Pitt revolvio con una cuchara un plato de maloliente pescado cocido y lo rehuso, mas interesado en ver como se cerraba la puerta que en comer una bazofia que sabia que era el primer paso de un plan psicologico para debilitar sus defensas mentales. El guardia salio y cerro la puerta de hierro. Pitt aguzo el oido y capto un solo y decisivo chasquido despues del golpe.

Se arrodillo y examino de cerca la rendija entre la puerta y el marco. No tenia mas de medio centimetro. Despues registro la celda, buscando un objeto lo bastante delgado para poder deslizado en la cerradura y descorrer el pestillo.

El catre que soportaba el colchon de plumas era de madera ensamblada. No habia en el nada metalico ni delgado y duro. Los grifos y los canos del lavabo eran de ceramica y las tuberias de debajo de este y del retrete no tenian nada que pudiese moldear con las manos. Tuvo mas suerte con el armario. Una de las charnelas le serviria, pero no podia sacar la espiga con las unas.

Estaba reflexionando sobre este problema cuando se abrio la puerta y el guardia se planto en el umbral. Durante un momento, recorrio cautelosamente la celda con la mirada. Despues, bruscamente, hizo un ademan a Pitt de que saliese, le condujo por un laberinto de grises pasillos de hormigon y se detuvo al fin delante de una puerta marcada con el numero 6.

Pitt fue introducido bruscamente en una pequena habitacion que parecia una caja y en la que flotaba un olor nauseabundo. El suelo era de cemento y habia un sumidero en el centro. Las paredes estaban pintadas de un color rojo ominoso que casaba con las manchas que las salpicaban. La unica iluminacion procedia de una triste bombilla amarilla que pendia del techo por un cordon. Era la habitacion mas deprimente que jamas hubiese visto.

El unico mueble era una silla de madera mellada. Pero Pitt centro su atencion en el hombre que estaba sentado en ella. Los ojos de este, que le miraron a su vez, eran tan inexpresivos como cubitos de hielo. Pitt no podia saber la estatura del desconocido, pero su pecho y sus hombros eran tan musculosos que parecian deformes, indicando que aquel hombre habia pasado miles de horas de sudor y esfuerzo desarrollando su cuerpo. Llevaba la cabeza completamente afeitada, y la cara habria podido considerarse casi hermosa, de no haber sido por la narizota que contrastaba lamentablemente con las demas facciones. Su unico indumento era un par de botas de goma y unos shorts tropicales. A excepcion del bigote a lo Bismarck, aquella cara parecio extranamente familiar a Pitt.

Sin levantar la cabeza, el hombre empezo a leer la lista de delitos de que Pitt era acusado. Empezaba por la violacion del espacio aereo cubano, el derribo de un helicoptero, el asesinato de su tripulacion, la labor como agente de la CIA y la entrada ilegal en el pais. Las acusaciones se sucedieron hasta que terminaron al fin con la entrada no autorizada en una zona militar prohibida. Todo ello en correcto ingles americano, con un ligero acento del Oeste.

– ?Que responde?

– Culpable como el que mas.

Una mano enorme le tendio una hoja de papel y una pluma.

– Tenga la bondad de firmar la confesion.

Pitt tomo la pluma y firmo el documento apoyandolo sobre una pared y sin leerlo.

El interrogador observo atentamente la firma.

– Creo que ha cometido un error.

– ?Cual?

– Usted no se llama Benedict Arnold.

Pitt chasco los dedos.

– Caramba, tiene razon. Esto fue la semana pasada. Esta semana soy Millard Fillmore.

– Muy divertido..,

– Como el general Velikov ha informado ya de mi muerte a las autoridades americanas -dijo seriamente Pitt-, no veo la utilidad de una confesion. Me parece que es como inyectarle penicilina a un esqueleto. ?De que puede servir?

– Un seguro contra un incidente, un medio de propaganda, incluso un elemento para reforzar una posicion negociadora -respondio amablemente el inquisidor-. Puede haber muchas razones. -Hizo una pausa y leyo algo en un legajo que tenia sobre la mesa-. Veo, por el expediente que me ha pasado el general Velikov, que usted dirigio una operacion de salvamento del Empress of Ireland, que naufrago en el rio Saint Lawrence.

– Correcto.

– Creo que yo intervine en la misma operacion.

Pitt le miro fijamente. Habia algo familiar en el, pero no podia concretarlo. Sacudio la cabeza.

– No recuerdo que trabajase usted en mi equipo. ?Como se llama?

– Foss Gly -dijo lentamente el otro-. Trabaje con los canadienses para desbaratar sus operaciones.

Pitt se acordo repentinamente de un remolcador amarrado en un muelle de Rimouski, Quebec. El habia salvado la vida de un agente secreto britanico golpeando a Gly en la cabeza con una llave inglesa. Tambien recordo con gran alivio que Gly habia estado vuelto de espaldas y no le habia visto acercarse.

– Entonces, nunca nos encontramos cara a cara -dijo tranquilamente Pitt.

Observo a Gly, por si este daba alguna senal de reconocerle; pero el hombre no pestaneo.

– Probablemente no.

– Esta muy lejos de su pais.

Gly encogio los anchos hombros.

– Yo trabajo para quienes me pagan buenos dolares por mis servicios especiales.

– En este caso, la maquina del dinero escupe rublos.

– Convertidos en oro -anadio Gly. Suspiro, fue a ponerse en pie y se estiro. La piel estaba tan tirante y las venas eran tan pronunciadas que le daban un aspecto grotesco. Acabo de levantarse de la silla y miro hacia arriba, pues su afeitado craneo estaba a la altura de la barbilla de Pitt-. Me gustaria continuar esta conversacion sobre los tiempos pasados, senor Pitt, pero tengo que hacerle varias preguntas y ha de firmar su confesion.

– Comentare todos los temas que le interesen cuando este seguro de que los LeBaron y mis amigos no sufriran dano alguno.

Gly no replico; solamente le miro con una expresion lindante en indiferencia.

Pitt previo un golpe y puso el cuerpo en tension para aguantarlo. Pero Gly no colaboro. En vez de aquello, alargo despacio una mano y agarro a Pitt por la base del cuello, por la parte blanda del hombro. Al principio la presion fue ligera, una apreton, pero despues se acentuo gradualmente hasta que el dolor se hizo insoportable.

Pitt agarro la muneca de Gly con ambas manos y trato de librarse de aquella garra de acero, pero igual habria podido tratar de arrancar de raiz un roble de siete metros. Apreto los dientes hasta que penso que iban a romperse. Vagamente, a traves del fuego que ardia en su cerebro, pudo oir la voz de Gly.

– Esta bien, Pitt, no tiene por que soportar esto. Digame simplemente quien le ordeno desembarcar en esta isla y por que. No hace falta que sufra, a menos que sea un masoquista profesional. Creame si le digo que no le gustaria la experiencia. Diga al general lo que este quiere saber. Lo que esta ocultando, sea lo que fuere, no cambiara el curso de la Historia. No dependeran miles de vidas de ello. ?Por que sentir que su cuerpo es destrozado dia tras dia hasta tener todos los huesos aplastados, rotas todas las

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