– No tengo la menor idea. Solo estudie frances en el colegio.
Entonces vio Pitt que la mayoria de los hombres de uniforme eran altos oficiales sovieticos. Solo uno parecia ser cubano.
Jessie estaba en su elemento. A Pitt le parecio majestuosa, incluso con su vestido de safari hecho jirones.
– Alguno de ustedes, caballeros, ?quiere ofrecerle una silla a una dama? -pregunto ella.
Antes de que recibiese respuesta, diez hombres con metralletas rusas entraron en la habitacion y les rodearon, impavidos como esfinges y apuntando con sus armas a los cuatro. Tenian los ojos helados y los labios apretados. Pitt se dio perfecta cuenta de que habian sido adiestrados para matar cuando se lo ordenasen.
Giordino, parecia un hombre atropellado por un camion de basura, se irguio fatigosamente en toda su estatura y miro atras.
– ?Viste alguna vez tantas caras sonrientes? -pregunto con naturalidad.
– No -dijo Pitt, iniciando una malevola sonrisa-. No desde Little Big Horn.
Jessie no les oyo. Como en trance, se abrio paso entre los guardias y se detuvo cerca de la cabecera de la mesa, mirando a un hombre alto y de cabellos grises, vestido de etiqueta, que la miro a su vez con asombro e incredulidad.
Ella se echo atras los mojados y revueltos cabellos y adopto una sofisticada actitud felina. Despues, dijo en voz suave y autoritaria.
– Por favor, Raymond, sirve a tu esposa un vaso de vino.
25
Hagen viajo veinticinco kilometros al este de Colorado Springs por la Autopista 94, hasta Enoch Road. Entonces torcio a la derecha y llego a la entrada principal del Centro Unificado de Operaciones Espaciales.
Habia costado dos mil millones de dolares, ocupaba una superficie de doscientas cincuenta hectareas y el personal se componia de cinco mil hombres, entre militares y paisanos. Controlaba todos los vuelos de vehiculos y transbordadores espaciales, asi como los programas de escucha de satelites. Toda una comunidad aeroespacial crecia alrededor del Centro, cubriendo cientos de hectareas con zonas residenciales, instalaciones cientificas e industriales, plantas manufactureras y de alta tecnologia, y pistas de prueba para la Fuerza Aerea. En menos de diez anos, la que habia sido una tierra de pastos, habitada por pequenas manadas de ganado, se habia convertido en la «Capital Espacial del Mundo».
Hagen mostro su tarjeta de identificacion de seguridad, condujo hacia el aparcamiento y se detuvo delante de una entrada lateral del enorme edificio. No se apeo del coche, sino que abrio su cartera y saco su gastado bloc de notas. Lo abrio por una pagina donde habia tres nombres y anadio un cuarto.
Raymond LeBaron…Paradero desconocido.
Leonard Hudson…idem.
Gunnar Eriksen…idem.
General Clark Fisher…Colorado Springs.
La llamada de Hagen al Drake Hotel, desde el laboratorio Pattenden, habia alertado a su viejo amigo del FBI, que habia localizado el numero de Anson Jones como el de un telefono secreto de la residencia de un oficial de la Base Peterson de la Fuerza Aerea, en las afueras de Colorado Springs. La casa estaba ocupada por el general de cuatro estrellas Clark Fisher, jefe del Mando Espacial Militar Conjunto.
Haciendose pasar por inspector de la campana contra insectos nocivos, Hagen habia podido recorrer la casa con permiso de la esposa del general. Afortunadamente para el, esta lo considero como llovido del cielo para poder quejarse de un ejercito de aranas que habian invadido su vivienda. El la escucho atentamente y le prometio combatir los insectos con todas las armas de que disponia. Despues, mientras ella trajinaba con la cocinera, probando una nueva receta de gambas salteadas con albaricoques, Hagen registro el despacho del general.
Su busqueda revelo solamente que Fisher daba mucha importancia a la seguridad. Hagen no encontro nada en los cajones, los archivos o lugares ocultos que pudiesen resultar interesantes para un agente sovietico o para el mismo. Decidio esperar a que el general diese por terminada su jornada de trabajo y registrar entonces su despacho en el Centro Espacial. AI salir por la puerta de atras, la senora Fisher estaba hablando por telefono y se limito a despedirle con un ademan. Hagen se detuvo un momento y oyo que le decia al general que, cuando volviese a casa, hiciese una parada para comprar una botella de jerez.
Hagen guardo el bloc en la cartera y saco de esta una lata de Coca Cola sin calorias y un grueso bocadillo de salame con pepinillos cortados, envuelto en un papel encerado y con el nombre del establecimiento impreso en ambos lados. La temperatura de Colorado habia refrescado considerablemente despues de ponerse el sol detras de las montanas Rocosas. La sombra de Pike's Peak se extendio sobre los llanos, cubriendo con su oscuro velo el paisaje.
Hagen no advirtio la belleza escenica que se desplegaba ante el a traves del parabrisas. Le inquietaba demasiado el hecho de no tener un firme control sobre ningun miembro del «circulo privado». Tres de los nombres de su lista permanecian ocultos, Dios sabia donde, y al cuarto debia considerarlo inocente mientras no se probase lo contrario. Solamente un numero de telefono y su instinto le hacian sospechar que Fisher intervenia en la conspiracion de Jersey Colony. Tenia que estar absolutamente seguro, y, mas importante aun, necesitaba desesperadamente una pista que le condujese al hombre siguiente.
Hagen interrumpio sus reflexiones al fijar la mirada en el espejo retrovisor. Un hombre con uniforme azul de oficial salia por la puerta lateral, que mantenia abierta un sargento de cinco galones, o comoquiera que llamase la Fuerza Aerea a sus suboficiales en aquellos dias. El oficial era alto, de constitucion atletica, llevaba cuatro estrellas en las hombreras y era muy apuesto, al estilo Gregory Peck. El sargento le acompano hasta un coche azul de la Fuerza Aerea y abrio rapidamente la portezuela de atras.
Algo en aquella escena disparo un resorte en la mano de Hagen. Se irguio en su asiento y se volvio para mirar osadamente por la ventanilla. Fisher se estaba inclinando para entrar en la parte de atras de su automovil y sostenia una cartera. Era esto lo que le habia llamado la atencion. No sostenia la cartera por el asa como hubiese parecido normal. Fisher la agarraba como una pelota de rugby, debajo del brazo y contra el costado del pecho.
Hagen no tuvo reparo en cambiar el plan que habia proyectado cuidadosamente. Improviso en el acto, olvidando rapidamente el registro del despacho de Fisher. Si su subita inspiracion no daba resultado, siempre podria volver atras. Puso en marcha el motor y cruzo la zona de aparcamiento detras del coche del general.
El chofer de Fisher llego a la encrucijada y giro hacia la Autopista 94 con el semaforo en ambar. Hagen se detuvo, hasta que menguo el trafico. Entonces cruzo en rojo y acelero hasta acercarse lo bastante al automovil azul de la Fuerza Aerea como para distinguir la cara del chofer a traves del espejo retrovisor. Mantuvo esta posicion, para ver si se producia algun contacto visual. No se produjo ninguno. El sargento no era receloso y no comprobaba si le seguian. Hagen presumio con razon que aquel hombre no habia sido instruido sobre tacticas defensivas contra un posible ataque terrorista.
Despues de una ligera curva de la autopista, aparecieron las luces de un centro comercial. Hagen miro su velocimetro. El sargento viajaba a cinco millas por debajo de la velocidad maxima autorizada. Hagen cambio de carril y lo adelanto. Acelero ligeramente y despues redujo la marcha para
