– Ya. Somos pobres pero ronas.

Cuando dejo el cepillo sobre la mesa auxiliar, sopesandolo con cierto desanimo, una viejecita de pelo blanco, desde la primera fila, le chisto a don Pancracio.

– Digale si podemos rezar el rosario.

Charlot se enfurecio.

– Pero bueno, ?que se han creido que es esto?

– No es mala idea, nos tranquilizaria los nervios.

Se iba a cumplir la media hora, Genadio lo comprobo en su reloj de plata con iniciales de otro dueno, no corria ningun riesgo, al contrario, el rumor de la cantinela daria una mayor naturalidad a la iglesia que aquel ominoso silencio en el que destacaba la llantina de un nino de meses, a la madre se le habia cortado la leche y no sabia que hacer para calmarlo.

– Tiene razon la abuela, pueden rezar.

– Misterios dolorosos del Santisimo Rosario, primer misterio, oracion y agonia de nuestro Senor Jesucristo en el huerto. Padre Nuestro que estas en los Cielos…

Dios te salve Maria, Dios te salve, te salve, salve, la cadencia monotona de la oracion, repetitiva, tenia un efecto hipnotico en el que resultaba placentero abandonarse, no se pensaba en otras cosas, Dios te salve, hasta los hombres respondian sumisos la palabra salve sin recapacitar en el significado de la misma, tan gastada, simple musica de percusion, un refugio mental.

– ?Silencio!

Se levanto Genadio, no se sabe si porque la media hora habia cumplido o por alguna senal a nuestras espaldas que no pudimos observar, el caso es que se abrio la hoja menor de la puerta grande y entraron las esperadas mujeres, el rostro tan descompuesto que de encontrarlas asi al anochecer, en el bosque, hubieran ahuyentado al mas audaz de los violadores, lo supimos nada mas verlas, malas noticias, no habian reunido el dinero, se postraron en los escalones del altar a los pies de Charlot, ajenas al cadaver del parroco, el charco de su sangre ya coagulado, cada una argumentando su exiguo fajo de pesetas, quitandose la palabra la una a la otra.

– No tengo mas, no pueden prestarme mas.

– A mi Rubino, salva a mi Rubino.

– Calma, calma, a ver cuanto suma lo de las cuatro. Usted, don Pancracio, cuente mientras lo del cepillo.

No habia mucho que contar, la espera se hizo nerviosa como en la loteria de Navidad cuando por la radio se espera la salida del gordo, hasta sonaron las cifras con la misma voz de los ninos huerfanos de San Idelfonso.

– Nueve doscientas -dijo una de las mujeres.

– Trescientas, nueve mil trescientas -corrigio otra.

– Poco.

– Mas mil ochocientas treinta y siete -anadio el maestro.

Ni para tabaco, pense.

– Muy poco.

– Cumple tu palabra, Genadio, con este dinero se cubre el rescate de uno, con tu nobleza de espiritu libera a los otros tres, ya te has vengado y nada sacaras con mas muertos, este pueblo ya ha sufrido bastante, tu lo sabes mejor que nadie.

Las mujeres enloquecieron.

– ?Al mio, suelta al mio, tenemos nueve hijos pequenos, uno paralitico, que va a ser de nosotros!

– ?Yo soy quien mas lo necesita, los mios estan tuberculosos, las medicinas son muy caras y quien nos lo va a ganar!

– ?Matame a mi, el no hizo dano a nadie!

– ?A mi Rubino, salvame a mi Rubino!

Peleaban entre si mientras trataban de retener a Genadio aferrandose a sus pantalones. El huido sacudio las piernas con un gesto brusco, por un momento parecio que iba a liarse a patadas con ellas, pero no, todo lo contrario, extendio la mano sobre sus cabezas pidiendo calma y hablo con sonrisa beatifica.

– Esta bien, calmaos, los soltare.

– Dios te bendiga.

– Nada les va a pasar, se acabo, pero que nadie salga de la iglesia antes de media hora o me arrepiento y vuelvo con el hacha.

Genadio hizo el grafico gesto de cortar el cuello, recogio el dinero y a grandes zancadas desaparecio por la sacristia. El ruido de las llaves, un nuevo silencio, un llanto nervioso, la fe en el milagro, Dios te salve Maria en accion de gracias.

– Callese, abuela, no esta el horno para rezos. ?Que hacemos?

– Aguardar.

– ?El que?

La respuesta vino de fuera, una descarga de fusileria, heteroclito retumbar de diferentes armas de caza, un trueno aspero, brutal, aquellos eran mas que cartuchos de perdigon lobero, obuses, el gemido de las vidas taladro las sienes con la misma facilidad que la aguja se clava en el requeson, las dimos por vividas, acabadas, no podia ser otra cosa mas que un fusilamiento.

– ?Rubino! ?Mi Rubino! ?Que te hacen?

– ?Asesinos!

Se precipitaron las esposas hacia la puerta y todos detras, ni plazo ni prudencia, afuera, logicamente la puerta mas facil de descerrajar fue la sacristana, apretujandonos en una cola tumultuosa, la de los almacenes Bodelon cuando el cupo para los cortes de tela, a codazos para respirar cuanto antes el aire libre y petrificarnos ante el espectaculo de la masacre, el horror se asento en la campa de Dragonte, los habian fusilado contra el curvo muro del abside, entre las argollas para las caballerias y el letrero de «prohibido hacer aguas mayores y menores», les habian volado la cabeza con postas, cuatro manchas indescriptibles en la pared, masa encefalica y sangre, unos hilillos frescos se deslizaban hacia el zocalo de malas hierbas y avena esteril y alli abajo, en el suelo, los cuerpos amontonados, entrecruzados, de Jose, Rubino, Argimiro y Longinos. Una gruesa mosca verde jodeburras se paseaba por lo que habria sido nariz, a veces el horror se coagula en una sola imagen absurda, yo no podia apartar la vista de la estupida mosca.

– ?Dios mio! Cuanto sufrimiento inutil.

Lo dijo el maestro, caido de rodillas, llorando, la letra con sangre entra quedaba muy atras, su humanidad crecio tanto como el valor del fotografo, saco un retrato del abrazo a los muertos antes de explicar que a los vendedores ambulantes tambien los habian retenido en la sacristia.

– Crei no poder contarlo, pero lo voy a hacer y con un documento grafico de excepcion.

Nadie reparo en la sombra de Lita, dona Manolita, la serora de don Recesvinto, entro en la iglesia y se ocupo del cuerpo del sacerdote, lo abrazo sin ningun reparo, acicalo su rostro, entrelazo sus manos, compuso sus ropas y despues, eso si con disimulo, se apodero de la pistola del nueve corto que siempre llevaba en el bolsillo de la sotana, se desharia de ella tirandola al pozo de casa, alli nadie la localizaria, la pistola confirmaba la opinion de por que entraron justo en el momento de alzar, por pillarle concentrado en el oficio y con las manos ocupadas, de no ser asi quiza le hubiera dado tiempo a disparar, sabian que iba armado y tenia fama de rapido, de no dudarselo, lo de la consagracion no fue por casualidad. Un dia de la Virgen para contar a los nietos.

– Pobrina Lita, ni siquiera le queda el consuelo de ser viuda.

– Ya te va de negro, mujer.

– Hijos de puta, los rojos seran siempre unos hijos de puta.

La gente se estorbaba en su afan de colaborar en lo que ya no tenia remedio, los muertos subieron en consideracion moral, nada que recriminarles, unos santos, incluso Rubino, de quien tantas barbaridades se contaban, era un santo, mejor asi.

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