaba en el reche su caudal de ternura y sabiduria, bajo la forma de amables indicaciones y consejos, escuchados con respeto y concentrada atencion.

Pocos durmieron aquella noche en la poblacion de Lunder y con el amanecer renacio el ajetreo y la excitacion. Antes del mediodia, con la presencia del comisario, revestido circunstancialmente de autoridad legal, y de todos los habitantes de la casa, incluso el capitan Diaz Moreno en su caracter de padrino, se dio con relativa rapidez termino a las dos ceremonias de la union de Blanca y Llanlil. Cumplidas ambas, la alegria dio paso a la emocion y una ruidosa euforia envolvio a todos. Las jubilosas demostraciones parecian identificarse con la manana luminosa. Llanlil se mostraba radiante, pero Blanca, velada su alegria por la gran reserva de su madre, sintio que algo muy intimo le llenaba los ojos de lagrimas. Sintio tambien un arido chispazo de resentimiento ante aquel aislamiento que le negaba la calida ternura de la madre y no busco en ella abatir la angustia que la dominaba.

– Vamos, muchachos… es hora de partir. En la Patagonia los caminos son demasiado largos para transitarlos con demora -dijo Lunder tocando en el hombro de Llanlil que junto a Blanca permanecia sentado frente al enrojecido resplandor de la estufa.

– Si, papa -respondio por el Blanca levantandose-. ?Vader! ?Oh, gelield voder! 2 -y su voz se le antojo ya como perdida en leguas de distancia.

– ?Bueno… bueno! -la reprendio su padre suavemente tomandola de los hombros-. Despues de todo no se van al otro lado del mundo… Ya los vere de nuevo… y muchas veces.

– ?Hala! -exclamo Ruda interviniendo-. ?No pensaran quedarse aqui toda la manana! Las despedidas me desesperan. Afuera aguardan Juan, Roque y los peones que iran con ustedes… Antes que termine el verano ire a hacerles compania.

– Y tu, Llanlil, deja a Juan contigo todo el tiempo necesario ?comprendes? -recomendo Lunder a su flamante yerno.

– Asi lo hare -respondio este-. ?Vamos, Huanguelen?

Blanca levanto la Barbilla y colocandose el gorro de piel dijo:

– Si, vamos -y le tendio la mano enguantada.

– ?Donde se habra metido tu madre?… ?Por Dios que es empecinada! -protesto Lunder buscando con los ojos a su mujer.

– ?Dejala, papa!… ?Debe sufrir mucho! -dijo Blanca mordiendose los labios.

– ?Hum!… Todos sufrimos, querida. En fin… ya saldra.

– ?Salud, senora! -grito alegremente el capitan Diaz Moreno, que entraba, levantando su quepis ante Blanca-. Espero que me haran un lugarcito para cuando me largue a sus dominios…

– Siempre habra un lugar para usted en nuestra casa y en nuestros corazones, capitan -afirmo Blanca calurosamente. El la miro y la expresion de la muchacha le parecio un espejo de luz.

– Cuando venga, cazaremos juntos el zorro y el huemul -dijo Llanlil, estrechandose en un abrazo con el militar.

– ?Bravo!… Y ahora, ?a caballo!

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