– Yo escape de Cayo Santa Maria sin que me descubriesen. Puedo introducir a su gente de la misma manera.

– ?Con una flota de baneras? -dijo sarcasticamente Quintana.

– Se me ocurre una variacion mas moderna.

Quintana miro reflexivamente a Pitt.

– ?Tiene usted una idea que podria dar resultado?

– Ciertamente, la tengo.

– ?Dentro del tiempo fijado?

– Si.

– ?Y tendria exito?

– ?Se sentiria mas confiado si suscribiese una poliza de seguro?

Quintana percibio una firme conviccion en el tono de Pitt. Se volvio y echo a andar hacia el campamento principal.

– Vamos, senor Pitt. Es hora de que pongamos manos a la obra.

50

Fidel Castro estaba repantigado en una silla y miraba pensativamente por encima de la popa de un yate de quince metros de eslora. Estaba bien sujeto por los hombros y sus manos enguantadas sostenian flojamente la pesada cana de fibra de vidrio, cuyo hilo se extendia desde un gran carrete hasta la chispeante estela. El cebo destinado a los delfines fue atrapado por una barracuda que pasaba, pero a Castro no parecio importarle. Estaba pensando en otras cosas.

El cuerpo musculoso que antano le habia valido el titulo de «mejor atleta universitario de Cuba» se habia ablandado y engordado con la edad. Los rizados cabellos y la hirsuta barba eran ahora grises, pero el fuego revolucionario seguia ardiendo en sus ojos negros con el mismo brillo que cuando habia bajado de las montanas de Sierra Maestra treinta anos atras.

Llevaba solamente una gorra de beisbol, un pantalon de bano, unas zapatillas viejas y unas gafas de sol. La colilla de un habano apagado pendia de la comisura de sus labios. Se volvio y se protegio los ojos de la brillante luz del sol tropical.

– ?Quieres que no siga con el internacionalismo? -pregunto sobre el apagado zumbido de los dos motores Diesel-. ?Que renuncie a nuestra politica de extender la influencia de Cuba en el extranjero? ?Es esto lo que quieres?

Raul Castro estaba sentado en una tumbona, sosteniendo una botella de cerveza.

– No que renuncies, sino que bajes sin ruido el telon sobre nuestros compromisos en el extranjero.

– Mi hermano, el duro revolucionario. ?Que es lo que te ha hecho cambiar de opinion?

– Los tiempos cambian -dijo simplemente Raul.

Frio y reservado en publico, el hermano menor de Fidel era ingenioso y campechano en privado. Tenia los cabellos negros, lisos y cortos sobre las orejas. Raul observaba el mundo con sus ojos negros y redondos de duendecillo. Lucia un fino bigote cuyas afiladas puntas terminaban precisamente encima de las comisuras de los labios.

Fidel se enjugo con el dorso de una mano unas pocas gotas de sudor que se habian pegado a sus cejas.

– No puedo ignorar el enorme coste en dinero y en vidas de nuestros soldados. ?Y que me dices de nuestros amigos de Africa y de las Americas? ?Debo volverles la espalda como a nuestros muertos en Afganistan?

– El precio que pago Cuba por su intervencion en movimientos revolucionarios supera con mucho a las ganancias. Favorecimos a nuestros amigos en Angola y en Etiopia. ?Que haran ellos por nosotros en pago de aquello? Ambos sabemos que la respuesta es: nada. Tenemos que reconocer, Fidel, que hemos cometido errores. Yo sere el primero en reconocer los mios. Pero, por el amor de Dios, reduzcamos nuestras perdidas y convirtamos Cuba en una gran nacion socialista que sea envidia del Tercer Mundo. Conseguiremos mucho mas haciendo que sigan nuestro ejemplo que dandoles la sangre de nuestro pueblo.

– Me estas pidiendo que vuelva la espalda a nuestro honor y a nuestros principios.

Raul hizo rodar la fresca botella sobre su sudorosa frente.

– Seamos francos, Fidel. De los principios ya nos hemos olvidado mas de una vez, cuando ha sido en interes de la revolucion. Si no cambiamos pronto de rumbo y vigorizamos nuestra economia estancada, el descontento del pueblo puede convertirse en inquietud, a pesar de lo mucho que te quieren.

Fidel escupio la colilla del cigarro por encima de la popa e hizo ademan a un marinero para que le trajese otro.

– Al Congreso de los Estados Unidos le encantaria ver al pueblo volviendose contra mi.

– El Congreso se preocupa de esto mucho menos que el Kremlin -dijo Raul-. Dondequiera que mire encuentro un traidor en el bolsillo de Antonov. Ni siquiera puedo ya confiar en mis propios agentes de seguridad.

– Cuando el presidente y yo acordemos y firmemos el pacto entre Cuba y los Estados Unidos, nuestros amigos sovieticos se veran obligados a aflojar sus tentaculos de nuestro cuello.

– ?Como puedes llegar a un acuerdo con el, si te niegas a sentarte a negociar?

Fidel hizo una pausa para encender el nuevo cigarro que le habia traido el marinero.

– Probablemente, el presidente se ha convencido ya de que mi ofrecimiento de romper nuestros lazos con la Union Sovietica, a cambio de la ayuda economica de los Estados Unidos y de unas relaciones comerciales abiertas, es autentico. Si parezco demasiado ansioso de celebrar una reunion, pondran condiciones imposibles. Dejemos que este en ascuas durante un tiempo. Cuando se de cuenta de que no me arrastro sobre la estera de la puerta de la Casa Blanca, arriara velas.

– El presidente estara todavia mas ansioso de llegar a un acuerdo cuando se entere de la desaforada intromision de los compinches de Antonov en nuestro regimen.

Fidel levanto el cigarro para recalcar sus palabras.

– Precisamente por eso he dejado que ocurriese aquello. Jugar con el miedo de los americanos al establecimiento de un gobierno titere de los sovieticos nos beneficiara indudablemente.

Raul vacio la botella de cerveza y la arrojo por encima de la borda.

– Pero no esperes demasiado tiempo, hermano, o nos encontraremos sin trabajo.

– Esto no ocurrira nunca. -La cara de Fidel se torcio en una jactanciosa sonrisa-. Yo soy el pegamento que mantiene de una pieza la revolucion. Lo unico que tengo que hacer es dirigirme al pueblo y denunciar a los traidores y al complot sovietico para socavar nuestra sagrada soberania. Y entonces tu, como presidente del Consejo de Ministros, anunciaras la ruptura de todos los lazos con el Kremlin. El descontento que pueda haber sera sustituido por un regocijo nacional. Con un golpe de hacha habre cortado la importante deuda que tenemos con Moscu y eliminado el embargo comercial de los Estados Unidos.

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