politicos.

A Pitt le costaba concentrarse. El rinon izquierdo le dolia terriblemente y se sentia amodorrado. Tambaleandose, se acerco al retrete. Su orina estaba tenida de sangre, pero no mucho, y no creyo que la lesion fuese grave.

– Sera mejor que no continuemos esta conversacion -dijo Pitt-. Probablemente hay algun microfono oculto en mi celda.

LeBaron sacudio la cabeza.

– No, no lo creo. Esta parte del recinto no fue construida con grandes medidas de seguridad, porque no hay salida. Es como el antiguo penal frances de la isla del Diablo; es imposible escapar. La isla de Cuba esta a mas de veinte millas de distancia. Los tiburones abundan en estas aguas y las corrientes llevan mar adentro. En la otra direccion, la tierra mas proxima esta en las Bahamas, a ciento diez millas al nordeste. Si esta pensando en escapar, mi consejo es que lo olvide.

Pitt volvio cuidadosamente a su cama.

– ?Ha visto a los otros?

– Si.

– ?Como estan?

– Giordino y Gunn estan juntos en una habitacion a diez metros pasillo abajo. Debido a sus lesiones, se han librado de una visita a la habitacion numero seis. Hasta ahora, han sido muy bien tratados.

– ?Y Jessie?

La cara de LeBaron se puso ligeramente tensa.

– El general Velikov ha tenido la amabilidad de reservarnos una de las habitaciones para invitados ilustres. Incluso nos esta permitido comer con los oficiales.

– Me alegra saber que los dos se han librado de una visita a la habitacion numero seis.

– Si, Jessie y yo hemos tenido suerte; nos tratan de una manera bastante humana.

El tono de LeBaron parecia poco convincente; hablaba con monotonia. No habia brillo en sus ojos. No era el hombre que se habia hecho famoso por sus audaces y caprichosas aventuras y por sus chocantes fiascos dentro y fuera del mundo de los negocios. Parecia carecer completamente del prodigioso dinamismo que habia hecho que su consejo fuese buscado por los financieros y los lideres del mundo entero. A Pitt le dio la impresion de un agricultor arruinado y expulsado de sus tierras por un banquero nada escrupuloso.

– ?Y que ha sido de Buck Caesar y de Joe Cavilla? -pregunto Pitt.

LeBaron se encogio tristemente de hombros.

– Buck eludio la vigilancia de sus guardianes durante un periodo de ejercicio al aire libre y trato de huir a nado y empleando el tronco de una palmera caida como balsa. Su cuerpo, o lo que quedaba de este despues de haberse cebado los tiburones en el, fue arrojado a la playa tres dias mas tarde. En cuanto a Joe, despues de varias sesiones en la habitacion numero seis, entro en coma y murio. Muy lamentable. No habia razon para que no colaborase con el general Velikov.

– ?No se ha entrevistado usted con Foss Gly?

– No; me he ahorrado esta experiencia. No se por que. Tal vez el general Velikov cree que soy demasiado valioso como instrumento para una negociacion.

– Por esto me eligio a mi -dijo tristemente Pitt.

– Quisiera poder ayudarle, pero el general Velikov desoyo todas mis suplicas para salvar a Joe. Se muestra igualmente frio en el caso de usted.

Pitt se pregunto por que seria que LeBaron se referia siempre a Velikov con el respeto debido al rango militar del ruso.

– No comprendo estos interrogatorios tan brutales. ?Que podian ganar matando a Cavilla? ?Que esperan obtener de mi?

– La verdad -dijo simplemente LeBaron.

Pitt le dirigio una aguda mirada.

– Por lo que yo se, la verdad es que usted y su equipo salieron en busca del Cyclops y desaparecieron. Su esposa y todos nosotros salimos, una vez se hubo recobrado el dirigible, con la esperanza de poder averiguar lo que le habia sucedido a usted. Digame si esto suena a falso.

LeBaron se enjugo con la manga el sudor que habia empezado a brotar de su frente.

– Es inutil que discuta conmigo, Dirk, pues no soy yo el que no cree en usted. La mentalidad rusa ve una mentira detras de cada palabra.

– Usted ha hablado con Jessie. Seguramente esta le habra explicado como encontramos el Cyclops y como llegamos a esta isla.

LeBaron se estremecio visiblemente cuando Pitt menciono el Cyclops. De pronto parecio retroceder ante Pitt. Recogio su bolsa de lona y se dirigio a la puerta. Esta se abrio casi inmediatamente y LeBaron salio.

Foss Gly estaba esperando cuando entro LeBaron en la habitacion numero seis. Estaba sentado alli, como un diablo pensativo, como una maquina humana de matar, inmune al sufrimiento y a la muerte. Olia a carne podrida.

LeBaron estaba temblando y le tendio en silencio la bolsa de lona. Gly hurgo en su interior, saco un pequeno magnetofono y rebobino la cinta. Escucho durante unos segundos para convencerse de que las voces sonaban claras.

– ?Confio en usted? -pregunto Gly.

– Si; no intento ocultarme nada.

– ?Trabaja para la CIA?

– No lo creo. Su llegada a esta isla fue puramente accidental.

Gly salio de detras de la mesa y agarro la piel suelta del lado de la cintura de LeBaron, apretandola y retorciendola en el mismo movimiento. El editor desorbito los ojos y jadeo al sentir el angustioso dolor en todo su cuerpo. Poco a poco, cayo de rodillas sobre el hormigon.

Gly se agacho hasta que sus ojos helados y malignos estuvieron a pocas pulgadas de los de LeBaron.

– No juegue conmigo, gusano -dijo en tono amenazador-, o su dulce esposa sera la proxima que lo pagara con la mutilacion de su cuerpo.

32

Ira Hagen trazo un circulo alrededor de Hudson y Eriksen y decidio prescindir de Houston. No habia necesidad de hacer el viaje. El ordenador a bordo de su reactor le dijo todo lo que necesitaba saber. El numero de telefono de Texas en la libreta negra del general Fisher conducia a la oficina del director de Operaciones de Vuelo de la NASA, Irwin Mitchell, alias Irwin Dupuy. Una comprobacion de otro nombre de la lista, Steve Larson, puso de manifiesto que era Steve Busche, director del Centro de Estudios de Vuelo de la NASA en California.

Nueve pequenos indios, y quedaron cuatro…

La lista de Hagen del «circulo privado» decia ahora:

Raymond LeBaron… Ultimamente en Cuba.

General Mark Fisher… Colorado Springs.

Clyde Booth…Albuquerque.

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