– ?Ha ido al medico? -prosiguio, acercandose a ella.

Se quito el sombrero, lo dejo sobre la mesa y se meso el cabello corto mientras examinaba con ojos entornados las heridas de su rostro.

– Tiene mal aspecto.

– Estoy bien -aseguro Savard, contenta por tener entre ellos la mesa a guisa de amortiguador.

Se desplazo hasta el extremo mas alejado de ella con la excusa de guardar el espejo y dejar el bolso en un cajon. El mareo volvio a apoderarse de ella, por lo que apoyo una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio.

– Seguro que el otro ha quedado peor, ?eh?

– No hay ningun otro. Me he caido.

– ?Desde donde, un edificio de tres pisos?

– No es asunto suyo.

– Si lo es si esto se lo ha hecho alguien.

Lo pagaban por proteger y servir, como decia el lema. No era nada personal, y no le convenia desear que lo fuera.

– Ya le he dicho que me he caido.

Kovac no la creia, eso era evidente. Era policia, y muy bueno, por lo que habia averiguado. Llevaba anos escuchando todos los matices posibles de la mentira, y si bien Savard no mentia, tampoco le estaba contando toda la verdad.

Observo que la mirada de Kovac se desviaba hacia su mano izquierda en busca de un anillo, preguntandose si tenia un marido que la maltrataba. No obstante, el unico anillo que llevaba se encontraba en la mano derecha, una esmeralda que se transmitia entre las mujeres de su familia materna desde hacia cien anos.

– Le aseguro que no soy de las que permitirian algo asi, sargento -intento tranquilizar a Kovac.

El sargento contemplo la posibilidad de anadir algo mas e incluso respiro hondo para hablar, pero se contuvo.

– No ha venido para interesarse por mi bienestar.

– Anoche me tope con Cal Springer -explico Kovac-. La enorgullecera saber que aun le pone muy nervioso la investigacion de Asuntos Internos.

– No me interesa en lo mas minimo Cal Springer. Ya le dije que el caso Curtis esta cerrado. La investigacion estuvo plagada de errores, pero ninguna de las alegaciones de impropiedad cuajo, al menos lo suficiente para ir a juicio.

– La incompetencia es el punto fuerte de Cal, pero es demasiado gallina para hacer algo turbio. Sin embargo, ?que me dice de Ogden? Tengo entendido que fue el quien puso el reloj de Curtis en casa de Verma.

– ?Tiene pruebas?

– No, pero ?las tenia Andy Fallon? Ogden estaba en el lugar de los hechos cuando mi companera y yo llegamos a casa de Fallon el martes.

– No, Fallon tampoco tenia pruebas, y cerramos el caso -insistio Savard mientras pugnaba por hacer caso omiso de otra oleada de nauseas y del dolor que le golpeaba la cabeza como un martillo-. Estaba a punto de iniciar la investigacion de otro caso.

No por voluntad propia, sino en cumplimiento de una orden. De ella misma.

– ?Lo sabia Ogden?

– Si. ?Que hacia en casa de Andy?

– Turismo.

– Que crueldad.

– Y que estupidez, aunque no me parece el tipo mas listo del mundo precisamente.

– ?Lo ha interrogado al respecto?

– No tengo derecho a interrogar a nadie, teniente -le recordo Kovac-. El caso esta cerrado. Fue un tragico accidente, ?se acuerda?

– No creo que llegue a olvidarlo nunca.

– Supuse que Ogden y su companero habian acudido en respuesta al aviso. No tenia motivo para pensar que pudieran tener otra razon. Una pregunta tonta… ?Habia mal rollo entre el y Fallon? ?Lo habia amenazado Ogden?

– Que yo sepa no. No existia mas hostilidad de lo normal, diria yo.

– Esta acostumbrada a que la gente la odie.

– Igual que usted, sargento.

– Pero no los mios.

Savard paso por alto el comentario.

– El resentimiento forma parte del trabajo. A la gente que hace cosas malas no les gusta arrostrar las consecuencias de sus actos. Los polis malos son peores que los delincuentes en ese sentido, porque creen poder escudarse tras la placa, y cuando resulta que no pueden…

– Puedo verificar el expediente -atajo Savard con un suspiro cauteloso.

Tenia calor y estaba sudando. Necesitaba sentarse, pero no queria mostrar debilidad alguna en presencia de Kovac, ni tampoco queria que pensara que consultaria el caso por ordenador mientras el esperaba.

– No espero encontrar nada -prosiguio-. En cualquier caso, tanto usted como yo sabemos de corazon que, pese al dictamen del forense, lo mas probable es que Andy se suicidara.

– Nunca permito que el corazon se interponga en mi trabajo, teniente; prefiero hacer caso de mi instinto.

– Ya me entiende. Lo que quiero decir es que no lo asesinaron.

– Lo unico que se es que esta muerto -insistio Kovac, obstinado-, y que no deberia estarlo.

– El mundo esta lleno de tragedias, sargento Kovac -sentencio Savard, respirando con cierta agitacion-, y esta es nuestra racion de la semana. Tal vez tendria mas sentido para nosotros si fuera un crimen, pero no lo es, lo cual significa que debemos zanjar el asunto y seguir adelante.

– ?Es eso lo que hace usted? -pregunto Kovac mientras se acercaba al extremo de la mesa que ocupaba ella-. ?Intentar zanjar, el asunto y seguir adelante?

Savard tenia la sensacion de que ya no hablaba de Andy Fallon. Parecia estar examinando las heridas de su rostro, o lo que podia ver alrededor de las gafas. Trato de retroceder un paso, pero el suelo parecia haber desaparecido bajo sus pies. En torno a ella se hizo la oscuridad, y el vertigo la acometio en oleadas sucesivas.

Kovac la asio de los brazos, y Savard apoyo las manos en su pecho para mantener el equilibrio

– Tiene que ir al medico -insistio el.

– No, estoy bien. Solo necesito sentarme un momento.

Intento zafarse de el, pero Kovac no la solto, sino que le hizo dar la vuelta, y cuando las piernas se negaron a sostenerla, cayo sentada en la silla. Kovac le quito las gafas y la miro a los ojos.

– ?Cuantos Kovacs ve?

– Uno, y es mas que suficiente

– Siga mi dedo con la mirada -ordeno, moviendolo de un lado a otro ante su rostro.

En sus ojos se advertia una expresion intensa. Eran ojos de color castano humo con un matiz azul en las profundidades. Mas interesantes de cerca que de lejos, penso Savard, distraida.

– Madre mia -musito Kovac mientras observaba las inmediaciones de su ojo derecho.

Apoyo una de sus grandes manos en la mejilla derecha de Savard y presiono delicadamente los huesos.

– Apuesto diez pavos a que le queda cicatriz.

– No sera la primera -repuso ella en voz baja.

Los dedos de Kovac se detuvieron. La miro a los ojos, pero ella desvio la mirada.

– Tiene que ir al medico -persistio por tercera vez mientras se apoyaba contra la mesa-. Puede que tenga una conmocion; se lo digo por experiencia -aseguro, senalando la grapa con que le habian suturado el corte sobre el ojo izquierdo, rodeado de una zona entre amoratada y amarillenta.

– ?Sufrio usted una conmocion? -pregunto Savard-. Eso explicaria muchas cosas.

– No, tengo la cabeza demasiado dura. Puede que usted y yo tengamos algo en comun a fin de cuentas - comento como si hubiera meditado sobre el asunto.

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