El periodista saco una caja de metal de uno de sus holgados bolsillos, la abrio y, con cuidado, saco los dos moldes de plastilina. Por lo que podia apreciar, los moldes estaban perfectos. Se los enseno a su amigo.
– Pero, bueno, Fredrick, ?has empezado a delinquir? -Habia una insinuacion de seriedad en la voz y anadio-: ?Es una llave numerada? Yo no hago copias de llaves numeradas. Ni siquiera para ti, viejo amigo.
– No, no esta numerada. Lo puedes ver en el molde.
– El molde no me garantiza nada. Que se yo, podrias haber quitado los numeros… Pero me fiare de tu palabra.
– ?Quiere eso decir que me puedes hacer una copia?
– Si, pero me va a llevar un tiempo. Aqui no tengo el equipo que me hace falta. Yo uso llaves hechas, como la mayoria de la gente. Luego las pulo con este ordenador tan majo que tengo. -Acaricio una maquina monstruosa con un monton de botones-. Dentro de una semana puedes pasarte por aqui. Para entonces deberia tenerla lista.
Fredrick Myhreng le dijo que era un angel; estaba ya saliendo por la puerta cuando se dio la vuelta.
– ?Me podrias decir que tipo de llave es?
El hombre vacilo.
– Es pequena. No creo que sea de una puerta grande. ?Quizas de un armario? Tal vez una caja. ?Me lo pensare!
Myhreng volvio al periodico un poco mas animado.
Tal vez el chico entre tinieblas disfrutara de salir a dar una vuelta. Wilhelmsen, al menos, estaba dispuesta a hacer un nuevo intento. La informacion proveniente de la carcel indicaba que estaba algo mejor, cosa que no significaba mucho.
– Quitale las esposas -ordeno, mientras se preguntaba para sus adentros si los policias jovenes no eran capaces de pensar por si mismos.
La figura apatica y escualida que tenia ante ella no hubiera podido hacer gran cosa contra dos fornidos policias. Era dudoso que fuera capaz ni de correr. La camisa le quedaba grande, el cuello que asomaba parecia el de un bosnio apresado por los serbios. Probablemente el pantalon habia sido de su talla en algun momento, pero ahora se mantenia subido gracias a un cinturon al que alguien habia tenido que hacerle un agujero extra, a muchos centimetros de distancia del anterior. Por si fuera poco, el agujero estaba torcido, con lo que el cabo suelto del cinturon se subia hacia un lado, para luego caer por su propio peso, como una ereccion malograda. El hombre iba calzado, aunque sin calcetines. Estaba palido, poco aseado y aparentaba diez anos mas que la ultima vez que lo habia visto. Le ofrecio un cigarrillo y una pastilla para la garganta. Ella se acordaba y el sonrio debilmente.
– ?Que tal estas? -le pregunto con amabilidad, sin esperar en realidad respuesta, y no la obtuvo-. ?Puedo traerte algo? ?Una Coca-Cola? ?Algo de comer?
– Una chocolatina. Stratos.
Tenia la voz debil y agrietada, probablemente apenas habria hablado en las ultimas semanas. La subinspectora pidio tres Stratos por el interfono, y dos cafes. No habia metido papel en la maquina de escribir, ni siquiera estaba encendida.
– ?Tienes algo que puedas contarme?
– Stratos -respondio el calladamente.
Esperaron durante seis minutos. Ninguno de los dos dijo nada. El cafe y la chocolatina los trajo una oficinista, ligeramente molesta por tener que hacer de camarera, aunque se animo con los agradecimientos de la subinspectora.
El holandes que comia chocolate era todo un personaje. Primero desenvolvio la chocolatina con cuidado, siguiendo el borde del pegamento para que no se rompiera el papel, y luego partio la chocolatina siguiendo escrupulosamente las lineas marcadas por la fabrica. A continuacion achato el papel sobre la mesa y separo las piezas dejando un milimetro exacto entre ellas. Finalmente empezo a comerselo siguiendo un esquema definido: comenzo por una esquina, luego cogio el pedazo que quedaba por encima en diagonal, despues el de la siguiente fila en diagonal hacia atras, y asi fue subiendo en zigzag hasta que llego arriba. Entonces empezo desde arriba y fue comiendo hacia abajo, siguiendo el mismo patron, hasta que se acabo la chocolatina. Le llevo cinco minutos. Para acabar lamio el papel hasta que estuvo completamente limpio, lo aliso con los dedos unidos y lo plego minuciosamente.
– En realidad ya he confesado -dijo finalmente.
Hanne pego un respingo, se habia quedado completamente fascinada por el espectaculo de su ingestion.
– No, estrictamente hablando no has confesado, aun -dijo y, sin hacer movimientos demasiado bruscos, saco el papel que habia preparado con los datos personales obligatorios en la esquina superior de la derecha-. No es necesario que confieses -dijo con calma-. Ademas tienes derecho a que este aqui tu abogado. -Con eso habia cumplido las reglas y le parecio intuir una sonrisa en la boca del joven cuando menciono a la abogada, una sonrisa buena-. A ti te gusta Karen Borg -constato con amabilidad.
– Es buena.
El holandes habia empezado a comerse la segunda chocolatina, siguiendo el mismo esquema que con la primera…
– ?Te gustaria que ella estuviera ahora aqui o te parece bien que tu y yo tengamos una charla solos?
– Me parece bien.
No estaba del todo segura de si se referia a la primera alternativa o a la segunda, pero lo interpreto a su favor.
– Asi que fuiste tu quien mato a Ludvig Sandersen.
– Si-dijo, aunque estaba mas pendiente de la chocolatina que de la conversacion. Se le habia movido un pedazo y el dibujo estaba alterado, era evidente que eso lo inquietaba.
Hanne suspiro y penso para sus adentros que aquel interrogatorio iba a tener menos valor que el papel sobre el que lo iba a escribir; aun asi merecia la pena intentarlo.
– ?Por que lo hiciste, Han? -El ni siquiera la miro-. ?No quieres contarme por que? -Siguio sin haber respuesta, la chocolatina estaba a medias-. ?Hay alguna otra cosa que me quieras contar?
– Roger -dijo, con voz alta y clara, y con la mirada lucida durante una milesima de segundo.
– ?Roger? ?Fue Roger quien te pidio que lo mataras?
– Roger.
Estaba a punto de volver a desaparecer en si mismo, la voz volvia a parecer la de un anciano. O la de un nino.
– ?Se llama algo mas aparte de Roger?
Se habia roto la comunicacion. La mirada distante habia reaparecido. La policia llamo a los dos hombres fornidos, ordeno que no lo esposaran y le dio al holandes la ultima chocolatina, para la merienda. El se puso muy contento y se fue con una sonrisa.
La nota con su numero colgaba en el corcho. Respondieron enseguida al telefono y ella se presento. Karen sonaba amable, pero sorprendida. Hablaron durante varios minutos antes de que Hanne fuera al grano.
– No tienes por que contestar a esto, pero, de todos modos, te lo pregunto: ?Han van der Kerch te ha mencionado alguna vez el nombre de Roger?
Habia dado en el blanco. La abogada se quedo completamente callada. Hanne tampoco dijo nada.
– Todo lo que se es que anda por Sagene. Prueba alli. Creo que debes buscar a un vendedor de coches. No deberia decirte esto. No te lo he dicho.
Hanne le aseguro que nunca lo habia oido, le dio las gracias efusivamente, corto la conversacion y marco un numero de tres cifras en el telefono.
– ?Esta Billy T.?
– Hoy tiene el dia libre, pero se va a pasar por aqui, creo.
– ?Cuando venga pidele que se ponga en contacto con Hanne en la once!
– ???Esta bien!!!
La atmosfera al otro lado de la ventanilla del coche tenia el aspecto de airados garabatos a lapiz y el aguanieve se adheria al cristal a pesar de los intensos esfuerzos del limpiaparabrisas. Habia sido un otono extrano, el frio intenso se habia alternado con la nieve, la lluvia y hasta ochos grados centigrados. Pero ahora el termometro se habia aferrado a algun punto por la mitad del arbol, y desde hacia varios dias la temperatura se
