ronco y un ruido de entrechocar de guijarros.
Cuando volvio a salir del tunel, Corinne y Garamuche estaban junto a la ventana, la una frente a la otra. Al lado de Saturne Lamiel aparecia sentado Raymond. Entre el y Corinne quedaba un espacio vacio. Enfrente de Saturno estaban Jacques, Brice y otro lugar vacio. Mas alla, Garamuche.
Sobre las rodillas de Brice podia verse un flamante maletin de cuero amarillo, con anillas niqueladas para sujetar el asa, y marcado con las iniciales de otra persona que tambien se llamaba Brice, pero cuyo apellido se escribia con dos pes.
– ?Va usted a Khonostrov? -pregunto Jacques.
Se dirigia rectamente a Saturno Lamiel. Este ultimo tenia los ojos cerrados y respiraba con parsimonia para no despertarse.
Raymond volvio a colocarse bien las gafas. Se trataba de un hombre grande y fuerte, con gafas aparatosas, la raya a un lado y los cabellos un poco en desorden.
– ?Que hacemos? -dijo.
– Los dedos de los pies -dijo Brice.
Y abrio su maletin de cuero amarillo.
– Habra que quitarle los zapatos -sugirio Corinne.
– Preferiria que le aplicaramos el metodo de los chinos -dijo Garamuche.
Y a continuacion callo y enrojecio, pues todos la miraban con aspecto furioso.
– ?No vuelva a empezar! -dijo Jacques.
– ?Por los clavos de Cristo! ?Que cerda! -dijo Brice.
– Creo que exageran -dijo Corinne.
– ?En que consiste el metodo de los chinos? -pregunto Raymond.
En ese instante si que se produjo un verdadero silencio de muerte, debido sobre todo a que el tren rodaba, en aquellos momentos, sobre el tramo de via de caucho que acababan de construir entre Considermetrov y Smogogolets.
La cosa desperto a Saturne Lamiel. Sus preciosos ojos de color avellana se abrieron ambos a la vez, y tiro un poco para arriba de la manta escocesa, que se le deslizaba rodillas abajo. A continuacion volvio a cerrar los ojos y parecio dormirse de nuevo.
Raymond adquirio una tonalidad escarlata, acompasada por un tremendo ruido de frenos, y no insistio en su pregunta. Garamuche refunfunaba en su rincon mientras comprobaba si llevaba consigo su lapiz de labios, que de manera descuidada hizo salir y entrar dos o tres veces con rapidez de su funda, para que Raymond comprendiese. El se puso mas rojo todavia.
Brice y Jacques se habian inclinado sobre el maletin, y Corinne miraba a Garamuche con desprecio.
– Los pies -dijo Jacques.
– Quitele los zapatos -sugirio a continuacion a Raymond.
Este, feliz al saberse util, se arrodillo junto a Saturne Lamiel, e intento deshacer los nudos de los cordones de los zapatos, cordones que comenzaron a silbar y a retorcerse al verle aproximarse. Al no conseguir su proposito, el les escupio como un gato encolerizado.
– Venga -dijo Brice-, Nos esta haciendo perder tiempo.
– Hago cuanto puedo -dijo Raymond-. Pero no consigo desatarlos.
– Tome -dijo Brice.
Y alargo a Raymond unas pequenas tenazas afiladas y muy brillantes. Raymond corto con ellas el cuero de los zapatos alrededor de los cordones, evitando estropear estos ultimos, que procedio a arrollarse en los dedos una vez terminada la operacion.
– Asi esta bien -dijo Brice-, Solo falta quitarle los zapatos.
Jacques se encargo de ello. Saturne Lamiel seguia durmiendo. Jacques los deposito en la red.
– ?Y si le dejaramos los calcetines? -propuso Corinne-. Conservan el calor y ensucian la herida. Despues, hay mas posibilidades de que se infecte.
– ?Buena idea! -dijo Jacques.
– ?De acuerdo! -dijo Brice.
Raymond se habia vuelto a sentar al lado de Saturne y jugueteaba con los cordones.
Brice saco del maletin amarillo un lindo soplete en miniatura con su correspondiente deposito de combustible, e introdujo gasolina por el agujero. Jacques encendio una cerilla e inflamo la gasolina. Una hermosa llama amarilla, azul y humosa surgio de repente chamuscando las pestanas de Brice, quien se puso a jurar.
Saturne Lamiel abrio los ojos en aquel preciso momento, pero volvio a cerrarlos al instante. Sus aparentes, cuidadas y largas manos descansaban sobre la manta escocesa, y entrecruzadas de una manera tan complicada que a Raymond le dolia la cabeza desde que, cinco minutos antes, habia decidido intentar comprenderlo.
Corinne abrio su bolso y saco un peine. Se peino mirandose al cristal, pues el fondo negro de la noche le permitia verse en el. Fuera, el viento silbaba intensamente, y los lobos galopaban para entrar en calor. El tren adelanto a un viajante que pedaleaba por la arena con todas sus energias. Briskipotolsk no quedaba lejos. La estepa continuaba sin grandes cambios hasta Cornoputchick, situada a dos verstas y media de Branchocharnovnia. Por regla general, nadie era capaz de pronunciar dos nombres de dichas ciudades, por lo que se habia adoptado la costumbre de sustituirlos por Urville, Macon, Le Puy y Sainte-Machine.
El soplete empezo a funcionar con un chisporroteo brutal y Brice dispuso el regulador hasta obtener una corta llama azul. A continuacion paso el instrumento a Raymond y deposito el maletin amarillo en el suelo.
– ?Hacemos un ultimo intento? -propuso Raymond.
– Si -dijo Jacques.
Y se inclino sobre Saturne.
– ?Va usted a Khonostrov?
Saturne abrio un ojo y volvio a cerrarlo.
– ?Que cerdo! -dijo Brice con rabia.
Arrodillandose a su vez delante de Saturne, levanto uno de sus pies, sin fijarse bien en cual.
– Si le queman primero las unas -explico Corinne-, la cosa duele mas y tarda mas tiempo en cicatrizar.
– Dame el soplete -le dijo Brice a Raymond.
Raymond le alargo el soplete, y Brice paseo la llama por la puerta del departamento para ver si calentaba. El barniz empezo a fundirse despidiendo un desagradable olor.
Los calcetines de Saturne olieron todavia peor cuando empezaron a arder a su vez, senal por la que Garamuche reconocio que eran de pura lana. Corinne no miraba, sino que habia abierto un libro. Raymond y Jacques esperaban. Del pie de Saturne brotaba humo, asi como un intenso chisporroteo y un olor a cuerno quemado, y goterones negros empezaron a caer en el suelo. El pie de Saturne se contraia en la sudorosa mano de Brice, quien tenia dificultades para retenerlo. Corinne dejo un instante su libro y bajo un poco el cristal para que saliese el olor.
– Un momento -dijo Jacques-, Intentemoslo otra vez.
– ?Quiere jugar a las cartas? -propuso Raymond con amabilidad, volviendose hacia Saturne.
Saturne se acurruco en su rincon del departamento. Tenia la boca un poco torcida y la frente algo crispada. Consiguio sonreir, no obstante, y cerro los ojos con mas fuerza.
– Inutil -dijo Jacques-. Se niega a hablar.
– ?Pedazo de cerdo! -dijo Brice.
– Es un individuo mal educado -dijo Raymond-. Cuando se encuentran seis personas en un departamento de ferrocarril, lo correcto es hablar.
– O hacer algo divertido -dijo Garamuche.
– ?Cierre el pico de una vez! -dijo Brice-. Ya sabemos lo que le apetece.
– Podria intentarlo con las tenazas -observo Corinne en aquel momento.
Y al levantar su linda cara, sus parpados aletearon como elitros de mariposa.
– En el hueco de las manos podra encontrar interesantes elementos a los que dedicarse.
– ?Dejamos entonces el soplete? -dijo Brice.
– No, no; continuen los dos -dijo Corinne-. ?Que prisa tienen? Khonostrov queda lejos todavia.
– Veran como termina por hablar -dijo Jacques.
– ?Seguro! -dijo Garamuche-. Pero en cualquier caso, es un grosero.
