hundidas nalgas. Sus labios reblandecidos y sus hinchados dedos no le permitian tocar el flautin agreste, cosa que pudo constatar en seguida.

Abatido, se dejo caer en una silla con la cabeza entre las manos. Sus dedos palparon maquinalmente las sienes y la cargada frente.

VI

El director de la orquesta en la que tocaba Jacques subio la escalera. Se detuvo un instante delante de la puerta, leyo la tarjeta y entro.

– Hola -dijo-. Entonces, ?estas mejor?

– Acabo de levantarme -dijo Jacques-. Me siento debil.

– Huele muy raro en la escalera -dijo el director.

– Es la casera -dijo Jacques-, Nunca se cierra la bata.

– No es un olor desagradable -dijo el director-. Huele a conejar.

– Si -dijo Jacques.

– ?Cuando vas a volver a tocar con nosotros? -pregunto el director.

– ?Hay trabajo? -pregunto Jacques-. No me gustaria volver a tocar en pasillos. Despues de todo, la musica de camara es la musica de camara…

– No insinuaras que es culpa mia que hayas cogido la peste de los cangrejos -dijo el director-. Considera que todos tocamos juntos en aquel pasillo…

– Lo se -dijo Jacques-, Pero era yo quien estaba delante de la corriente de aire. Por eso a los demas no les paso nada.

– Menuda historia -dijo el director-. Por otra parte, siempre has tenido un caracter insoportable.

– No -dijo Jacques-, Pero no me gusta estar enfermo. Creo que tengo derecho.

– Deberia sustituirte -dijo el director-. No se puede tocar con un individuo que se enfada por todo.

– ?Oiga! -dijo Jacques-, ?He estado a punto de cascarla…!

– Me aburres -dijo el director-. No tengo nada que ver con eso. ?Cuando podras volver a tocar?

– No lo se -dijo Jacques-. Me siento debil.

– Estas empezando a exagerar -dijo el director-, No es de esa manera como se trabaja. Voy a pedirle a Albert que te sustituya.

– Antes pagueme los dos salarios que me debe -dijo Jacques-. Tengo que darle dinero a la casera.

– No he traido nada conmigo -dijo el director-, Adios. Voy a buscar a Albert. Tienes demasiado mal caracter.

– ?Cuando me pagara? -dijo Jacques.

– ?Oh…! Ya te pagare -dijo el director-. Ahora me voy.

Los dedos de Jacques erraban sobre su frente, y sus ojos estaban medio cerrados… ?Cuatro kilos, quiza…?

VII

El pequeno hornillo de alcohol zumbaba animosamente e, irritada por el ruido, el agua comenzaba a temblar de colera en la marmita de aluminio. Era mucha agua para un hornillo tan pequeno, pero, aun asi, este conseguiria ponerla a cien.

Jacques esperaba en una silla. Para entretenerse, practicaba un poco con el flautin. Una y otra vez le fallaba el si bemol por dos centimetros, pero finalmente consiguio atraparlo, y lo aplasto entre dos dedos, contento de su triunfo. Se recuperaba.

Se detuvo de repente, pues el dolor recuperaba tambien el dominio sobre su cabeza. Y el agua empezaba a hervir.

– Tal vez mas de cuatro kilos -se dijo-. Vamos a verlo…

Cogio entonces un gran cuchillo y se corto la cabeza. La metio en el agua hirviendo, y anadio un poco de bicarbonato sodico para que se limpiase y la pesada no resultara falsa. A continuacion se murio antes de haber terminado, pues esto ocurria en 1945, y la medicina todavia no estaba tan perfeccionada como ahora. Subio al cielo en una grande y rolliza nube. No tenia ninguna razon para ir a otro lado.

El fontanero *

I

No se trataba del timbrazo caracteristico de Jasmin, que ademas estaba de compras en un sospechoso comercio en compania de su amante. Tampoco se trataba de mi tio, puesto que acababa de morir dos anos antes. El perro acostumbraba tocar dos veces, y en cuanto a mi, disponia de llave. Asi pues, habia que pensar en otra cosa. Se trataba de un timbrazo muy peculiar: pesado…, cargante, quiza…, no, denso mas bien…, un timbrazo lento y caro… El fontanero, por consiguiente.

Entro provisto, en bandolera, de un bastardo morral de piel de herbivoro extinguido cargado de ruidosa chatarra.

– El cuarto de bano esta en esa direccion -me dijo con un gesto sagitario.

No es que me hiciese la pregunta. Mas bien me estaba informando, finalmente, de donde se encontraba, en aquel apartamento, el cuarto de bano, dependencia que, sin su observacion, hubiera podido yo descuidarme, durante mucho tiempo aun, de localizar con la precision implicada de pronto por su tajante frase.

A aquella hora del dia, puesto que Jasmin no estaba, puesto que mi tio acababa de morir, y puesto que el perro tocaba el timbre dos veces (lo mas a menudo), no estaban en casa mas que mis once sobrinos y sobrinas, que se entretenian jugando en la cocina con la caldera de gas, por lo que no se oia ningun ruido.

Como, aferrado a su gesto, llegase al salon despues de dar una gran vuelta, volvi a poner al fontanero en la direccion adecuada, o sea que le guie hasta el cuarto de bano. Me disponia a entrar con el cuando me aparto, sin rudeza desde luego, pero con esa firme actitud de la que solo saben hacer gala los especialistas.

– No le necesito -me dijo-. Ademas, se expondria a ensuciarse su hermoso traje nuevo.

Insistio en lo de nuevo.

No dije nada, pues estaba sonriendo, y por anadidura con sorna, y me fui a descoser la colgante etiqueta.

Otro descuido de Jasmin. Pero, despues de todo, no se puede esperar de una mujer que no le conoce a uno, que nunca ha oido pronunciar su nombre, que ni siquiera sabe que uno existe, que quiza no existe ella misma mas que parcialmente, o en absoluto, no se puede esperar que le preste a uno los servicios de un ama de llaves inglesa, Alice Marshall, nacida en Bridgeport, en el Wilshire. Asi que reprendi a Alice por su cronica falta de atencion. Ella me hizo considerar que no se puede, a la vez, abstenerse de vigilar a los sobrinos y descoser las etiquetas, ante lo que debi agachar la cabeza, pues en aquel momento pasaba por la puerta que conduce del recibidor al comedor, puerta notoriamente demasiado baja, tal y como se lo habia repetido varias veces al arquitecto sordo a sueldo de mi casero.

Una vez arreglado el desorden de mi indumentaria, me dirigi a tientas, para no dar la alarma, hacia la habitacion de la madre de Jasmin, a quien tenia reservada una de las mas hermosas del apartamento, una de las que daban a la calle, y que daban tambien al otro lado cuando nadie las miraba, con la unica finalidad de

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