cama, en medio de una difusa mezcla de luz y oscuridad: a su derecha, los resplandores de los focos de las alambradas; a su izquierda, el rectangulo tenue de la mirilla. Y de pronto la sombra.
La habia visto desfilar en direccion a la puerta que dividia las dos alas del barracon, asi que con toda probabilidad debia de tratarse de uno de sus companeros: Nadja, Ric o Rosalyn. Los demas dormian en el ala opuesta.
No oyo nada.
Aquel silencio la intrigo. Le hizo pensar en algo mas que pura cortesia para con los que descansan. Era como si el supuesto insomne pretendiera ser
Salio de la cama y se acerco a la mirilla. Distinguio las debiles luces de emergencia del pasillo. Este parecia vacio, pero ella estaba segura de haber visto pasar una silueta.
Se puso la camiseta y salio. La puerta que comunicaba las dos alas del barracon se hallaba cerrada. Sin embargo, alguien tenia que haberla abierto momentos antes: los fantasmas no se incluian entre las posibilidades que barajaba.
Dudo un instante. ?Intentaria comprobar primero si alguno de sus companeros no estaba en su lecho? No, pero tampoco iba a quedarse tranquila regresando sin mas a la cama. Abrio la puerta de la siguiente ala. Ante ella se extendia un pasillo oscuro, segmentado por debiles bombillas. A la derecha, las puertas de los dormitorios; a la izquierda, el acceso al segundo barracon.
De repente sintio una vaga inquietud.
En realidad, por dentro, deseaba reirse.
Un ruido.
Esta vez si, aunque lejano. Quiza procedente del barracon paralelo.
Camino hacia la boca del pasillo que llevaba al segundo barracon. La inquietud, como un amigo pesado, se resistia a abandonarla, pero por fuera no se le notaba. En general se encontraba tranquila: ser hija unica le habia ensenado muy pronto a caminar a solas en la oscuridad y el silencio de las noches. Le quedaba poco para perder esa costumbre por completo.
Llego hasta el pasillo y se asomo.
A unos dos metros de ella, una extrana criatura hecha de sombras vivas agitaba los brazos en cruz y la observaba con mirada brillante y devoradora. Pero lo mas horrible (luego comprenderia que se trataba de otra advertencia) fue comprobar que
– No grite -dijo en ingles una luz repentina, con voz ronca, cegandola (si, ahora se daba cuenta: habia lanzado un chillido)-. La he asustado, perdon…
Ella ignoraba que los soldados patrullaran de noche por el interior de los barracones. La linterna que el militar habia encendido le revelo el resto: los «brazos en cruz» (el rifle), la «mirada brillante» (un visor de infrarrojos), la ausencia de rostro (una especie de radio que ocultaba su boca). En la pechera del uniforme se leia «Stevenson». Elisa lo conocia: era uno de los cinco soldados que habia en la isla, uno de los mas jovenes y apuestos. Hasta ese momento no habia hablado con ninguno de ellos. Se limitaba a saludarlos cuando los veia, como consciente de que estaban alli para cuidarla y no al reves. Ahora experimento una honda sensacion de verguenza.
Stevenson bajo la linterna y alzo el visor de infrarrojos. Ella pudo ver que sonreia.
– ?Que hacia paseando a oscuras por el corredor?
– Crei ver a alguien pasar frente a mi cuarto. Queria saber quien era.
– Llevo aqui una hora y no he visto a nadie. -En la voz de Stevenson ella creyo detectar cierto enfado.
– Quiza me he equivocado. Perdone.
Escucho el sonido de otras puertas: companeros alarmados por su estupido grito. No quiso saber quienes eran. Se disculpo, regreso a su cuarto, se tumbo en la cama y, pensando que nunca se dormiria, se quedo dormida.
Dia siguiente, martes 26 de julio, a las 18.44.
Bostezo, se levanto y puso el ordenador en «hibernacion». Lo habia programado para que continuase el complicado calculo por si solo.
El incidente con la sombra nocturna aun rondaba en su cabeza. Decidio que se lo comentaria a Nadia en la playa, al menos para reirse. Por lo pronto, necesitaba descansar un poco. Llevaba solo seis dias en Nueva Nelson, pero le parecia que eran meses. Se pregunto si el esfuerzo excesivo podria llegar a enfermarla.
Abandono el laboratorio, se dirigio a su habitacion, cogio el bikini y la toalla y salio del barracon a la mortecina luz del sol. Era uno de los escasos dias sin lluvias en los meses monzonicos, y habia que aprovecharlo. Al ver al soldado que montaba guardia en la verja volvio a recordar el incidente de la noche, pero en este caso no era Stevenson sino Bergetti, el italiano robusto con quien Marini jugaba a veces a las cartas. Lo saludo al pasar (le amedrentaban aquellos erizos humanos repletos de armas), atraveso la cancela y descendio la suave loma hasta la playa mas increible de su vida.
Dos kilometros de oro molido y un mar que en sus mejores dias se coloreaba de varias tonalidades de azul, al lado de cuya espuma la carne de Nadja podia parecer tan morena como la suya, de olas poderosas, maquinarias salvajes que nada tenian que ver con las domesticas ondulaciones de las playas civilizadas. Por si fuera poco, como si el Dios de aquel paraiso no quisiera provocar muchas molestias, las olas mas fuertes rompian a lo lejos, permitiendole caminar por un amplio remanso de agua y crema de arena, y hasta nadar, sin mayor inconveniente.
Nadja Petrova le hizo senas desde el lugar de costumbre. Elisa habia trabado con la joven paleontologa rusa una de esas amistades rapidas y profundas que solo acontecen entre personas obligadas a convivir en lugares aislados. Ambas tenian, cosas en comun, ademas de la edad: caracter voluntarioso, aguda inteligencia y similar costumbre de subir peldano a peldano la empinada escalera de los logros. En esto ultimo, incluso, Nadja la superaba. Nacida en San Petersburgo, inmigrante en Francia desde su adolescencia, se habia abierto camino hasta obtener una de las codiciadas becas de doctorado con Jacqueline Clissot en Montpellier, convirtiendose en su discipula predilecta, y todo ello sin una madre rica que le pagara hasta el tiempo que emplearian ambas en discutir. Pero cuando hablaba con Nadja no percibia aquellas cualidades tan duras: mas bien se quedaba con la fulgurante impresion de una chica amable y divertida, de pelo color cidra y piel nevada, de esa clase de criaturas que parecen dedicarse al sencillo e inmenso trabajo de sonreir. Elisa pensaba que no podia haber encontrado mejor companera.
– Hum, el mar esta hoy tentador -dijo Elisa dejando la toalla y el bikini en la arena y comenzando a desvestirse-. Creo que lo probare, a ver si me ahogo.
– Por lo visto, hoy tampoco lo has conseguido. -Nadja le sonrio bajo las grandes gafas negras que protegian la mitad de su niveo rostro.
– Al menos he conseguido deprimirme.
– Repite conmigo: «Manana lo lograre, manana sera el dia».
– «Manana lo lograre, manana sera el dia» -obedecio Elisa-. ?Puedo modificar un poco el mantra?
– ?Que sugieres?
– «Lo lograre un dia de estos», por ejemplo. -Elisa tenso el
– La clave del mantra es aburrir un poquito -declaro Nadja y se echo a reir.
Tras ponerse el bikini, Elisa agrupo su ropa y la sujeto con uno de los incontables frascos que siempre traia su companera. Luego extendio la toalla y uso mas frascos para asegurarla: el viento no era tan fuerte como otros dias, pero no queria emplear su tiempo de descanso en perseguir una toalla o unas bragas por la arena.
Nadja estaba tumbada boca abajo. Elisa distinguia su cuerpo delgado bajo la caperuza de pelo blanco y las lineas rosadas del bikini. El primer dia se habian reido cuando se probaron aquellas prendas que la senora Ross
