en el juego les hubiesen hecho conscientes de un extrano pudor, o de un temor elemental a intercambiar un simple gesto.

Aryami miro a Ian, inquieta. El silencio reinaba en la sala. Los ojos de la anciana parecian suplicar una disculpa, el perdon del mensajero portador de malas noticias. Ian ladeo la cabeza ligeramente, indicando a Aryanmi que abandonasen la sala. La anciana dudo unos instantes, e Ian se incorporo y le ofrecio su mano. La anciana acepto su ayuda y le siguio hasta la estancia contigua, dejando a Ben y a Sheere a solas. Ian se detuvo en el umbral y se volvio a mirar a su amigo.

– Estaremos fuera -murmuro. Ben, sin alzar la mirada, asintio.

Los miembros de la Chowbar Society languidecian bajo el calor aplastante en el patio cuando comprobaron que Ian asomaba al porton de la casa acompanado de la anciana. Ambos intercambiaron unas palabras. Aryami asintio debilmente y busco el resguardo de la sombra que facilitaba una vieja marquesina de piedra labrada. Ian, con el semblante petreo y adusto, que sus companeros interpretaron como presagio de malas noticias, se aproximo al grupo de muchachos y acepto el espacio de sombra que los demas abrieron para el. Las miradas se precipitaron sobre el como las moscas a la miel. Aryami les obser-vaba a pocos metros abatida.

– ?Y bien? -pregunto Isobel, dando voz al pensamiento generalizado de la asam-blea.

– No se por donde empezar -respondio Ian.

– Empieza por lo peor- sugirio Seth.

Lo peor es todo -repuso Ian. Los demas le observaron en silencio. Ian contemplo a sus companeros y sonrio debilmente.

– Diez orejas te escuchan -dijo Isobel.

Ian repitio fielmente cuanto Aryami acababa de revelarles en el interior de la casa, sin omitir detalle y dejando para el final de su relato un epilogo especialmente dedicado a Ben y Sheere, que seguian solos en la sala, y a la terrible espada que acababan de descu-brir pendiendo sobre sus cabezas.

Cuando hubo finalizado, el pleno de la Chowbar Society ya habia olvidado el calor sofocante que caia del cielo como un castigo infernal.

– ?Como se lo ha tomado Ben? -pregunto Roshan.

Ian se encogio de hombros y fruncio el ceno.

– Supongo que no muy bien -aventuro-. ?Como te lo hubieras tomado tu?

– ?Que vamos a hacer ahora? -pregunto Siraj.

– ?Que podemos hacer? -pregunto Ian.

– Mucho -corto Isobel-. Cualquier cosa menos dejar freir nuestros traseros al sol mientras un asesino trata de acabar con Ben. Y con Sheere.

– ?Alguien se opone? -pregunto Seth. Todos negaron al unisono.

– Bien, coronel -dijo Ian dirigiendose directamente a Isobel-. ?Cuales son las orde-nes?

– En primer lugar, alguien deberia averiguar todo lo posible sobre la historia de ese accidente de Jheeter's Gate y sobre el ingeniero -indico Isobel.

– Yo puedo hacerlo -se ofrecio Seth-. Debe de haber recortes de prensa de la epo-ca en la biblioteca del museo indio. Y libros, probablemente.

– Seth tiene razon -dijo Siraj-. El incendio de Jheeter's Gate fue sonado en su dia. Mucha gente todavia lo recuerda. Existira documentacion al respecto. El cielo sabra don-de, pero existira.

– Pues habra que buscarla -puntualizo Isobel- Puede ser un punto de partida.

– Yo le ayudare -anadio Michael.

Isobel asintio firmemente.

– Queremos saberlo todo sobre ese hombre, su vida, y sobre esa casa maravillosa que se supone esta en algun lugar cerca de aqui -dijo Isobel-. Tal vez su rastro nos lleve hasta el de ese asesino.

– Nosotros buscaremos la casa -dijo Siraj senalandose a si mismo y a Roshan.

– Si existe, es nuestra -anadio Roshan.

– De acuerdo, pero no entreis en ella -advirtio Isobel.

– No hay problema -la tranquilizo Roshan mostrando las palmas abiertas.

– Y yo, ?que es lo que se supone que debo hacer? -pregunto Ian, a quien no se le ocurrian tareas acordes a sus habilidades con la misma facilidad que parecian disfrutar sus colegas.

– Tu quedate con Ben y con Sheere -Indico Isobel-. Por lo que sabemos, antes de que nos demos cuenta, Ben empezara a tener ideas disparatadas cada diez minutos. Que-date a su lado y vigila que no haga locuras. No es una buena idea que ande por las calles con Sheere.

Ian asintio, consciente de que su tarea era la mas dificil del lote que Isobel habia repartido.

– Nos encontraremos en el Palacio de la Medianoche antes del anochecer -concluyo Isobel-. ?A alguien le ha quedado alguna duda?

Los muchachos se miraron entre ellos y negaron repetidamente.

– Bien, andando -dijo Isobel. Seth, Michael, Roshan y Siraj partieron sin mas dilacion rumbo a sus respectivos deberes. Isobel permanecio junto a Ian, observando su marcha en silencio, entre el espejismo que ascendia de las polvorientas calles ardientes bajo el sol.

– ?Que piensas hacer tu, Isobel? -pregunto Ian. Isobel se volvio hacia el y le sonrio enigmaticamente.

– Tengo una intuicion -dijo la muchacha.

– Temo tus intuiciones como temeria a un terremoto -replico Ian-. ?Que estas tra-mando?

– No debes preocuparte. Ian -murmuro Isobel.

– Cuando dices eso, es cuando mas me preocupo -respondio Ian.

– Tal vez no este al anochecer en el Palacio -explico Isobel-. Si todavia no he vuel-to, haz lo que debas. Tu siempre sabes lo que hay que hacer, Ian.

Ian suspiro, inquieto. Le disgustaba tanto misterio y el extrano brillo que advertia en la mirada de su amiga.

– Isobel, mirame -ordeno Ian; la muchacha le obedecio-. Sea lo que sea, quitatelo de la cabeza.

– Se cuidarme, Ian -repuso Isobel, sonriente. Los labios de Ian, sin embargo, fueron incapaces de emular a los de la muchacha.

– No hagas nada que yo no hiciera -suplico Ian. Isobel rio.

– Hare solo una cosa que tu no te atreverias a hacer nunca -murmuro Isobel.

Ian la observo perplejo y sin comprender. Luego, sin borrar de su mirada aquella chispa enigmatica, Isobel se acerco a Ian y le beso suavemente sobre los labios, apenas rozandolos.

– Cuidate, Ian -le susurro al oido-. Y no te hagas ilusiones.

Aquella era la primera vez que Isobel le habia besado y, al verla partir entre la maleza del patio, Ian no pudo apartar de su mente un subito e inexplicable temor a que tal vez tambien fuese la ultima.

Transcurrida casi una hora, Ben y Sheere emergieron a la luz del dia con el semblante impenetrable y luciendo una extrana calma. Sheere se acerco a Aryami, que habia permanecido todo aquel espacio de tiempo sola bajo la marquesina de la casa, ajena a los intentos de dialogo de Ian, y se sento junto a ella. Ben camino directamente en direc-cion a Ian.

– ?Donde estan todos? -pregunto Ben.

– Pensamos que seria util tratar de hacer algunas averiguaciones respecto a ese individuo, Jawahal - respondio Ian.

– ?Y tu te has quedado de ninera? -bromeo Ben, aunque su tono pretendidamente jocoso no enganaba a ninguno de los dos.

– Algo asi. ?Estas bien? – repuso Ian, senalando a Sheere con la cabeza. Ben asintio.

– Confundido, supongo -dijo finalmente-. Odio las sorpresas.

– Isobel dice que no es buena idea que tu y Sheere andeis por ahi. Y creo que tiene razon.

– Isobel siempre tiene razon, menos cuando discute conmigo -dijo Ben-. Pero tam-poco creo que este sea un lugar seguro para nosotros. Aunque haya estado cerrada mas de quince anos, esta sigue siendo la casa familiar. Y el St. Patricks tampoco lo es, a la vista esta.

– Creo que lo mejor sera ir al Palacio y esperar a los demas -sugirio Ian.

– ?Ese es el plan de Isobel? -sonrio Ben.

– Adivinalo.

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