calle.
– Cinco horas, para ser exactos.
El conac calentaba agradablemente el estomago de Pitt. Su situacion no le parecio tan apurada despues de la tercera copa. Paso al ataque.
– ?Por que retienen a Raymond LeBaron? -pregunto.
– De momento, es un invitado de la casa.
– Esto no explica por que se ha mantenido en secreto desde hace dos semanas el hecho de que sigue vivo.
– No tengo que darle ninguna explicacion, senor Pitt.
– ?Como es que se ofrecen a LeBaron banquetes de
– Porque es esto precisamente lo que son, senor Pitt, presos comunes. El senor LeBaron es un hombre muy rico y poderoso, y los dialogos con el son muy instructivos. Ustedes, por el contrario, son un estorbo. ?Satisface esto su curiosidad?
– No me satisface en absoluto -dijo bostezando Pitt.
– ?Como destruyeron el helicoptero de patrulla? -pregunto subitamente Velikov.
– Le arrojamos los zapatos -respondio, malhumorado, Pitt-. ?Que otra cosa podian hacer cuatro paisanos, uno de ellos una mujer, que volaban en una bolsa de gas de cuarenta anos de antiguedad?
– Los helicopteros no estallan en el aire sin una razon.
– Tal vez fue alcanzado por un rayo.
– Entonces, senor Pitt, si su mision tenia simplemente por objeto averiguar la causa de la desaparicion del senor LeBaron y la busqueda de un tesoro, ?como explica el relato del capitan del buque patrulla, que afirmo que la cabina de mandos estaba tan acribillada a tiros que nadie podia haber sobrevivido, y que surgio un rayo de luz del dirigible un instante antes de que estallase el helicoptero, y que una busqueda exhaustiva en el lugar del accidente no descubrio rastros de ningun superviviente? Sin embargo, todos ustedes aparecen como por arte de magia en esta isla, en medio de un huracan, cuando las patrullas de seguridad se habian resguardado del viento. Muy oportuno, ?no le parece?
– ?Como lo interpreta usted?
– O la aeronave estaba dirigida por control remoto u otros tripulantes fueron muertos por los tiradores que iban en el helicoptero. Ustedes y la senora LeBaron fueron traidos cerca de la playa por un submarino y, durante el desembarco, fueron arrojados contra las rocas y sufrieron lesiones.
– Tiene usted mucha imaginacion, general, pero no da en el blanco. Solo la parte de nuestra llegada a tierra es correcta. Y ha olvidado el factor mas importante: el movil. ?Por que tendrian cuatro naufragos desarmados que atacar lo que, sea lo que fuere, tienen ustedes aqui?
– Todavia no tengo la respuesta -dijo Velikov, con una benevola sonrisa.
– Pero quiere tenerla.
– Yo nunca me doy por vencido, senor Pitt. Su historia, aunque ingeniosa, no se tiene en pie. -Apreto un boton del interco-municador de encima de la mesa-. Pronto volveremos a hablar.
– ?Cuando podemos esperar que se pongan en contacto con nuestro Gobierno, para que este pueda iniciar las gestiones para nuestra liberacion?
Velikov dirigio a Pitt una mirada bonachona.
– Le pido disculpas. Olvide mencionar que su Gobierno ha sido informado hace solamente una hora.
– ?De nuestro accidente?
– No; de su muerte.
Durante un largo instante, Pitt no comprendio. Despues, poco a poco, empezo a hacerse la luz en su cerebro. Apreto las mandibulas y traspaso a Velikov con la mirada.
– Hable claro, general.
– Muy sencillo -dijo Velikov, en un tono tan amistoso como si estuviese pasando un rato con el cartero-. Sea por accidente o deliberadamente, han venido ustedes a dar con nuestra instalacion militar mas secreta fuera de la Union Sovietica. No podemos permitir que salgan de aqui. Cuando yo conozca los verdaderos hechos, tendran ustedes que morir.
28
Entregandose a su pasatiempo predilecto, que era comer, Hagen dedico una hora a disfrutar de un almuerzo mexicano a base de enchiladas con un huevo, seguidas de sopaipillas, y todo ello regado con tequila. Pago la cuenta, salio del restaurante y se dirigio en coche a la direccion atribuida a Clyde Ward. Su informador en la compania de telefonos habia averiguado que el numero consignado en la libreta negra del general Fisher correspondia a un telefono publico instalado en un puesto de gasolina. Comprobo la hora. Dentro de seis minutos, su piloto llamaria a aquel numero desde el reactor aparcado.
Encontro la gasolinera en una zona industrial proxima a la estacion del ferrocarril. Era de autoservicio y en ella se vendia una marca desconocida. Se detuvo junto a un surtidor cuya pintura roja estaba cubierta de mugre e inserto la boquilla en el deposito de carburante del coche, evitando cuidadosamente mirar hacia el telefono instalado en el interior de la gasolinera.
Poco despues de aterrizar en el aeropuerto de Albuquerque, habia alquilado un coche y habia sacado treinta litros de gasolina del deposito, para que su parada en la estacion pareciese justificada. El aire que quedo dentro del deposito gorgoteo cuando el enrosco la tapa y dejo la manguera en su sitio. Entro en la oficina y estaba manoseando su cartera cuando empezo a sonar el telefono colgado de la pared.
El unico empleado de servicio, que estaba reparando un neumatico pinchado, se enjugo las manos con un trapo y descolgo el auricular. Hagen escucho.
– Mel's Service… ?Quien…? Aqui no hay ningun Clyde… Si, estoy seguro. Tiene el numero equivocado… Si, el numero es este pero yo llevo seis anos trabajando aqui y no he conocido a ningun Clyde.
Colgo, se dirigio a la caja registradora y sonrio a Hagen.
– ?Cuanta ha puesto?
– Treinta y ocho litros. Trece dolares con cincuenta y siete centavos.
Mientras el empleado buscaba el cambio de un billete de veinte, Hagen resiguio con la mirada la estacion. No pudo dejar de admirar lo bien que se habia montado el escenario; porque era precisamente esto, un escenario. Los suelos de la oficina y de la seccion de lubricantes no habian visto una bayeta en varios anos. Pendian teleranas del techo; las herramientas tenian mas herrumbre que aceite, y las palmas de las manos y las unas del empleado estaban grasientas. Pero fue el sistema de vigilancia lo que le asombro. Sus ojos adiestrados descubrieron cables electricos sutilmente disimulados y que no correspondian al servicio corriente de la estacion. Sintio mas que vio los microfonos y camaras ocultos.
– ?Podria hacerme un favor? -pregunto al empleado al reci«bir el cambio.
– ?Que desea?
– El motor hace un ruido extrano. ?Podria echarle una mirada y decirme que es lo que le pasa?
– Claro, ?por que no? No tengo mucho mas que hacer.
