Pitt se levanto poco antes de salir el sol en la manana de su tercer dia en la isla, nado vigorosamente media milla y regreso despues a tierra, sumergiendose entre las formaciones de coral.
Dos horas mas tarde, salio del agua tibia y se tendio en la playa, abrumado por un sentimiento de impotencia mientras contemplaba el mar en direccion a Cuba.
Una sombra se proyecto sobre su cuerpo, y Pitt se incorporo. Un hombre de piel morena estaba plantado junto a el, comodamente vestido con una holgada camisa de algodon y unos shorts. Sus cabellos lisos y negros como la noche hacian juego con el enorme bigote. Tenia los ojos tristes y la cara arrugada por la larga exposicion al viento y al sol y, cuando sonreia, apenas movia los labios.
– ?Senor Pitt?
– Si.
– No hemos sido presentados, pero soy el comandante Angelo Quintana.
Pitt se puso en pie y se estrecharon la mano.
– Usted es el que dirige la mision.
Quintana asintio con la cabeza.
– El coronel me ha dicho que lo ha estado agobiando mucho.
– Deje amigos alli que deben de estar luchando por conservar la vida.
– Yo tambien deje amigos en Cuba, senor Pitt. Solo que ellos perdieron su batalla por la vida. Mi hermano y mi padre murieron en la carcel, simplemente porque un miembro del comite de su barrio, que debia dinero a mi familia, les acuso de actividades contrarrevolucionarias. Comprendo su problema, pero no tiene usted el monopolio del dolor.
Pitt no le dio el pesame. Le parecio que a Quintana no le gustaban las condolencias.
– Mientras crea que todavia hay esperanzas -dijo firmemente-, no voy a dejar de insistir.
Quintana le dirigio una tranquila sonrisa. Le gustaba lo que veia en los ojos de Pitt. Era un hombre en quien podria confiar cuando las cosas se pusiesen dificiles. Un hombre entero, que no conocia la palabra fracaso.
– Conque es usted el que se las arreglo para escapar del cuartel general de Velikov.
– Tuve mucha suerte.
– ?Como describiria la moral de las tropas que guardan el recinto?
– Si se refiere a su estado mental, diria que estaban aburridos a mas no poder. Los rusos no estan acostumbrados a la humedad agotadora de los tropicos. Sobre todo, parecian muy lentos.
– ?Cuantos patrullaban en la isla?
– Yo no vi ninguno.
– ?Y en la caseta del guarda de la puerta principal?
– Solamente dos.
– Un hombre astuto, Velikov.
– Deduzco que a usted le parece una buena treta hacer que la isla parezca desierta.
– Es verdad. Yo habria esperado un pequeno ejercito de guardias y las acostumbradas medidas de seguridad sovieticas. Pero Velikov no piensa como un ruso. Proyecta como un americano, perfecciona como un japones y actua como un aleman. Desde luego, es muy astuto.
– Asi lo tengo entendido.
– Creo que le conocio.
– Sostuvimos un par de conversaciones.
– ?Que impresion le causo?
– Lee el
– ?Eso es todo?
– Habla ingles mejor que yo. Lleva las unas bien cuidadas. Y si ha leido la mitad de los libros y revistas que hay en su biblioteca, sabe mas sobre los Estados Unidos y sus contribuyentes que la mitad de los politicos de Washington.
– Usted es probablemente el unico occidental en libertad que le ha visto cara a cara.
– No fue muy agradable, puede creerme.
Quintana rasco pensativamente la arena con la punta del pie.
– Dejar una instalacion vital tan poco guardada es una invitacion a la infiltracion.
– No si Velikov sabe que usted se dirige alli -dijo Pitt.
– Esta bien; la red de radar cubana y los satelites espias rusos pueden localizar cualquier avion o embarcacion dentro de un radio de cincuenta millas. Un lanzamiento en paracaidas o un desembarco serian imposibles. Pero un acercamiento por debajo del agua podria pasar facilmente inadvertido a sus aparatos de deteccion. -Quintana hizo una pausa y sonrio-. En su caso, la embarcacion era demasiado pequena para que se manifestase en una pantalla de radar.
– Yo no disponia de yates para navegar en alta mar -dijo ironicamente Pitt. Despues se puso serio-. Ha olvidado usted algo.
– ?Que?
– La inteligencia de Velikov. Usted mismo ha dicho que es muy astuto. No construyo una fortaleza cercada de campos de minas y de bunkers de hormigon por una razon muy simple: no tenia necesidad de ello. Usted y el coronel Kleist son unos terribles optimistas si creen que un submarino o su TSE, o como quiera llamarlo, puede penetrar en su red de seguridad.
Quintana fruncio las cejas.
– Prosiga.
– Sensores subacuaticos -explico Pitt-. Velikov debe de haber rodeado la isla de sensores colocados en el fondo del mar y que pueden detectar el movimiento del casco de un submarino en la masa de agua y la vibracion producida por las helices.
– Nuestro TSE ha sido disenado para pasar a traves de sistemas de este tipo.
– No si los ingenieros navales de Velikov han colocado las unidades sensoras a menos de cien metros las unas de las otras. Nada, salvo una bandada de peces, podria pasar inadvertido por alli. Yo vi los camiones que habia en el garaje. En diez minutos Velikov podria poner en!a playa una fuerza de seguridad que destruiria a sus hombres antes de que llegasen a tierra firme. Sugiero que usted y Kleist reprogramen sus juegos de guerra electronicos.
Quintana guardo silencio. Su plan de desembarco minuciosamente concebido empezo a resquebrajarse y hacerse trizas ante sus ojos.
– Nuestros ordenadores hubieran debido pensar en esto -dijo amargamente.
– Ellos no pueden crear lo que no se les ensena -replico filosoficamente Pitt.
– Desde luego, se dara cuenta de que esto significa que tenemos que cancelar la mision. Sin el elemento sorpresa no existe la menor posibilidad de destruir la instalacion y rescatar a la senora LeBaron y a los otros.
– No estoy de acuerdo.
– Se cree usted mas listo que los ordenadores de nuestra mision.
