Hagen asintio con la cabeza.
– Seria una tonteria quedarnos aqui.
– ?Quiere darme el punto de destino?
Hubo una breve pausa mientras Hagen miraba sus notas escritas a mano en el bloc. Decidio dejar a Hudson para el final. Ademas, Eriksen, Hudson y Daniel Klein o quienquiera que fuese, todos tenian el mismo prefijo en el telefono. Reconocio el prefijo detras del nombre de Clyde Ward y se decidio por este, simplemente porque se hallaba a solo unos pocos cientos de millas al sur de Colorado Springs.
– Albuquerque -dijo al fin.
– Si, senor -respondio el piloto-. Si se abrocha el cinturon, despegaremos dentro de cinco minutos.
En cuanto hubo desaparecido el piloto en la cabina de mandos, Hagen se quito los shorts y se tumbo en una blanda litera. Estaba profundamente dormido antes de que las ruedas del avion se elevasen de la pista cubierta de nieve.
26
El miedo que inspiraba Dan Fawcett, jefe de personal del presidente, dentro de la Casa Blanca, era enorme. La suya era una de las posiciones de mas poder en Washington. Era el guardian del sanctasanctorum. Virtualmente, todos los documentos o memorandums enviados al presidente pasaban por sus manos. Y nadie, ni siquiera los miembros del Gabinete y los lideres del Congreso, podia entrar en el Salon Oval sin la aprobacion de Fawcett.
Nunca habia nadie, fuese de rango inferior o superior, que se negase a aceptar un no como respuesta. Por consiguiente, no supo como reaccionar al mirar desde su mesa los ojos ardientes de indignacion del almirante Sandecker. Fawcett no recordaba haber visto a un hombre tan encolerizado y tuvo la impresion de que el almirante estaba poniendo en juego todo su sentido de la disciplina para dominar su ira.
– Lo siento, almirante -dijo Fawcett-, pero la agenda del presidente esta llena. No tengo manera de hacerle pasar.
– Lo hara -dijo Sandecker con labios apretados.
– Es imposible -replico Fawcett con firmeza.
Sandecker apoyo lenta y sacrilegamente los brazos y las manos sobre los papeles desparramados en la mesa de Fawcett y se inclino hasta que solo unos centimetros separaron sus narices.
– Digale a ese hijo de perra -gruno- que acaba de matar a tres de mis mejores amigos. Y a menos que me de una buena razon de por que lo ha hecho, voy a salir de aqui, celebrar una conferencia de prensa y revelar tantos secretos sucios que su preciosa administracion quedara marcada durante el resto de su mandato. ?Lo comprende, Dan?
Fawcett permanecio sentado, sin que su colera reciente pudiera dominar su espanto.
– Con ello solo destruiria su carrera. ?Que ganaria?
– Creo que no me ha entendido. Se lo repetire. El presidente es responsable de la muerte de tres de mis mas queridos amigos. Usted conoce a uno de ellos. Se llama Dirk Pitt. De no haber sido por Pitt, el presidente estaria descansando en el fondo del mar en vez de estar sentado en la Casa Blanca. Ahora quiero saber por que ha tenido que morir Pitt. Y si me cuesta mi carrera como jefe de la AMSN, es problema mio.
La cara de Sandecker estaba tan cerca de la de Fawcett que este habria jurado que la barba roja del almirante tenia vida propia.
– ?Ha muerto Pitt? -dijo tontamente-. No lo sabia…
– Digale al presidente que estoy aqui -le interrumpio Sandecker, en tono acerado-. Me recibira.
La noticia habia sido tan inesperada que Dan Fawcett estaba desconcertado.
– Informare al presidente de lo de Pitt -dijo, hablando muy despacio.
– No hace falta. Se que lo sabe. Tenemos las mismas fuentes de informacion.
– Necesito tiempo para averiguar lo que ha ocurrido -dijo Fawcett.
– No tiene tiempo -dijo friamente Sandecker-. La ley sobre energia nuclear que propone el presidente tiene que ser votada manana por el Senado. Imaginese lo que podria ocurrir si se informase al senador George Pitt que el presidente ha tenido que ver con el asesinato de su hijo. No hace falta que le describa lo que pasara cuando el senador deje de apoyar la politica presidencial y empiece a oponerse a ella.
Fawcett era lo bastante listo para reconocer desde lejos una emboscada. Se echo atras en su sillon, cruzo las manos y las contemplo durante unos momentos. Despues se levanto y se dirigio al pasillo.
– Venga conmigo, almirante. El presidente esta reunido con el secretario de Defensa, Jess Simmons. Pero deben de estar a punto de terminar.
Sandecker espero fuera del Salon Oval, mientras Fawcett entraba, pedia disculpas y murmuraba unas palabras al presidente. Dos minutos mas tarde, salio Jess Simmons y cambio un saludo amistoso con el almirante; Fawcett salio detras de el e hizo una sena a Sandecker para que entrase.
El presidente salio de detras de su mesa y estrecho la mano de Sandecker. Su rostro era inexpresivo; su actitud, natural y tranquila, y sus ojos inteligentes se fijaron en la mirada ardiente de su visitante.
Se volvio Fawcett.
– Disculpenos, Dan. Quisiera hablar a solas con el almirante Sandecker.
Fawcett salio sin decir palabra y cerro la puerta a su espalda.
El presidente senalo un sillon y sonrio.
– ?Por que no nos sentamos y descansamos un poco?
– Prefiero estar de pie -dijo secamente Sandecker.
– Como usted guste. -El presidente se sento en un mullido sillon y cruzo las piernas-. Siento lo de Pitt y los demas -dijo, sin preambulos-. Nadie queria que esto sucediese.
– ?Puedo preguntar, respetuosamente, que diablos esta pasando?
– Digame una cosa, almirante. ?Me creeria si le dijese que, cuando pedi su colaboracion para enviar una tripulacion en el dirigible, pretendia algo mas que la simple busqueda de una persona desaparecida?
– Solo si hubiese una razon solida para confirmarlo.
– ?Y creeria tambien que, ademas de buscar a su marido, la senora LeBaron formaba parte de un complicado plan para establecer una linea directa de comunicacion entre Fidel Castro y yo?
Sandecker miro fijamente al presidente, dominando momentaneamente su colera. Al almirante no le impresionaba en absoluto el jefe de la nacion. Habia visto llegar y marcharse a demasiados presidentes, y conocido bien sus flaquezas humanas. No habria colocado a ninguno de ellos sobre un pedestal.
