diminutas. Ahora, sentado a menos de un metro de ella, se daba cuenta de que la vida no le habia tratado tan bien como habia creido hasta entonces. A pesar de ello, las marcas de su rostro lo volvian mas creible, con mas experiencia vital. Su imponente cabellera gris oscuro parecia un casco de acero sobre su cabeza. Un jefe vikingo con ojos de hielo.

– ?Que tal te va de abogada defensora? -le pregunto sonriente por encima del oporto, despues de tres platos mas tarta de queso.

– No me va mal -dijo ella, tratando de no decir ni mucho ni poco.

– ?Tu cliente sigue igual de psicotico?

?Como podia saber el estado de salud en que se encontraba su cliente? La pregunta la abandono tan bruscamente como habia llegado.

– Si. La verdad es que el tipo da lastima. De verdad. Ni siquiera se han iniciado los tramites del juicio, ?esta demasiado loco! Deberia estar ingresado, pero ya sabes como son las cosas… Es frustrante. No puedo hacer gran cosa por el.

– ?Lo visitas?

– Si, la verdad es que si. Todos los viernes. Tengo la impresion de que, en las profundidades de las tinieblas de su cabeza, lo aprecia. Es curioso.

– No, no es nada curioso -dijo Strup agitando levemente la mano para deshacerse del humo del cigarrillo de Karen.

– ?Te molesta? -pregunto ella con tristeza, y apago el Prince a medio fumar.

– No, por Dios -le aseguro el, agarro el paquete, cogio un cigarrillo y se lo ofrecio-. No me molesta en absoluto. -A pesar de ello, Karen rechazo el cigarrillo y se metio el paquete en el bolso-. No es nada raro que aprecie tus visitas. Siempre las aprecian. Debes de ser la unica persona que se pasa por alli. Eso te convierte en un rayo de luz en su existencia, algo que puede esperar con alegria, algo a lo que agarrarse hasta la proxima visita. Por muy psicotico que este, se da cuenta de lo que pasa. ?Habla?

Era una pregunta completamente inocente y natural en ese contexto. Pero eso no impidio que ella se espabilara por completo, a pesar de la calida atmosfera y el agradable mareo provocado por las tres copas de vino.

– No son mas que murmullos sin sentido -le respondio-. Pero sonrie cuando llego. Al menos hace una mueca que me recuerda a una sonrisa.

– Asi que no dice nada -replico Strup con ligereza, y la miro por encima de la copa de oporto-. ?Y sobre que murmura?

A Karen se le tenso la mandibula. La estaban interrogando y no le gustaba. Hasta ese momento habia disfrutado de la comida y se habia sentido bien en compania de un hombre experimentado, inteligente y encantador. Le habia contado anecdotas de los juzgados y del mundillo del deporte, ademas de chistes con triple fondo, y lo habia aderezado todo con una atencion que hubiera halagado a mujeres mas atractivas que Karen Borg. Tambien ella se habia abierto, mas de lo que solia, y le habia confesado sus frustraciones sobre la vida de abogado entre los ricos y hermosos.

Ahora Strup la estaba interrogando. Y no estaba dispuesta a aceptarlo.

– No quiero hablar de un caso en concreto. Y mucho menos de este caso en concreto. Estoy obligada a mantener silencio. Aparte de que me parece que va siendo hora de que me expliques tu llamativa curiosidad.

Habia cruzado los brazos, como hacia siempre que estaba enfadada o se sentia vulnerable. Ahora sentia ambas cosas.

Strup dejo la copa sobre la mesa, cruzo los brazos como si fuera su reflejo masculino en el espejo y la miro fijamente a los ojos.

– Estoy interesado porque intuyo el contorno de algo que me incumbe, como abogado y como persona. Tengo la posibilidad de protegerte contra algo que puede ser peligroso. Dejame que me haga cargo del caso.

Solto los brazos y se inclino hacia ella. Tenia la cara a menos de treinta centimetros de la suya; ella intento, sin querer, echarse un poco hacia atras. No tuvo exito, la cabeza choco con la pared con un pequeno ruido sordo.

– Puedes tomarte esto como una advertencia. O me dejas hacerme cargo del holandes o tendras que asumir las consecuencias. Puedo asegurarte una cosa: no cabe duda de que saldras ganando si te olvidas de este asunto. Probablemente aun no sea demasiado tarde.

En la sala habia empezado a hacer demasiado calor. Karen sintio que el rubor le subia por las mejillas y una leve alergia al vino habia empezado a formar manchas rojas en su cuello. Los aros del sujetador se le clavaban en la piel sudorosa bajo los pechos y de pronto se levanto para escapar de todo aquello.

– Y yo te puedo asegurar una cosa a ti -dijo en voz baja mientras cogia su bolso sin dejar de mirarle-. No pienso renunciar al chico por nada del mundo. El me ha pedido ayuda, y he sido nombrada oficialmente y lo voy a ayudar. Me importan un bledo las amenazas, provengan de delincuentes o de abogados del Tribunal Supremo.

Aunque habia hablado en voz baja, su exabrupto habia llamado la atencion. Los pocos clientes en el otro lado del local estaban callados y miraban con curiosidad a los dos abogados. Ella bajo aun mas el tono de su voz y casi le susurro:

– Muchas gracias por la comida. Estaba muy buena. Cuento con no volver a tener noticias tuyas. Si vuelvo a escuchar una sola palabra de tu boca sobre este caso, te voy a denunciar a la Asociacion de Abogados.

– No soy miembro -sonrio el, y se seco la boca con una gran servilleta blanca.

Karen se dirigio al ropero estampando los pies contra el suelo, se echo el abrigo por encima. Al cabo de menos de dos minutos, estaba de vuelta en casa. Se sentia furiosa.

Cuando se desperto, la noche estaba aun en la pubertad. Los numeros digitales de la radio despertador le arrojaban la hora en rojo airado: 02.11. La respiracion de Nils sonaba lenta y constante, e intercalaba extranos ronquiditos cada cuatro inspiraciones. Intento acompasarse a su ritmo, contagiarse de la calma del hombreton que dormia a su lado, respirar igual que el, obligar a sus pulmones entrecortados a coger el mismo ritmo que los del hombre, pero sus pulmones protestaron hasta provocarle un ligero mareo. Tambien sabia por experiencia que tras el mareo, el sueno solia regresar de su huida nocturna.

Pero esta noche no. El corazon se negaba a frenar y los pulmones chillaban protestando contra la imposicion de otro ritmo. ?Que era lo que habia sonado? No se acordaba, pero sentia tal tristeza e impotencia, ademas de una angustia indefinible, que tenia que haber sido algo fuerte.

Se desplazo con cuidado hacia el borde de la cama, alargo la mano hacia la mesilla y desenchufo el contacto del aparato telefonico antes de salir sigilosamente de la cama, sin despertar a Nils, gracias a incontables noches de entrenamiento. Luego salio de la habitacion, aunque se detuvo en la puerta para coger la bata.

Solo la lamparita sobre la mesa le permitia ver algo en la entrada. Karen agarro el telefono inalambrico y lo levanto con cuidado de la base. Luego se fue apresuradamente hacia lo que ambos llamaban «el despacho», al que se accedia desde el otro lado del salon. La luz estaba encendida. Un monton de libros de psicologia estaban esparcidos por el enorme tablero de pino grueso que pendia de dos columnas cuadradas que bajaban del techo inclinado. Las cuatro paredes estaban cubiertas de estanterias, pero, aun asi, no bastaba, habia varias pilas de libros sobre el suelo. Era la habitacion mas acogedora de la casa y, en un rincon, habia un sillon orejero con una banqueta para los pies y una buena lampara de lectura. Karen se sento.

Se sabia de memoria su numero de telefono, a pesar de que solo lo habia marcado una vez en su vida, hacia poco mas de dos semanas. Aun recordaba su numero de estudiante, despues de haberlo marcado al menos una vez al dia durante seis anos. Por alguna extrana razon, marcar su numero mientras Nils dormia solo tres habitaciones mas alla le parecia mayor traicion que hacer el amor con el en el suelo del salon mientras Nils estaba fuera de la ciudad.

Se quedo sentada mirando fijamente el telefono durante varios minutos, hasta que finalmente sus dedos, practicamente por si solos, escogieron la combinacion correcta de numeros. Tras dos llamadas y media escucho su «hola» medio ahogado.

– Hola, soy yo.

No se le ocurrio nada mas original.

– ?Karen! ?Que pasa?

De pronto parecia completamente despierto.

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