desde la ultima confesion, hace un mes aproximadamente.

– Demasiado tiempo, hija mia, estas en una edad muy peligrosa.

– Creo que estoy en pecado mortal, padre.

– Me lo temia. A ver, hija, ?amas a Dios por encima de todas las cosas?

– Si, padre.

– Sigue tu, criatura, ?amas y respetas a tus padres como es debido?

– Si, bueno, a mi padre le odie por una cosa que me dijo, pero no, los amo, no es eso lo que me preocupa.

– ?Has robado algo? ?Alguna sisa en los recados de la compra?

– No es eso… Tengo novio.

– Llegamos al sexto, ay, con la virginidad en peligro. La pureza, hija, la pureza, ?que has hecho de tu virtud mas preciada? No me diras que haceis el matrimonio antes de casaros, ?no?

– No, padre, por Dios, que cosas dice.

– Pues dilas tu, hija, porque parece que soy yo quien se esta confesando. Vamos a ver, ?le tocas sus partes o es el quien te las toca?

Olvido sintio una descarga electrica.

– ?Que? No, no, apenas nos acariciamos, algun beso, soy yo quien me acaricio a mi misma hasta… me averguenzo, estoy arrepentida y pido el perdon de mis pecados.

– No tan de prisa, criatura, estos casos hay que puntualizarlos. ?Cuantas veces?

– Una o dos.

– ?En todo el mes?

– Al dia.

– Viciosa. Tienes que detener el vicio o se te derretira la medula, parece mentira, una chica como tu. En fin, vamos a ver, ?como lo haces? Porque la gravedad del pecado depende de la intensidad del acto. A ver, acariciate como si lo estuvieras haciendo.

– Padre…

Olvido se quedo livida de espanto, en la iglesia, delante de todo el mundo, no, no podia ser, el angulo del confesionario la protegia de las devotas que hacian cola, giro sobre si misma para ocultar la mano pecadora, le parecio una blasfemia, pero su resistencia se esfumo ante la amenaza definitiva.

– Acariciate, hija. Si quieres que te salve del fuego eterno tengo que saber lo que perdono.

– Asi, padre…

– Pero supongo que sin ropa, ?en donde lo haces, en el water?

– En la cama.

– ?Duermes sin bragas?

– Solo con el camison.

– Claro, te das facilidades y luego pasa lo que pasa. ?Te introduces algo?

– No le entiendo, padre.

– Sigue, no te detengas. Que si te introduces algo equivalente al miembro viril, una botella, un platano, algo.

– El dedo.

– ?El no te introduce nada?

– No, no padre, por favor.

– ?Ni siquiera la lengua?

– No…

– En la boca, cuando te besa, cuando te acaricia, porque algo te habra acariciado, aunque solo sea un pecho, ?no?

Olvido apenas pudo pronunciar los balbuceantes no, no, del rechazo al horror que experimentaba, en la iglesia y a punto de llegarle un orgasmo, jamas se sintio tan turbada.

– Padre, no puedo mas, me viene…

– No te pares. No me digas que no te ha acariciado asi alguna vez.

Cuando sintio la mano de don Sergio oprimiendole con delicadeza, astucia y exactitud el pezon de su seno izquierdo, Olvido grito con todas sus fuerzas, se condenaria, aceptaba la condena eterna, la puerta de la salvacion le resultaba infranqueable.

– Pero hija, ?que te pasa?

– Es usted un, un…

Se encontro de pie, sonrojada, pero por fortuna circunspecta, el grito primal se habia contenido en la boveda de su paladar sin trascender a la de la iglesia, ni la llama de una vela se habia agitado, las de la cola daban por supuesta la terminacion del sacramento y ya la siguiente se acercaba modosa a relevarla frente a la cortina del confesionario.

Olvido aprovecho el equivoco para abandonar al torturador sadico de respiracion entrecortada, descargas electricas recorrian sus nervios, imposible, en la pila del baptisterio se persigno, no podia ser verdad lo que le estaba ocurriendo, contemplo la lucecita del sagrario, se dijo que Jesucristo y ella se merecian otra oportunidad y recapacito. Frente al confesionario con la tablilla de P. Desiderio no habia cola alguna, le decian chocho y su mayor inconveniente radicaba en la sordera, la gente temia desvelar a gritos sus pecados. Se decidio.

– He pecado contra el sexto, padre, tengo novio con el que no he hecho nada malo, pero cuando estoy sola me acaricio toda la noche hasta que me viene el placer, me introduzco el dedo…

– Calmate, pequena, calmate, no tienes por que entrar en detalles. ?Quieres mucho a tu novio?

– Mas que a nadie en el mundo, padre.

– ?Y a Dios? ?Tambien le quieres? ?Casi, casi, como a tu afortunada pareja?

– Quiero quererle mas todavia, padre.

– Pues entonces tranquila, hijita, mira, Dios es amor y el amor de la pareja humana es un reflejo del suyo. Cuando el amor humano es sincero, siempre es agradable a los ojos del Senor, tenlo siempre presente y esto te reconfortara.

– Pero estoy en pecado mortal, padre.

– Si, bueno, pero no dramatices, hay que conservar la virginidad, es el mejor regalo de boda, mas turbate menos…

– Es que a veces no puedo contenerme.

– Claro, a tu edad, mira, ?sabes saltar a la comba? ?Si? Pues salta como hacen los boxeadores hasta que no puedas mas, una buena sudada, despues te das una ducha con agua fria y ya veras como resistes mucho mejor la tentacion. ?De acuerdo?

– Me he puesto un cilicio.

– ?Tiralo! Eso es cosa de frailes, cuando comulgas tu cuerpo es el templo de Dios y tiene que estar presentable, limpio y sin heridas, tiralo a la basura y no te preocupes mas. Hala, preciosa, hasta la vista. Vuelve cuando quieras.

– ?Y la penitencia?

– ?Que penitencia?

– La de mis pecados.

– Ah, si, bueno. Mira, haz un ramillete de margaritas silvestres y se lo colocas a los pies de la Virgen, le encantan las margaritas, ?sabes?

– Ya no hay margaritas, padre.

– Pues geranios, cono, no pongas pegas.

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