plena de complicidad; Luis la capto: evidenciaba tan antigua y profunda compenetracion entre sus padres que sintio un asomo de verguenza, casi sonrojo por su entrometida presencia; pero supo tambien que lo que Aurelio se disponia a contarle solo podia ser cierto-. El caso es que me atraveso el cuerpo una corriente de sexualidad: asi, como una descarga electrica. No una ereccion, ni una excitacion de tipo fetichista, tio, no; no te lo tomes a broma que va en serio… Justo lo que he dicho, una corriente de sexualidad. Por todo el cuerpo, como cuando un dia de calor saltas a una piscina y la impresion del frescor te revitaliza. Duro una decima de segundo, porque ya he dicho que tuve que cerrar la puerta, pero fue suficiente. No podia creerlo: ?habia notado una chispa de deseo sexual! ?De nuevo! Tan claramente como note que se iba el dia de la miliciana de Sevilla. Entonces, unos pies femeninos, todo lo que aquellos pies implicaban, me habian traumatizado, bloqueado sexualmente, puede decirse que eran el simbolo de mi impotencia, de aquello que existia para los demas pero a mi me estaba vetado para siempre. Y ahora, de pronto, asi, de forma tan inesperada… No queria hacerme falsas ilusiones y mientras el soldado seguia a lo suyo, hablando sin parar, me esforce por recordar los pies de Sevilla en todo su horror. Pero fue inutil, maravillosamente inutil: por mucho que me empenara, seguia fascinado por estos otros pies, los nuevos, los magicos, a los que el rayo de luzme habia guiado como si fuera cosa del destino. Tal vez, si el soldado hubiera tardado un segundo mas en entrar, yo habria tenido tiempo de examinar con detenimiento el objeto de mi adoracion, y entonces, como pasa con todo en esta vida, me hubiese desenganado. Pero como el flash habia sido eso, un flash, me quede fascinado y ansioso de volver a abrir la puerta del armario. Tenia que ver de nuevo a la desconocida a cualquier precio. Por supuesto, no hice el menor analisis racional del asunto, ni falta que me hacia: era como un nino, la primera vez que siente atraccion por el cuerpo de las mujeres. Agradeci la informacion al soldado y sali con el, tan contento que recuerdo que, en efecto, le palmee la espalda. Y cerre la puerta por fuera. No queria que «la peligrosa guerrillera» volase. Imaginate: si llego a volver y veo que la mujer del armario ha desaparecido, habria pensado en una alucinacion. Me habria vuelto loco, lo mismo me hago asesino en serie - bromeo Aurelio; Luis percibio que su padre comenzaba a relajarse. A Cristina le pasaba igual. Instintivamente, el tambien se relajo.
– Yo, por supuesto, no entendia por que el hombre de la pajarita no me habia delatado alli mismo. Y tampoco me pare a pensarlo, claro. Abandone mi escondrijo para escapar, pero me tope con la puerta del despacho cerrada por fuera y descubri que no habia otra salida. Seguia atrapada, asi que me arme con lo unico que vi a mano, un abrecartas que cogi de la mesa, y me puse a esperar; no se que, pero a esperar. Al bastante rato, era ya de noche, me parecio oir algo en la calle… Me asome a la ventana sin abrirla, apartando las cortinas con mucho cuidado. Frente a la embajada habia varios camiones militares y un buen numero de soldados formados. Junto a ellos, Larriguera y tu padre, frente a frente, se gritaban; aunque no podia oirlos, veia sus gestos furiosos. Aquello me dio esperanzas, tal vez el hombre de la pajarita no era uno de los complices de mi violador. Los invitados habian ido asomando poco a poco, y contemplaban inquietos y muy callados la discusion, que fue subiendo de tono hasta que, de pronto, Larriguera saco su pistola, apunto a tu padre muy de cerca, con el brazo extendido y el canon casi pegado a su cara, y disparo. El fogonazo lo ilumino todo. Grite y me aparte de la ventana horrorizada; trate otra vez de forzar la puerta, que naturalmente continuaba cerrada. Pasado un rato me atrevi a mirar de nuevo: en el jardin no se veia ya a nadie, ni militares, ni el cadaver de tu padre, ni nada. Por fin, el agotamiento me fue venciendo y me quede dormida con el abrecartas bien sujeto, escondida otra vez en el armario. A mitad de la noche, alguien me zarandeo: me lance sobre el con todas mis fuerzas, con el abrecartas en la mano.
– Era un abrecartas antiguo que apenas tenia filo. Menos mal; si llega a tenerlo, tu madre me habria matado alli mismo.
– ?Eras tu? ?Y el disparo en la cara? -urgio Luis.
– Con la ventana cerrada, tu madre no lo oyo. Solo vio el fogonazo. Pero no era un disparo, sino el flash de una camara de fotos.
– ?Una camara?
– Veras -continuo Aurelio-: yo estaba aterrado, tenia a Larriguera delante, furioso como nunca le habia visto antes. Estaba convencido de que escondia a la prisionera y por eso no le daba permiso para soltar a sus perros en el edificio. Me habria disparado de verdad, seguro; pero el fogonazo lo saco de la locura.
Imagino que valoro la bronca que le iba a caer si mataba al embajador de Espana, y echo marcha atras. Aquel fotografo me salvo la vida -concluyo Aurelio con gravedad, como si intimamente estuviese dedicando un agradecimiento a su benefactor; luego, dedicando una mirada carinosa a Cristina, adopto un tono ironico-. Aunque de poco hubiera servido si dos horas despues no le quito el abrecartas a cierta psicopata… Luchamos hasta que logre arrebatarselo, y luego me pase toda la noche convenciendola de que conmigo se encontraba a salvo. Menos mal, porque lo peor estaba por llegar.
– O lo mejor… -anadio Cristina con satisfaccion que casi sonrojo de nuevo a Luis. Para sortear el acceso, apremio a sus padres para que le narraran los hechos posteriores.
– Esa hija de puta se va a acordar de mi en cuanto la pille -habia amenazado Larriguera durante la visita que realizo a Aurelio a la manana siguiente; no podia sospechar que Cristina le espiaba acuclillada tras la mirilla del armario-. La muy hijaputa… ?Donde habra podido meterse?
– Ya estara lejos. Despues de querer acuchillarme, salio corriendo -habia respondido Aurelio, quitandole importancia a la supuesta fuga; y lanzo luego una deliberada socarroneria-. Ayer a todo el mundo le dio por intentar liquidarme. Tu guerrillera con un abrecartas, tu a tiros…
– Venga, viejo, eso fue un mal pronto, ya conoces mi caracter -dijo Larriguera apelando de nuevo a la viril camaraderia. Aurelio imaginaba que, tras reprenderle por amenazar en publico al embajador espanol, su padre le habia ordenado pedir disculpas, y a el le convenia ahora aceptarlas: amigarse con Larriguera podiaser util para sacar a Cristina del edificio. Con una mueca complice, exhibio ante el un rollo de pelicula fotografica y mintio cinicamente:
– Claro que lo se. Por eso he recuperado el negativo de la foto familiar que nos sacaron ayer a ti y a mi. Es mejor que no circule por ahi… Toma, agarra.
Aurelio puso en manos de Larriguera un extremo del carrete fotografico que saco de su bolsillo y tiro del otro con suavidad. Expuesto a la luz, el negativo fue velandose hasta convertirse en una inofensiva tira ondulada a la que Larriguera prendio fuego con el encendedor.
– Bien pensado, amigo, bien pensado… -susurro satisfecho, depositando sobre un cenicero el amasijo resultante; despues camino hacia la puerta, en posesion de nuevo de su campechana arrogancia-. Ah, y por la hijaputa no te preocupes. Para mi que esta todavia dentro de la embajada, en alguna parte.? Mis hombres rodean el edificio. Nadie puede salir ni entrar sin que me entere. Tarde o temprano la pillare. Te lo jura tu amigo
– Y, en efecto, «mi amigo
– Pero una distinta cada uno. Yo, que los soldados hubiesen desaparecido para poder marcharme. El, que continuasen alli para que no me pudiese ir. -Cristina miro a Aurelio; se sonrieron de una forma especial, plena, que culminaba los callados piropos mutuos previos. Luis intuyo que el proposito inicial de hacerle participe de los hechos habia ido derivando, casi imperceptiblemente, hacia una rememoracion privada y complice tras la que latian, en clave indescifrable para terceros, los matices de un pacto de amor que se mostraba vivo como el primer dia. Les envidio, y deseo que alguien a quien pudiese corresponder le dedicase algun dia a el una sonrisa similar.
– Tardaron en largarse dieciocho dias, que vivimos encerrados en el despacho. En realidad, aquella convivencia tuvo cosas de pelicula comica, muchas veces nos hemos reido despues: tras comprobar que nuestros guardianes seguian ahi, yo me encerraba en el armario, tensa y muerta de miedo. Era como mi lugar de trabajo, y en cuanto controlamos un poco la situacion tu padre me fue llevando cosas: un pequeno sofa que saco de otro despacho, un orinal, refrescos y comida… Y desde alli, para matar el tiempo, espiaba todo lo que pasaba en la
