dedo el lugar que incriminaba.
– Perdoneme -dijo-, pero…
Presa de un violento acceso, se interrumpio. La casera, sin comprender, se friccionaba el bajo vientre.
– Se trata… de… su cosa -concluyo el.
Para hacerle reir, se agarro ella con ambas manos el objeto que produce regocijo y lo obligo a imitar el ruido de un pato escarbando en el cieno. Pero, no queriendo que Jacques llegara a toser, volvio a cerrar muy pronto la bata. Una languida sonrisa distendio el rostro del muchacho.
– En tiempos normales -explico este para disculparse- eso me gusta bastante. Pero tengo la cabeza tan llena ya de ruidos, sonidos y olores…
– ?Le sirvo tila? -propuso maternal la mujer.
Como hubo de soltarse los faldones para darle de beber, estos se volvieron a separar. Jacques hizo rabiar a la bestezuela con el extremo de la cucharilla, y, de repente, dicho extremo resulto atrapado de golpe. Rio el con tanta fuerza que el pecho se le desgarro. Doblado en dos, ahogandose, ni siquiera podia sentir las palmaditas delicadas y rapidas que la casera le administraba sobre la espalda para que dejara de toser.
– No soy mas que una necia -dijo, recriminandose por haberle hecho reir-. He debido imaginar que no tiene el animo para juegos.
Le devolvio a continuacion la cuchara, y le sostuvo el tazon mientras bebia a pequenos sorbos la tila con sabor a fiera que al mismo tiempo revolvia para que se disolviese bien el azucar. A continuacion le administro dos tabletas de aspirina.
– Gracias -dijo el enfermo-. Ahora, voy a intentar dormir.
– Luego le subire otra tila -dijo la casera, doblando en tres pliegues el tazon y el tarro de mayolica para llevarselos con mas comodidad.
III
Se desperto sobresaltado. La aspirina le habia hecho transpirar. Como, en virtud del principio de Arquimedes, habia perdido un peso igual al del volumen del sudor desalojado, su cuerpo se habia levantado por encima del colchon, arrastrando consigo sabanas y mantas, con lo que la corriente de aire producida de tal modo rizaba la superficie del charco de sudor en el que estaba flotando. Algunas olitas venian a estrellarse contra sus caderas. Tiro entonces del tapon de su colchon, y el sudor se derramo sobre el somier. Su cuerpo fue bajando lentamente y volvio a descansar sobre la sabana, que humeaba como un caballo de vapor. El sudor dejaba un sedimento viscoso, sobre el cual resbalaba en sus esfuerzos por incorporarse y mantenerse erguido en la cama con ayuda del esponjoso almohadon. La cabeza le volvia a vibrar en sordina y se le formaron como piedras de amolar detras del cerebro, que comenzaron a triturar las sustancias que seguian agitandose en el vacio de su craneo. Levanto las manos lentamente y se toco la cabeza con precaucion. Notaba la deformacion. Sus dedos se deslizaron desde el occipucio a los hinchados parietales, palparon la frente, siguieron el abrupto borde de las orbitas llegandose hasta las sienes, y despues regresaron hasta los huesos malares, que cedieron ligeramente bajo la presion. A Jacques Thejardin le hubiera gustado mucho conocer con exactitud la forma de su craneo. Algunos resultan tan bonitos de perfil, tan bien equilibrados, tan rotundos. Durante su enfermedad del ano anterior se habia mandado hacer una radiografia, y todas las mujeres a las que se la habia ensenado se convirtieron facilmente en amantes suyas. Pero ahora el alargamiento que detectaba por detras y la hinchazon de los parietales le inquietaban mucho. El flautin agreste, tal vez… Sus manos regresaron al occipucio y se entretuvieron en la coyuntura del cuello, cuya articulacion giraba sin ruido, pero con cierta dificultad. Con un suspiro de impotencia, dejo que los brazos le volvieran a caer a lo largo del cuerpo y, agitando rapidamente las nalgas de derecha a izquierda, se hizo un confortable huequecito en la costra aun tierna, pero que ya empezaba a endurecerse. No se atrevia a moverse demasiado, pues el sudor, en el somier, se trasvasaba de golpe de izquierda a derecha cuando le daba por apoyarse sobre el brazo derecho, desequilibrando la cama y obligandole a anudarse alrededor de los rinones la amplia cincha de tela oscura que apenas si bastaba para retenerle. Y cuando le daba por apoyarse sobre el otro brazo, la cama se daba la vuelta por completo, y el vecino de abajo golpeaba el techo con el hueso de un jamon, cuyo olor se filtraba a traves de las grietas del piso y le revolvia las tripas a Thejardin. Ademas, no tenia ninguna intencion de vaciar el somier sobre el suelo. El panadero de la esquina le pagaria un buen precio por todo aquel sudor. Despues lo introduciria en botellas etiquetadas «Sudor de Frente», y las gentes lo comprarian para ayudarse a comer el pan, florecido en un 99 por ciento, del Avituallamiento.
«Toso menos», penso.
Su pecho se dejaba ensanchar regularmente y el ruido de sus pulmones se habia hecho casi imperceptible. Extendiendo con precaucion el brazo izquierdo, agarro el flautin, colocado sobre una silla al lado de la cama. Lo acosto junto a si, y despues sus manos volvieron a subir hacia su cabeza, se deslizaron desde el occipucio a los hinchados parietales, palparon la frente y siguieron el abrupto borde de las orbitas.
IV
– Once litros en total -dijo el panadero.
– He perdido algunos -se excuso Thejardin-. El somier no es del todo impermeable.
– Y ademas no es puro -anadio el panadero-. Sera mas justo si consideramos que son diez litros.
– Usted vendera los once en cualquier caso -dijo Jacques.
– Naturalmente -dijo el panadero-. Pero me quedara mala conciencia, y eso debe contar.
– Tengo necesidad de dinero -dijo Jacques-. No toco desde hace tres dias.
– Yo tampoco tengo mucho -dijo el panadero-. Un coche de veintinueve caballos sale caro de mantener, y los criados me arruinan.
– ?Cuanto podria darme? -pregunto Jacques.
– ?Dios mio! -dijo el panadero-. Le ofrezco tres francos por litro, y los once contaran como diez.
– Haga un esfuerzo, por favor -dijo Jacques-. Eso no es nada.
– ?Esta bien! -dijo el panadero-. Llegare a los treinta y tres francos, pero que conste que es una estafa.
– Trato hecho -dijo Jacques.
El panadero saco de su cartera seis billetes de siete francos.
– Devuelvame nueve -dijo.
– No tengo mas que diez -dijo Jacques.
– Me conformo con ellos -dijo el panadero.
Se embolso el dinero, agarro el cubo y se dirigio hacia la puerta.
– Trate de hacer mas -dijo.
– No podre -dijo Jacques-, Ya no tengo fiebre.
– Tanto peor -dijo el panadero, y salio.
Las manos de Jacques volvieron a subir a su cabeza, y comenzo a acariciar de nuevo sus deformados huesos. Trato de sopesar su craneo. Hubiera deseado conocer su peso exacto, pero debia esperar a estar curado por completo, y ademas el cuello se lo impedia.
V
Penosamente, se quito de encima las mantas. Sus delgadas piernas, sinuosas por cinco dias de reposo, se alargaban ante sus ojos. Las considero sin entusiasmo, intento alisarlas con la palma de la mano, y a continuacion, renunciando a hacerlo, se sento en el borde de la cama y se levanto con esfuerzo. A causa de sus piernas precisamente habia menguado unos buenos cinco centimetros. Abombo el torso y las costillas le crujieron. La peste de los cangrejos dejaba huellas. La bata le caia formando largos pliegues flaccidos por encima de sus
