– ?Conoces a un tipo que vende coches en Sagene?

Se arrepintio inmediatamente. Deberia haber sido mas astuta, haberle puesto una trampa mas sutil. Esto no tenia nada de trampa. ?Novata! ?Estaba perdiendo la capacidad de hacer su trabajo? ?Le habria privado la conmocion cerebral de la astucia de la que tanto se enorgullecia? La metedura de pata hizo que empezara a mordisquearse una una. El abogado se tomo el tiempo que necesitaba. Se lo penso muy bien, evidentemente mas de lo necesario.

– La verdad es que no tengo por costumbre revelar el nombre de mis clientes, pero ya que me lo preguntais: un viejo cliente mio se llama Roger, lleva una pequena tienda de coches, y si, puede que sea en Sagene. Yo no he estado nunca. Preferiria no decir nada mas. La discrecion, ya sabeis. En esta profesion hay que ser discreto; si no, te quedas sin clientes.

Cruzo las piernas y enlazo las manos alrededor de las rodillas. La victoria era suya, eso lo sabian todos.

– Es curioso que tenga tu numero de telefono guardado en codigo. -Hanne probo suerte, pero no la tuvo.

El abogado Lavik insinuo una sonrisa.

– Si tuvieras idea de lo paranoica que es la gente, no te sorprenderia en absoluto. Tuve un cliente que insistia en revisar mi despacho con un detector de aparatos de escucha cada vez que teniamos una reunion. ?Le estaba ayudando a hacer un contrato de alquiler! ?Un contrato de alquiler!

Su risa fue contundente y sonora, pero nada contagiosa. Wilhelmsen no tenia mas preguntas, y no habia nada apuntado en sus papeles. Capitulo. El abogado Lavik se podia ir. Sin embargo, en el momento en que se estaba poniendo el abrigo, la subinspectora se levanto de pronto y se coloco a treinta centimetros de la cara del abogado.

– Se que tienes trapos sucios, Lavik. Y tu sabes que yo lo se. Eres lo bastante buen abogado como para saber que en la Policia sabemos mucho mas de lo que podemos utilizar, pero te voy a prometer una cosa: voy a estar encima de ti. Todavia tenemos nuestras fuentes, nuestra informacion y nuestros datos ocultos. Tenemos a Han van der Kerch en la carcel. Ya sabes que ahora no esta diciendo gran cosa, pero tiene una abogada con la que ha hablado, una abogada con un calibre etico completamente distinto al de un chupatintas como tu. No tienes ni idea de lo que sabe ella, y no te puedes ni imaginar lo que nos ha contado a nosotros. Vas a tener que vivir con eso. Mira por encima del hombro, Lavik, porque voy detras de ti.

El hombre se habia puesto de color rojo oscuro, con manchas blancas en torno a la nariz. No habia retrocedido ni un centimetro de la cara de la subinspectora, pero sus ojos daban la impresion de haber desaparecido en el fondo de su cabeza cuando le chillo de vuelta:

– Eso son amenazas, agente. Son amenazas. Voy a presentar una queja por escrito. ?Hoy mismo!

– Yo no soy agente de policia, Lavik, soy subinspectora. Una subinspectora que se te va a pegar a la chepa hasta que te derrumbes. Y adelante, quejate.

El abogado estuvo a punto de escupirle a la cara, pero se controlo y salio dando un portazo y sin decir una palabra mas. Las vibraciones rebotaron entre las paredes durante varios segundos. Hakon estaba con la boca abierta y no se atrevia a decir una palabra.

– ?Con esa expresion pareces tonto!

El hombre se sobrepuso y cerro la boca de golpe.

– ?Que sentido ha tenido eso? ?Tienes pensado poner en peligro la vida de Karen? ?Va a presentar una queja!

– Pues que la presente. -A pesar de haber estado considerablemente torpe, parecia contenta-. Le he metido el miedo en el cuerpo, Hakon. Y la gente con miedo mete la pata. No me extranaria que a tu amiga Karen Borg le saliera aun otro abogado criminalista entre sus novios. Si Lavik lo hiciera, estaria cometiendo un gran error.

– Pero ?y si le hacen algo?

– No van a hacerle dano a Karen Borg. Tan tontos no son.

Por un segundo sintio una duda aterradora, pero la descarto inmediatamente. Se restrego una de las sienes y se bebio el resto del cafe. Del cajon superior de su escritorio saco un panuelo y una bolsa de plastico. Con mucho cuidado, cogio por el asa la taza de la que el abogado Lavik apenas habia bebido unos sorbos.

– Tenia agarrada toda la taza -dijo con tono de satisfaccion-. Merece la pena tener el despacho un poco fresco. Supongo que se queria calentar las manos. -La taza desaparecio dentro de la bolsa y el panuelo volvio al cajon-. ?Tienes algo que preguntarme?

– No te mereces la fama que tienes. Esa no es la manera en que tomamos huellas dactilares.

– Paragrafo 160 del Codigo Penal -le replico como una empollona-. No necesito una orden judicial para cogerle las huellas dactilares, si es sospechoso en un caso penal. Yo sospecho de el, y tu tambien. Asi que estamos cumpliendo la ley.

Sand nego con la cabeza.

– Esa es la interpretacion mas libre de la ley que he escuchado nunca. El tipo tiene derecho a saber que tenemos sus huellas dactilares. ?Tiene incluso derecho a saber que las hemos borrado una vez que deje de ser sospechoso!

– Eso no va a pasar nunca -dijo ella segura de si misma-. ?Ponte a trabajar!

Se habian olvidado del cinturon. Pero si no le dejaban tener nada, ?por que se les habia olvidado el cinturon? Al levantarse para ir al interrogatorio con la policia de la chocolatina, el pantalon se le habia caido. Habia intentado sujetarselo por delante, pero cuando le pusieron las esposas, se le caia constantemente. Los dos hombres rubios habian mandado al vigilante del pasillo por su cinturon y habian empleado unas tijeras para hacerle un agujero extra. Habia sido todo un detalle, pero ?por que no se lo habian vuelto a llevar? Tenia que ser un error. Por eso se lo habia vuelto a quitar, y esa noche lo habia dejado debajo del colchon. Se habia despertado varias veces para comprobar que aun seguia alli. Y no lo habia sonado.

Se convirtio en su pequeno tesoro. Durante mas de veinticuatro horas, el holandes se sintio feliz con su cinturon secreto. Se trataba de algo que los demas no sabian que tenia, de algo que estaba en su poder, pero que no debia estarlo. Era como si le proporcionara cierta ventaja sobre ellos. Dos veces en aquel dia, justo despues de que el guardia lo controlara a traves de la mirilla, se lo habia puesto a toda prisa, saltandose un par de enganches del pantalon por lo apresurado que iba, y habia dado unos paseos por la celda con los pantalones en su sitio y una gran sonrisa en la boca. Pero solo durante algunos minutos, luego se quitaba el cinturon y lo volvia a meter debajo del colchon.

Intento hojear las revistas que le habian dado. Nosotros los Hombres. Se sentia fuerte, pero aun asi no conseguia concentrarse, no dejaba de pensar en lo que iba a hacer. Pero antes tenia que escribir una carta. No le llevo mucho tiempo. ?Tal vez ella se alegrara? Era una buena mujer, y tenia buenas manos. Las dos ultimas veces que lo habia visitado, habia fingido quedarse dormido. Le resultaba muy placentero, que le acariciaran la espalda, que lo tocaran.

La carta estaba lista. Cogio la banqueta del escritorio y la coloco debajo de la ventana que estaba en lo alto de la pared. Se estiro y consiguio enganchar el cinturon a las rejas. Hizo un nudo con la esperanza de que aguantara; antes habia introducido el cabo del cinturon por la hebilla, de manera que formaba un lazo. Un buen lazo. Fue facil introducir la cabeza.

Lo ultimo en lo que penso fue en su madre en Holanda. Durante un nanosegundo se arrepintio, pero era ya demasiado tarde. La banqueta ya se estaba moviendo bajo sus pies y el cinturon se tenso como un rayo. Durante cinco segundos, alcanzo a constatar que no se le habia partido el cuello. Luego todo se volvio negro, en el momento en que la sangre, que entraba a raudales en la cabeza a traves de las arterias del cuello, vio obstaculizado su regreso hacia el corazon por el cinturon que le comprimia la garganta. Al cabo de poco minutos, la lengua asomo por su boca, grande y azul, y los ojos parecian los de un pez fuera del agua. Han van der Kerch habia muerto con solo veintitres anos.

Viernes, 13 de noviembre

Billy T. lo habia llamado un bloque de pisos, pero el lugar no merecia tal denominacion. El edificio tenia que tener la peor ubicacion de toda Oslo, estaba aprisionado entre la calle Moss y la de Ekeberg. Fue construido alrededor de 1890, mucho antes de que nadie se imaginara el monstruoso trafico que acabaria destruyendo el

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