La pastosa densidad de su voz iba acorde con su aspecto.
– Supongo.
– ?Por que no ha sido interceptado?
– No existian indicios de que hubiese involucrado a nadie, y sospecho que no existian porque lo recluto esta
– Mas les vale.
Aquella respuesta hizo que Harrison mirara a Paul Carter con curiosidad, pero Carter se habia vuelto otra vez hacia la ventanilla.
– De todas formas, la intromision de… otro elemento no modificara nuestros planes -agrego Harrison-. Ella y su amigo estaran pronto con nosotros. En el ajedrez de esta noche, lo unico que me preocupa es el movimiento de la pieza alemana.
– ?Ya ha emprendido el viaje?
– Esta a punto de hacerlo, pero el si sera interceptado. El y todo lo que lleva consigo.
De repente se opero la
Era el rostro de la profesora Elisa Robledo.
Harrison cogio aquella mascara con las dos manos, y entonces Carter comprendio lo que le sucedia.
En las facciones de Harrison toda emocion habia desaparecido. No solo la amabilidad que habia mostrado durante su charla con el joven conductor a su llegada a Barajas o la frialdad de su conversacion por el movil: cualquier otra clase de expresion, gesto o sentimiento. Aquellas facciones se hallaban saqueadas de vida. El hombre que conducia el Mercedes no podia verlos en la penumbra del interior del coche, de lo cual Carter se alegraba: si se le ocurria mirar por el retrovisor y descubria a Harrison (es decir,
Carter habia presenciado ya varios ataques semejantes. Harrison los calificaba de «crisis de nervios». Aducia que llevaba demasiados anos con aquel asunto, y ya deseaba jubilarse. Pero Carter sabia que habia algo mas. Las crisis eran peores despues de pasar por ciertas experiencias.
Se pregunto por que el mismo no empeoraba tambien; dedujo que era porque ya no podia estar peor.
– Hay cosas que nadie deberia… contemplar jamas -dijo Harrison recobrandose, plegando la pantalla y guardandola en el abrigo.
Pero lo cierto era que Paul Carter tenia miedo.
– ?Espera! ?Creo entenderlo todo!
– No, no puedes entenderlo aun.
– ?Si, espera…! La muerte de Sergio Marini… La noticia la han dado hoy, yo mismo te llame para que la vieras… -Victor abrio la boca y casi se irguio en el asiento-. ?Elisa, has relacionado una cosa con otra! ?Ya comprendo! Tuviste una experiencia horrible, lo reconozco… Murieron tres companeros de tu equipo debido a que uno de ellos enloquecio… ?Pero eso paso hace diez anos!
Le parecio que ella lo escuchaba con mucha atencion. Ahora lo veia claro: Elisa necesitaba mas de sus palabras que de su habilidad para conducir en plena noche por carreteras angostas. A ella solo la perseguian sus propios recuerdos. Tenia un miedo atroz a cosas que ya estaban muertas. De hecho, ?no recibia eso un nombre en medicina? ?Estres postraumatico? La horrible coincidencia del brutal asesinato de Sergio Marini lo habia precipitado todo… ?Que debia hacer el? Lo mas sensato: ayudarla a entenderlo de esa manera.
– Razona -le pidio-. Ric Valente tenia sobrados motivos para sufrir un desequilibrio mental, y te aseguro que no me sorprende que el Impacto, o lo que quiera que fuese, le hiciera brotar sus peores instintos… Pero ya murio, Elisa. No debes… -De repente el relampago de otra idea cruzo por su cabeza-. Un momento… Estamos yendo a ver a los demas; ?verdad? -El silencio de ella le hizo saber que habia acertado. Decidio seguir aventurandose-. Al resto del equipo de Zigzag, claro… Os vais a reunir esta noche. La muerte de Marini os ha hecho pensar que… que otro de vosotros ha perdido el juicio, como le ocurrio a Ric… Pero, en tal caso, ?no deberiais pedir ayuda?
– Nadie va a ayudarnos -dijo ella con la voz mas triste y remota que el le habia oido hasta entonces-. Nadie, Victor.
– El gobierno… Las autoridades… Eagle Group.
– Son ellos quienes nos persiguen. Es de
– Pero ?por que?
– Porque pretenden ayudarnos. -A el le parecio que con cada respuesta que Elisa le daba se introducia mas en un torbellino de circulos viciosos-. Cuando lleguemos a la reunion lo comprenderas todo. Ya falta poco. El desvio esta pasando este tramo…
Una doble curva lo mantuvo distraido un instante. Los nombres de las localidades que iban dejando atras se encadenaban en su mente: Cerceda, Manzanares el Real, Soto del Real… Leves luces flotaban dispersas por el campo negro y a veces confluian en pequenos enjambres de poblaciones. El paisaje que los rodeaba seria muy pintoresco a plena luz del dia (Victor ya lo habia recorrido en otras ocasiones), pero a esas horas era como deambular por las ruinas de una inmensa catedral embrujada. Entre el hombre y el terror media una distancia tan infima que, por si misma, produce espanto, pensaba Victor: tres horas antes cuidaba sus plantas hidroponicas en su confortable apartamento de Ciudad de los Periodistas, y ahora, miralo, vagando por un sendero tenebroso en compania de una mujer que quiza estuviese trastornada.
– ?Por eso vas armada? -Intento pensar velozmente-. ?Eagle Group es nuestro enemigo?
– No, nuestro enemigo es
Se adentro en otra curva. Los faros apuntaron un instante hacia los arboles.
– ?Que quieres decir? ?No fue Ric quien…?
– Lo de Ric fue una
– Pero, entonces…
– Victor -dijo ella con crudeza, mirandolo fijamente-: desde hace diez anos
El se disponia a replicar cuando, al girar en otra curva, los faros revelaron la carroceria del coche que les bloqueaba el paso.
21
Su cuerpo se convirtio en su pie derecho.
La mente no se simplifico tanto: tuvo tiempo de hacerse preguntas, descifrar el grito de Elisa, invocar a sus padres y a Dios y asumir una terrible certidumbre:
La masa de metal atravesada en la carretera se acerco al parabrisas como si fuese ella la que se moviera. A Victor-Pie-Derecho le parecio que todo el se hundia hasta el fondo de la maquinaria montado en el pedal del freno. En sus oidos, el grito de Elisa y los chillidos de las llantas al aferrarse al asfalto se fundieron en una sola nota, agudisima, una coral aterrada de viejas locas. Dos detalles resultaron afortunados: la curva no era muy
