Sobre el rostro oval de Saturne Lamiel se dibujo una fugitiva sonrisa. Brice volvio a empunar el soplete y se concentro en el otro pie, justo en medio de la planta, en tanto que Raymond revolvia en el contenido del maletin.

La azulina llama del soplete consiguio atravesar el pie de Saturne en el preciso momento en que Raymond daba con el nervio. Jacques le animaba.

– Prueben a continuacion debajo de la rodilla -sugirio Corinne.

Extendieron el cuerpo de Saturne sobre uno de los dos asientos para trabajar con mas comodidad.

El rostro de Saturne estaba blanco por completo, y sus ojos habian cesado de moverse debajo de sus parpados. En el departamento se dejaba notar una violenta corriente de aire, pues el olor a carne achicharrada habia aumentado hasta hacerse insoportable, y a Corinne eso no le agradaba.

Brice apago el soplete. De los pies de Saturne se desprendia un negruzco humor sobre el manchado asiento.

– ?Y si descansamos un minuto? -dijo Jacques.

Y se seco la cara con el dorso de una mano. Raymond se llevo una de las suyas a la boca, pues sentia deseos de cantar.

La mano derecha de Saturne, por su parte, parecia un higo reventado. De lo que habia sido pendian trozos de carne y de tendones.

– Es un tio duro -dijo Raymond.

Y se sobresalto al ver el resto de la mano de Saturne cayendo a plomo sobre el asiento.

No podian sentarse los cinco en el otro, y entonces Raymond salio al pasillo, despues de haber sacado una hoja de papel de lija y una lima del maletin amarillo para pulirse las manos. De tal modo, desde la ventana a la puerta se podia reconocer a Corinne, Garamuche, Jacques y Brice.

– ?Pedazo de grosero! -dijo Jacques.

– No quiere hablar -dijo Garamuche.

– ?Eso lo vamos a ver! -dijo Brice.

– Voy a proponerles otra cosa -dijo Corinne.

II

El tren seguia rodando por la blanca estepa, y se cruzaba con filas de mendigos que regresaban del mercado subterraneo de Goldzine.

Era pleno dia ahora, y Corinne contemplaba el paisaje, que se dio cuenta y se escondio modestamente en una conejera.

A Saturne Lamiel no le quedaba mas que un pie y brazo y medio, pero, como se habia dormido, razonablemente no cabia esperar que hablara.

Goldzine quedo atras. En seguida Khonostrov. Apenas seis verstas.

Brice, Jacques y Raymond se sentian agotados, pero su moral se mantenia alta gracias a tres cordones verdes, uno para cada uno.

La campanilla teologal resono en el pasillo, y Saturne tuvo un sobresalto. Brice solto la aguja y Jacques estuvo a punto de quemarse con la plancha electrica que tenia en la mano. Raymond continuo buscando con dedicacion el emplazamiento exacto del higado, pero el tirachinas de Brice carecia de precision.

Saturne abrio los parpados. Se sento con grandes esfuerzos, pues la falta de la nalga izquierda parecia desequilibrarle, y se subio la manta escocesa a lo largo de su pierna hecha jirones. Los zapatos de los demas chapoteaban en el suelo, y habia sangre en todos los rincones.

Fue entonces, sacudiendo su pelo rubio, cuando Saturne les dedico una agradable sonrisa.

– No soy muy dicharachero, ?verdad? -dijo.

Justo en aquel momento el tren entraba en la estacion de Khonostrov. En ella se apeaban todos.

El cangrejo *

I

Jacques Thejardin estaba en la cama, enfermo. Habia atrapado la peste de los cangrejos tocando su flautin agreste expuesto a una perniciosa corriente de aire. La orquesta de musica de camara de la que formaba parte se avenia, en efecto, puesto que los tiempos eran duros, a prodigarse en un simple pasillo. Pero aunque los musicos conseguian de tal manera sobrevivir a pesar de la mencionada inclemencia de los tiempos, ello no era grave sin riesgo para su salud. Jacques Thejardin no se sentia bien. La cabeza se le habia alargado en un solo sentido, sin que el cerebro hubiera seguido esa tendencia. Asi, poco a poco, y en el vacio que se habia formado, se le fueron introduciendo cuerpos extranos, pensamientos parasitarios y, mas fluido e invasor, un dolor en forma de lentejuelas semejante a acido borico rallado. De cuando en vez, Jacques Thejardin tosia, y entonces los cuerpos extranos se estrellaban violentamente contra la pared de su craneo, subiendo a continuacion con brusquedad a lo largo de su curvatura, al igual que las olas en una banera, para volver a caer sobre si mismos con un crujir de saltamontes despachurrados. Aqui y alla estallaba a veces una burbuja, y menudas proyecciones blanquecinas, pastosas como el mondongo de una arana, constelaban la boveda osea, resultando arrastradas casi inmediatamente despues por los remolinos. Jacques Thejardin acechaba con angustia, despues de cada acceso, el momento en que volveria a toser, y a tales efectos contaba los segundos con ayuda de un reloj de arena graduado que reposaba sobre su mesilla de noche. Le atormentaba tambien la idea de no poder ejercitarse con su flautin, como de costumbre. Sus labios se iban a reblandecer, y sus dedos a desachatar, por lo que seria preciso empezar de nuevo. El flautin agreste exige, en efecto, de sus adeptos una voluntad aterradora, pues es muy dificil aprender a tocarlo, y se olvida muy deprisa lo poco que se aprende. Mentalmente procuraba repasar la cadencia del decimoctavo movimiento sinfonico en bemol llano que estaba estudiando, y los trinos del quincuagesimo sexto y quincuagesimo septimo compases contribuyeron a incrementar su malestar. Como sintiese llegar el acceso, se llevo la mano a la boca para intentar contener por lo menos una parte. Pero aquel termino por subir, se hincho en su traquea, y broto en aparatosos y turbulentos chorros. El rostro de Jacques Thejardin adquirio una tonalidad purpura, y sus ojos se inyectaron en sangre. Se los enjugo con la punta de un panuelo que habia escogido de color rojo para no mancharlo.

II

La escalera se puso a resonar. El pasamanos, montado sobre vastagos metalicos, vibraba como un gong. Se trataba seguramente de la casera, que debia traerle tila. La tila congestiona, a la larga, la prostata, pero Jacques Thejardin no la consumia con frecuencia, por lo que conseguiria librarse, sin duda, de la operacion. Ella no tenia mas que subir un piso. Se trataba de una hermosa y gruesa mujer de treinta y cinco anos cuyo marido, prisionero en Alemania durante meses y meses, se habia colocado como instalador de alambradas de espino tan pronto estuvo de regreso entre los suyos, pues considero llegada la hora de ser el quien encerrase a los demas. Y asi, se dedicaba a construir cercas para vacas por provincias durante toda la jornada, dando muy rara vez senales de vida. Por su parte, ella abrio la puerta sin molestarse en llamar y dedico una gran sonrisa a Jacques. Traia un tarro de mayolica azul, asi como un tazon que deposito sobre la mesilla de noche. Su entreabierta bata se abrio aun mas sobre musgosas nebulosidades cuando se inclino para retocar los almohadones, y Jacques pudo percibir el violento husmo de su barbado misterio. Tuvo que parpadear, pues el aroma le golpeo de frente, y senalo con el

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