Elisa, de repente, se echo a reir.
– Anoche sone algo parecido… Dios mio… -La risa se le partio dentro como una cascara y broto un llanto denso. Nadja la abrazo.
Ambas muchachas permanecieron juntas, jadeando, los contornos de sus cuerpos dibujados por la luz de la pantalla del ordenador. Elisa sentia miedo: no el temor vago que habia experimentado a lo largo del dia sino un miedo concreto, real.
– No te preocupes… -dijo Nadja-. Seguro que tu tienes razon, son pesadillas… Nos hemos influido mutuamente.
Ahora escuchaban voces desde el pasillo del barracon: Blanes, Marini… Era evidente que el exodo se estaba poniendo en marcha.
En ese instante la puerta que comunicaba ambos laboratorios se abrio bruscamente, asustandolas. Jacqueline Clissot aparecio en el umbral, avanzo algunos pasos como si pretendiera cruzar la habitacion y se detuvo. A Elisa le llamo la atencion su aspecto. Parecia como si Clissot se hubiese arrojado de cabeza, completamente vestida, a una piscina. Pero de inmediato comprendio que la humedad que pegaba su pelo a las sienes, hacia brillar su rostro y empapaba la blusa cenida formando un cerco entre sus pechos y axilas, no era agua. La paleontologa sudaba profusamente.
– ?Has terminado ya, Jacqueline? -Nadja se levanto-. ?Como ha…?
– ?Habeis visto a Carter? -la interrumpio Clissot con una voz que a Elisa se le antojo demasiado firme-. Lo he llamado por radio dos veces y no contesta.
Las jovenes negaron con la cabeza. Elisa deseaba conocer la opinion de Clissot sobre el examen del cadaver, pero no tuvo oportunidad de preguntarle nada: la puerta del pasillo se abrio y Mendez les hablo en un ingles con acento:
– Lo siento, deben presentarse en la sala de proyeccion. Los helicopteros estan llegando.
– Quiero ver al senor Carter -dijo Clissot. Abrio un contenedor y arrojo dentro una mascarilla de papel-. Es urgente.
Pero Mendez, de improviso, se habia transformado en Colin Craig.
– Perdon. ?Alguien de ustedes ha visto a la senora Ross?
– Quiza este en la despensa -dijo Elisa.
– Gracias. -Craig esbozo otra sonrisa cortes y desaparecio.
– Necesito ver a Carter antes de irnos… -insistio Clissot, dirigiendose a las dos muchachas-. Si lo veis, decidselo. Voy a buscarle al helipuerto. -Luego siguio los pasos de Craig y desaparecio por el corredor.
– Parece nerviosa -murmuro Nadja.
– Todos lo estamos.
– Pero ella no estaba asi antes…
Elisa sabia lo que queria decir.
– Otra vez con tus fantasias -le dijo. Pero se preguntaba que podia haber encontrado Clissot en el cadaver de Rosalyn que fuera
Mientras ayudaba a Nadja a cerrar el ordenador y guardar los archivos, pensaba que queria marcharse de alli. La isla, de repente, se le hacia insoportable, con aquellas idas y venidas, entradas y salidas de gente, barullo de soldados. Deseaba volver a sentir la soledad de su casa, o de cualquier otra casa.
– Enseguida voy -dijo Nadja-. Me quedan algunas cosas en la habitacion.
Se separaron en el pasillo y Elisa se dirigio a la salida. Afuera parecia haber dejado de llover, aunque el dia seguia gris. Con todo, le apetecia asomarse al exterior. Los barracones la agobiaban.
Cruzo frente al comedor, y estaba a punto de llegar a la salida cuando oyo los gritos.
Surgian bajo sus pies. Casi los podia sentir percutiendo en las suelas de sus zapatos, como el inicio de un terremoto. Por un instante no comprendio, pero enseguida cayo en la cuenta.
O no exactamente: Silberg habia llegado primero (quiza ya estaba alli) y se dirigia a la cocina a toda prisa.
El estomago se le convirtio en un puno de piedra mientras seguia al profesor aleman hasta la camara donde se hallaba la trampilla abierta de la despensa. Silberg se metio por ella y empezo a descender. Al lado de Elisa se materializo una sombra.
– ?Que ocurre? -pregunto Nadja, jadeante-. ?Quien grita de esa forma?
Silberg se habia detenido. La mitad de su cuerpo se hallaba fuera de la trampilla, como si estuviese haciendo cola para poder bajar, o como si contemplara algo que hubiera a sus pies.
Ahora los gritos eran diafanos, y se mezclaban con toses y jadeos. Al principio Elisa habia pensado en la senora Ross, pero se trataba de la voz de un hombre.
Entonces Silberg hizo algo que la dejo horrorizada: alzo su corpachon, subio de espaldas los tres peldanos de la escalera que habia bajado y se aparto de la trampilla gesticulando con sus grandes manos mientras sacudia la cabeza.
– No… No… No… -gemia.
Ver a aquel hombre inmenso sollozar como un nino castigado, todo el semblante convertido en una masa de cera, la impresiono mas que los gritos. Pero lo que sucedio a continuacion resulto peor.
Por la trampilla se alzaron otras manos, enguantadas. Un soldado. No traia casco ni metralleta, pero Elisa lo reconocio enseguida. El joven Stevenson parecia querer escapar de algo: corrio hacia la pared, junto a Silberg, luego hacia la opuesta, tambaleandose como un boxeador que hubiese recibido el punetazo decisivo del combate. Por fin cayo de rodillas y empezo a vomitar.
La trampilla seguia abierta, negra, paciente, como diciendo: «?Quien viene ahora?». Una boca sin dentadura que aguardara comida.
Elisa dio un paso hacia ella, y en ese instante alguien la aparto de un empellon.
– ?No puede entrar! -rugio Carter. Llevaba una pistola en la mano-. ?Quedese aqui! ?Quedense todos aqui! -En la otra mano sostenia una linterna encendida, sin duda tanto o mas util que la pistola, porque cuando termino de bajar la escalera la oscuridad parecio engullirlo.
Ahora habia mucha gente en la camara: otro soldado (era York), de botas y pantalones manchados de barro, intentaba tranquilizar a Stevenson sin resultado; Blanes y Marini discutian con Bergetti… Bajo tierra tambien habia confusion. Elisa distinguio perfectamente la voz de Colin Craig:
En medio del aturdimiento, le parecio casi seguro que habia sido Craig quien habia estado gritando todo el tiempo. Rapidamente, tomo una decision. Esquivo a Nadja y se introdujo en la trampilla. Bajo los primeros escalones maquinalmente.
Punto por punto, escena por escena, mientras descendia, revivio lo sucedido aquella madrugada, el mismo horror de voces y tinieblas, de confusion y sombras. Con una diferencia: en esa ocasion no logro seguir avanzando, pero no debido a ningun obstaculo sino a una vision.
Nunca se le olvidaria. Pasarian los anos y seguiria recordando aquello como la primera vez, como si el tiempo, en comparacion, no fuese mas que un engano, un disfraz que camuflara un presente constante e inamovible.
Carter se hallaba al fondo, en la camara de los refrigeradores, y su linterna era la unica luz en toda la despensa. Elisa podia ver su silueta recortada contra aquel resplandor. Lo demas, lo que no era la sombra negra de Carter, consistia en un color denso, pastoso, que parecia cubrir por completo las paredes, suelo y techo de la camara del fondo.
Rojo.
Era como si alguna bestia gigantesca se hubiese tragado a Carter y este se encontrase en el interior del estomago del monstruo, a punto de ser digerido.
No pudo seguir bajando. Aquella escena la paralizaba. Se quedo en mitad de la escalera, igual que Silberg, y noto que alguien la agarraba del brazo (un soldado: veia su mano enguantada). Escucho un mareante vertigo de ordenes en ingles procedente de las profundidades:
