mas de seis pues el primero de los hombres que avanzaba por el pasillo esgrimia un revolver humeante con tambor de seis cartuchos y los tres embozados que le seguian lo que empunaban eran escopetas de caza, una con los canones recortados. Don Recesvinto se desplomo sobre el ara del altar y de alli al suelo a camara lenta, los orificios eran negros, redondos, destacaban tetricos en la seda verde, la unica mancha roja procedia del vino tinto del caliz que se derramaba sobre su pecho, la sangre correria por debajo de la pesada casulla, un grito histerico de mujer, mas gritos, llantos, todo muy rapido hasta que el hombre del revolver, los otros tres guardandole las espaldas, desde el altar, reclamo silencio.
– ?Silencio!
– Le han muerto…
– ?Silencio! No quiero oir ni una voz, aqui no ha pasado nada que no tuviera que pasar.
Se pudo oir el sorberse los mocos de un monaguillo y el susurro de alguien, el primero que lo reconocio.
– Es el Charlot.
– ?Silencio he dicho!
A partir de ahi ni el volar de una mosca ni el tembleque de los pulsos propios. En efecto, era Genadio Castineira y rapidamente se asociaron las ideas, Evaristo, Varis el de la fonda no, el sacristan de Dragonte, habia sido de su cuadrilla y el Charlot acababa de cumplir su promesa, la de responder diente por diente a cualquier delacion, la venganza se habia cumplido, pero una vez identificados persona y causa un terror mas denso se apodero de los feligreses, la ceremonia no habia hecho mas que empezar. A los otros tres no los reconocio nadie, llevaban la boina calada y la bufanda alta, hasta los ojos, un tapujo que solo se explicaba por el miedo o la esperanza, Genadio iba a rostro descubierto porque ya sabia como iba a acabar y lo habia asumido, no tenia miedo y tampoco ninguna esperanza de evitar el fin previsto.
– Quien a hierro mata, a hierro muere. Veamos.
Saco un papel del bolsillo de la zamarra y lo desdoblo con cuidado, demorandose en la operacion. Carraspeo antes de leerlo.
– A cada cerdo le llega su san Martin, pero los ciudadanos honestos nada tienen que temer.
Posteriormente se adivino, no fue dificil, que el tremendo papel era una copia de la declaracion jurada que el juzgado de Leon pidio al parroco del pueblo, firmada por el y por cuatro cabezas de familia de la localidad adictas al regimen, un informe sobre la conducta politica de Evaristo, acusado de espionaje y alta traicion.
– Que vengan aqui y con los brazos bien altos. Rubino Garcia Castro, hijo de Juan y Emerita, casado, agricultor, natural y vecino de Dragonte. Jose Olmos Navarro, hijo de Jose y Genara, casado, agricultor, natural de Chozas de la Sierra, vecino de Dragonte. Argimiro Fuentes Canameira, hijo de Macario y Micaela, casado, agricultor, natural y vecino de Dragonte, y Longinos Fernandez Couto, hijo de Dimas e Isidra, casado, empleado, natural y vecino de Dragonte.
Sobre el olor de las velas y el tufillo residual de la polvora se impuso la pestilencia del miedo, los cuatro se fueron con andar patetico hacia Genadio como si fueran marionetas, el mismo andar desarticulado. Los de la bufanda sacaron unas cuerdas que llevaban para tal proposito y les ataron de una forma original y practica, los brazos a la espalda y de cada brazo un nudo corredizo al cuello de su involuntario companero, en pina, de no andar al unisono se ahorcarian.
– Estos cerdos son casi tan culpables como el cocho de Recesvinto y el casi los puede salvar, eso depende de vosotros. A ver, que levanten la mano sus parientes y amigos.
Una cinica sonrisa cruzo el rostro de Genadio, la del escepticismo en la amistad, algo que justificaba su falta de esperanza, solo pudo contar cuatro brazos en alto, los de las cuatro esposas.
– Para salvarlos teneis que reunir cada una dos mil pesos, podeis salir a buscarlos, pero que no se os ocurra ninguna otra gestion o moriran en un decir Jesus, teneis media hora.
– Por amor de Dios, ?de donde vamos a sacar las diez mil pesetas?
– Estais perdiendo un tiempo precioso, ya cuenta el primer minuto, largo que para luego es tarde.
– Perdona a mi Rubino, el no queria firmar, fue el cura quien…
– ?Largo!
Salieron las mujeres. A un gesto de Charlot, un agitar el brazo que recordaba al artista comico, sus secuaces actuaron segun una maniobra convenida de antemano. Uno introdujo a los prisioneros en la sacristia, no volvio a salir. Otro abandono la iglesia y tampoco se le volvio a ver mas. El tercero se quedo de guardia paseando por el pasillo central de la iglesia. Genadio se sento en el sillon mayor, bajo el retablo barroco, y fue como un permiso, como si hubiera terminado el evangelio, los feligreses se sentaron en los bancos corridos a esperar la media hora mas larga de sus vidas, por lo menos tan larga como otras que habiamos pasado en la guerra, los demas hombres no se que sentirian, pero sobre mi piel el olor del miedo cristalizo como una coraza, me recubrio con el caparazon de un cangrejo, me convirtio en un cangrejo miedoso, Charlot actuaba y yo veia la pelicula, era un espectador neutral que nada podia hacer para variar el argumento, lo malo es que no estaba sentado entre las sombras de un cine para poder ocultar asi mi miseria.
– Somos unos cobardes.
– Calla que te pierdes. Ellos se lo han buscado por meterse en politica.
– Callaos, cono, no liarla.
Don Pancracio, el maestro, levanto la mano como cuando uno de sus alumnos le pedia permiso para ir al water, san Pancracio bendito, la letra con sangre entra, le entraria la urgencia de su responsabilidad, probablemente fuera la unica persona con estudios de todos los alli reunidos y eso siempre inspira cierto respeto, la prueba es que Genadio le hablo de usted.
– ?Que quiere?
– No soy quien para decirlo, pero se ha derramado la sangre de Cristo y eso, para los creyentes, es una profanacion, si no te importa trataria de recogerla.
– Hagalo si gusta, para mi no es mas que vino aguado.
– Con tu permiso.
Don Pancracio subio al altar, con una delicadeza insospechada en sus principios didacticos tapo el rostro del sacerdote con el pano de las vinajeras y despues, rezando, eso hacia suponer el movimiento de sus labios, con el copon, trato de recuperar el liquido vertido sobre el cadaver, imposible, lo que si escurria por las tablas era la sangre de don Recesvinto, un charco en lento crecimiento, tras varios intentos sin atreverse a tocarlo con las manos, prefirio conservar el resto que aun quedaba en el caliz, se incorporo y, solemne, lo dejo en el centro del altar. La idea del sacrilegio habia pasado inadvertida tras el impacto del miedo fisico y ahora planeaba por la iglesia responsabilizando a los presentes de una culpa mas.
– Si no te importa podria…
– ?Que mas quiere ahora?
– Pasar el cepillo de las limosnas, lo que se saque puede ayudar a la salvacion de esos cuatro desgraciados.
– Hombre, eso si que me parece bien. Ya lo habeis oido, a rascarse el bolsillo y recordad lo de amaras al projimo como a ti mismo. No los vais a dejar morir, ?verdad?
El maestro inicio la lugubre colecta, manos nerviosas dejaban caer la limosna tratando al mismo tiempo de ocultar el obolo, una lenta procesion, un continuo sonar a hueco de la caja, pense en los cuatro hombres, alli, en la sacristia, rodeados de exvotos, pies, corazones y demas visceras de cera recordandoles la proximidad de la muerte si no intercedia un milagro, para su desgracia el rescate no era la especialidad de la Virgen de Dragonte, nosotros podiamos hacer algo mas, si, tenia varias pesetas sueltas y una sabana de quinientas, toda mi fortuna, la veinteava parte de la vida de un hombre, don Pancracio agito el cepillo reclamando mi atencion, por un segundo pense lo peor, en soltar la calderilla, ademan cobarde, miserable, fue un solo segundo, por mi no iba a quedar, me quede sin cinco, siguio el maestro el itinerario y por primera vez desde que comenzo el encierro senti un ligero alivio en mi conciencia, si hubiera cundido la generosidad a lo mejor alcanzabamos el precio de un hombre, me descorazono el susurro de un comentario.
– No saca ni para tabaco, ya lo veras.
