Debe de haber llegado el momento de observar al mono, murmuro para si. No se molesto en buscar la lente de la camara de video en las paredes. Estaba seguro de que se hallaba oculta en alguna parte de la habitacion, registrando sus acciones. Resolvio provocar una reaccion, se tambaleo un momento como si estuviese borracho, puso los ojos en blanco y se derrumbo sobre la alfombra.
Al cabo de quince segundos, se abrio una puerta secreta, cuyos bordes coincidian perfectamente con lineas de latitud y longitud del mapa gigantesco de la pared, y entro en la habitacion un hombre bajito que vestia un elegante uniforme sovietico cortado a la medida. Se arrodillo y miro los ojos entreabiertos de Pitt.
– ?Puede oirme? -pregunto en ingles.
– Si -murmuro Pitt.
El ruso se dirigio a una mesa y vertio algo de una botella de cristal en un vaso haciendo juego. Volvio y levanto la cabeza de Pitt.
– Beba esto -le ordeno.
– ?Que es?
– Conac Courvoisier, seco y fuerte -le respondio el oficial ruso, con perfecto acento americano-. Es bueno para su dolencia.
– Prefiero el Remy Martin, mas suave y aromatico -dijo Pitt, levantando el vaso-. A su salud.
Sorbio el conac hasta que no quedo nada en el vaso; entonces se puso en pie, busco un sillon y se sento.
El oficial sonrio, divertido.
– Parece haberse recobrado muy pronto, senor…
– Snodgrass, Elmer Snodgrass, de Moline, Illinois.
– Un bonito nombre del Medio Oeste -dijo el ruso, sentandose detras de la mesa-. Yo soy Peter Velikov.
– El general Velikov, si la memoria de las insignias militares rusas no me engana.
– No le engana -reconocio Velikov-. ?Quiere otro conac?
Pitt sacudio la cabeza y estudio al hombre sentado al otro lado de la mesa. Calculo que no mediria mas de un metro setenta de estatura, que pesaria unos sesenta y cinco kilos y que tendria menos de cincuenta anos. Tenia un aire amistoso y tranquilizador, pero Pitt percibio una frialdad disimulada. Sus cabellos cortos eran negros, con solo un toque de gris en las patillas, y tenia entradas sobre la frente. Sus ojos eran tan azules como un lago alpino, y la cara de piel blanca parecia esculpida mas al estilo clasico romano que al eslavo. Vistele con una toga y pon en su cabeza una corona de laurel, penso Pitt, y Velikov podria servir de modelo para un busto en marmol de Julio Cesar.
– Espero no molestarle si le hago unas pocas preguntas -dijo cortesmente Velikov.
– En absoluto. No tengo citas urgentes para el resto del dia. Mi tiempo es suyo.
Una expresion helada se manifesto un instante en los ojos de Velikov, pero se desvanecio rapidamente.
– Supongamos que me dice como ha llegado a Cayo Santa Maria.
Pitt extendio las manos en ademan de impotencia.
– No quiero hacerle perder tiempo. Sera mejor que confiese. Soy presidente de la CIA. Mi consejo de direccion y yo pensamos que seria una buena propaganda alquilar un dirigible y arrojar cupones para papel higienico en toda Cuba. Tengo entendido que aqui escasea mucho. Desgraciadamente, los cubanos no comprendieron nuestra estratagema de mercado y nos derribaron.
El general dirigio una mirada tolerante pero irritada a Pitt. Se calo unas gafas y abrio una carpeta sobre su mesa.
– Veo por su historial, senor Pitt…, Dirk Pitt, si no lo leo mal…, que es usted una persona muy ingeniosa.
– ?Dice tambien que soy un embustero patologico?
– No; pero creo que tiene usted una historia fascinante. Es una lastima que no este de nuestra parte.
– Vamos, general, ?que posibilidades podria tener un no conformista en Moscu?
– Temo que muy pocas.
– Le felicito por su sinceridad.
– ?Por que no me dice la verdad?
– Solo si esta dispuesto a creerla.
– ?Quiere decir que no podria?
– No, si comparte la mania comunista de ver un complot de la CIA a cada paso.
– Parece que no tiene en mucha estima a la Union Sovietica.
– Digame una sola cosa que haya hecho su gente en los ultimos setenta anos que haya merecido el aplauso de la humanidad. Lo mas desconcertante es como no se han dado cuenta nunca los rusos de que son el hazmerreir del mundo. Su imperio es la broma mas patetica de la Historia. El siglo veintiuno esta a la vuelta de la esquina y su Gobierno actua como si nunca hubiese dado un paso adelante desde los anos treinta.
Velikov no parpadeo siquiera, pero Pitt observo que su cara se ponia ligeramente colorada. Saltaba a la vista que el general no estaba acostumbrado a recibir lecciones de un hombre al que consideraba como un enemigo del Estado. Estudio a Pitt con la inconfundible mirada de un juez que tuviese la vida de un asesino convicto en la balanza. Despues, su expresion se hizo reflexiva.
– Hare que sus comentarios lleguen a conocimiento del Politburo -dijo secamente-. Y ahora, si ha terminado su discurso, senor Pitt, me gustaria saber como llegaron hasta aqui.
Pitt senalo con ia cabeza la botella.
– Creo que ahora tomaria ese conac.
– Sirvase usted mismo.
Pitt lleno su vaso hasta la mitad y volvio al sillon.
– Lo que voy a contarle es la pura verdad. Quiero que comprenda que no tengo motivos para mentir. Que yo sepa, no estoy en modo alguno involucrado en ninguna mision secreta de mi Gobierno. ?Me comprende hasta ahora, general?
– Si.
– ?Esta funcionando su magnetofono oculto?
– Si.
Entonces Pitt explico, con todo detalle, su descubrimiento del dirigible incontrolado, su encuentro con Jessie LeBaron en el despacho del almirante Sandecker, el ultimo vuelo del
Velikov no levanto la mirada cuando Pitt dejo de hablar,
Hojeo el legajo sin cambiar en absoluto de expresion. El general actuaba como si su mente se hallase a anos luz de distancia y no hubiese oido una palabra.
Pitt podia jugar tambien al mismo juego. Asio su vaso de conac y se levanto del sillon. Tomando un numero del
– Deben tener un sistema de correo muy eficaz -dijo.
– ?Perdon?
– Digo que sus periodicos hace solo unas horas que han salido a la
