seis gatitos y uno de ellos se aproximo a olisquearla, Helmut Monssen continuo su reflexion.

– El queso es un alimento de ratones, por eso sus enemigos naturales, los gatos, quieren inspeccionarlo a pesar de que no les gusta, o les gusta menos, los muy estupidos se juegan la vida por algo que no les interesa de veras.

Con un movimiento rapido y preciso cogio el fanal y aprisiono dentro de el al gatito curioso, el animalillo se debatio desesperado contra la pared de cristal, empezaba a faltarle el aire, boqueaba con sintomas de asfixia.

– ?Lo ve?

Aquiles contuvo las ganas de darle una patada al artilugio y se mordio la lengua, no demostraria lo nervioso que estaba, ?por que no intervenia Schneuber en la conversacion?

– Se va a morir por imprudente, ahora bien, si un amigo colabora, esta a salvo.

Monssen levanto la campana de vidrio y tomo en sus manos al gatito con un gesto tan delicado y exacto como todos los suyos, le acaricio el cuello provocando un ronroneo sumiso.

– Pero el enemigo acecha por todas partes, la vida es muy compleja y se evapora con suma facilidad.

Arrojo el cadaver del gato a la papelera, le habia roto las vertebras cervicales con un habilidoso pinzamiento, el bicho no solto ni un maullido de dolor.

– Volvamos al tema, ?quiere ser nuestro comprador?

– Usted manda.

Mas raros que las sopas de ajo, era una pretension estupida el tratar de comprender a los alemanes, tenian un almacen legal en Quereno y sin embargo sabia que tambien lo pasaban de contrabando a Portugal, se lo habia dicho un guardina con el que se emborracho un fin de semana en El Bollo, eran gente lista y formal, pero incomprensible, se liaban con una cagada de mosca fuera de cacho, alla ellos, si podia sacar tajada del negocio mejor, negar no podia negarse, Aquiles tuvo el palpito de que quien negaba algo al sibilino Helmut era hombre muerto.

– Por supuesto es una compra clandestina, nadie debe saber que estamos de acuerdo, lo compra por su cuenta, ?conoce a Trinitario Gonzalez?

– ?Quien no?

– Pues lo compra usted por cuenta de don Trinitario, todo debe ir a parar a su mina Jose.

– Es una mina de estano.

– Entienda solo lo que le explico, no se haga preguntas.

– Como mande.

– ?Podra controlar este mercado negro?

– Supongo que si, con tiempo.

– Lo mas tarde manana, me informa de precios y cantidades.

– ?Manana? No se si podre…

– Podra. Tome, le regalo el queso, me habia dicho que le gustaba, ?no?

La gelida mirada de Monssen firmo algo mas que un compromiso. Aquiles abandono el despacho sintiendose prisionero, ni en letrinas iba a estar a salvo de esos ojos, la vida es paradojica pero como en esta tierra en ninguna, como responsable de las cartageneras con las que trabajaban los recuperadores, Milhombres y acolitos, jamas se habia permitido un desliz y ahora estaba encargado de sistematizar el saqueo de los kilos y kilos que se deslizaban fuera de la mina en tarteras, bolsos, falsos vendajes y demas artilugios, el colmo. Una tierra magica, frente a el, mas alla del vuelo de los galfarros, Laquiana, la montana sagrada, con su campo de las Danzas en donde se celebraban los ritos paganos de la fertilidad y con el Morredero, altiplano de los sacrificios donde el perderse en invierno era un perderse definitivo, leyendas duales de vida y muerte, de amor y odio, algunos juraban haber visto volar a un felino aleonado por el campo de las Danzas y otros juraban haber huido de una serpiente de cien metros de larga por el Morredero, en Salamanca no los habria creido nadie por mas que lo jurasen sobre la Biblia, aqui lo comentaban con la mayor naturalidad del mundo, no le iban a descalabrar ni los bercianos ni los alemanes, el estaba alli para ganarse la vida y por aguante lo que le echasen, el queso blando le repugnaba, pues bien, se lo liquidaria en la merienda, de una sentada y sin decir ni pio.

– Cumplira, tiene miedo y cumplira sin irse de la lengua.

Friedrich Schneuber no era partidario de aquel sistema, pero lo ratifico devolviendole la sonrisa a Helmut Monssen, si, cumplira, y recordo la pancarta leida en su ultima visita a Berlin. «Los hombres estan en el frente y las mujeres trabajan en la industria belica, ?que haces tu?» Alguien habia escrito a lapiz una timida respuesta, «tiemblo». No merecia la pena discutir sus ordenes.

Capitulo 13

Le deje el hueco de delante, el del piloto, porque se trataba de un avion, si llega a ser un barco ni hablar, me puse en el de atras, de copiloto, y obedecimos ordenes.

– Quietos. Digan pis, pis. Miren al pajarito… ?ya esta!

Nos hicimos la foto en el decorado aeronautico, el otro era para burgueses padres de familia con animo reivindicativo, la mesa de un banquete pantagruelico con un orificio para la cabeza del orondo que presidia y otro para la mano que empunaba un pollo. El avion era un caza con el lema de suerte, vista y al toro junto a la helice y con una redonda bandera espanola en el fuselaje, volaba entre nubes de tela engomada sujetas con unas tablas y visto de frente quedaba chulo, el retratista era un tipo simpatico que sabia ganarse al personal, le hacian cola, «en una hora su inmortalidad en el bolsillo».

– ?Como quieren las copias, en papel o cartone?

– En cartone.

Segui paseando con Jovino, era nueve, dia de feria en Cacabelos, y habia bajado para encarar tres entrevistas decisivas, segun se entrecruzasen mi porvenir variaria en uno u otro sentido, el bullicio me recordo los anos infantiles, en especial cuando descubri el invariable puesto de navajas gallegas de cachas de madera con espigas pirograbadas, las habia diminutas, como me apasionaban de nino, casi tanto como los rabos de pulpo que se ofrecian en el tingladillo siguiente, la pulpera revolvia en su caldera de cobre, pinchaba al monstruo y con unas tijeras le cortaba un brazo plagado de ventosas que rociaba con aceite y pimenton, un manjar de dioses, no hay dios a quien no le guste, el mismo espectaculo de siempre pero potenciado por la corriente financiera, subterranea, oculta y proclamada a voces, del wolfram, infinitos tenderetes de toldo y mostrador, no se quede en la puerta y pase a la trastienda, zapatos a estrenar, remendados y como nuevos, tabaco portugues de contrabando con permiso de la Tabacalera, hogazas de pan blanco con harina de Zamora no se conquisto en una hora, bisuteria fina a precios de saldo, vendemos barato porque nos da la gana, si tiene calor nuestros precios le dejaran helado y otra de regalo, entre aquellas voces adivina lo que diria el gitano para convencer al payo de que su jamelgo estaba en la linea de meta del hipodromo tras haberle puesto un supositorio de guindilla putapario, un griterio ensordecedor, si tiene usted hijos traigalos a la tombola del Torrijos, camisas, camisetas, camisones y lo para debajo de faldas y pantalones, un mercado animadisimo y eso que aun no habian bajado los mineros.

– Lo mismito que el zoco de Tanger.

A Jovino le gustaba presumir de exotico.

– Vamos a tomar una copa.

Entramos en el Gran Cafe Macurro, casino provisional mientras duraban las obras de la nueva sede, obras por comenzar, casino por las partidas de naipe noble, Elias, el Macurro, el propietario, habia ascendido socialmente gracias a la eterna provisionalidad, ya nadie se atrevia a cantarle la copla de antes de la guerra:

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