cerrada y el obstaculo se hallaba algo alejado. Aun asi, y pese al giro que imprimio al volante hacia la izquierda, el costado derecho del coche golpeo la portezuela del conductor del vehiculo estacionado. Durante una fraccion de segundo casi se alegro.
– ?Dios! -grito Victor como si «Dios» fuese un insulto capaz de ruborizar a un descargador de muelles. Se volvio hacia Elisa-. ?Estas bien?
– Eso creo…
A Victor le temblaban las piernas (luego de cumplido su deber, su pie derecho se habia convertido en un flan inservible), pero sus manos habian tomado el control. Se desabrocho el cinturon mientras murmuraba: «Menudo cabron… Lo voy a denunciar… Desgraciado…». Estaba a punto de abrir la portezuela cuando algo lo detuvo.
La luz que cego su ventanilla se le antojo, por un instante, como proveniente de otro coche, pero flotaba en el aire y carecia de motor.
– Son ellos -murmuro Elisa.
– ?Ellos?
– Los que nos siguen.
Un puno de piel negra golpeo el cristal.
– Salga -dijo el puno.
– ?Oiga, que pasa…!
Victor solia enfadarse cuando sentia cualquier emocion intensa salvo enfado. En aquel momento sentia miedo. No deseaba abandonar el claustro protector de la cabina, pero tampoco le atraia desobedecer la orden de Puno Negro. Su miedo le decia «no abras», y el mismo miedo le susurraba «obedece». Trajes oscuros con los faldones de la chaqueta agitandose al viento desfilaron frente al cono de luz de los faros.
– No salgas -dijo Elisa-, yo hablare con ellos.
Estaba bajando la ventanilla manualmente. Un rostro desconocido se asomo por ella, junto con un trozo de luz. Elisa y el rostro se pusieron a hablar en ingles.
– El profesor Lopera no tiene nada que ver… Dejenlo ir…
– El debe venir tambien.
– Les repito que…
– No haga mas dificil la situacion, por favor.
Mientras presenciaba aquella discusion formal, la noche entro repentinamente en su asiento. De alguna forma habian logrado abrir la portezuela de su lado, pese a que no recordaba haber quitado el seguro. Ahora no habia barreras entre Puno Negro y el.
– Salga, profesor.
Una mano cino su brazo. Se le atragantaron las palabras: nadie lo habia tocado asi nunca; sus relaciones siempre se basaban en una distancia cortes. La mano tiraba, lo sacaba a rastras. Ahora, ademas de miedo, experimentaba la rabia del ciudadano honrado a quien la autoridad amedrenta.
– ?Oiga, pero…! ?Con que derecho…?
– Vamos.
Eran dos hombres, uno calvo y otro rubio. Quien hablaba era el calvo. Victor intuyo que el rubio ni siquiera comprendia el castellano.
No le hacia falta, por otra parte.
El rubio tenia una pistola.
La casa, a unos kilometros de Soto del Real, se hallaba tal como ella la recordaba. Acaso las diferencias fuesen que el interior parecia mas descuidado y que en los alrededores habia creido ver nuevas construcciones. Pero seguia teniendo el tejado a dos aguas, las paredes blancas, el porche y la vieja piscina. Era de noche, aunque tambien habia sido de noche cuando fue por primera vez.
Todo estaba igual y todo habia variado, porque durante su primera visita se habia sentido esperanzada y ahora, en cambio, se encontraba hundida, sin fuerzas.
La habitacion en la que la habian encerrado era un dormitorio pequeno con aspecto de no haber sido usado en anos. No habia decoracion, solo una cama sin cobertores y una mesilla con una lampara desnuda, que era lo unico que daba luz. Y dos armarios: uno de madera, con la puerta derecha combada por la vejez, y el otro de carne y hueso, traje oscuro, un audifono y los brazos cruzados, de pie frente a la puerta. Elisa ya habia intentado comunicarse con este ultimo, pero resultaba tan inutil como intentarlo con el primero.
Mientras paseaba por la desolada habitacion, espiada por su cancerbero, sus pensamientos se concentraban en una sola cosa de las muchas que le importaban, la mas urgente.
Ignoraba adonde lo habian llevado a el. Suponia que tambien a la casa, pero los hombres que les habian tendido la emboscada los habian separado, obligando a Victor a entrar en otro coche. A ella la habian trasladado en el automovil de Victor (tras quitarle, por supuesto, aquel estupido e inutil cuchillo). No obstante, estaba casi segura de que ambos se habian dirigido al mismo sitio, y que Victor habia llegado primero. En aquel momento estarian interrogandolo en otra habitacion.
Se habia propuesto ayudarle a salir de aquel agujero aunque fuese lo ultimo que hiciera. Involucrarle habia sido una debilidad fatal por su parte. Se juro a si misma que haria cualquier cosa, usaria su vida como moneda de cambio o puente para que el pudiese escapar. Pero antes tendria que saber la respuesta a algunas dudas terribles. Por ejemplo: ?por que habia recibido la
Veinte o treinta minutos despues, la puerta de la habitacion, se abrio con brusquedad, golpeando la espalda del guardian. Se asomo un individuo en mangas de camisa (no El Que Importaba, ese todavia no, aunque estaba segura de que no tardaria en encontrarselo). Hubo un intercambio de disculpas en ingles entre los dos hombres, pero ninguno le explico nada a ella. El tipo que la habia vigilado le hizo un gesto con la enorme cabeza y Elisa se acerco.
Atravesaron el salon en direccion a la escalera. Olia a cafe recien hecho, y hombres con chaqueta o en mangas de camisa iban y venian de la cocina portando tazas y vasos.
En la planta superior volvieron a registrarla.
No ya con un detector de metales, sino con las manos. Le hicieron quitarse la cazadora, alzar los brazos por encima de la cabeza y separar las piernas. Quien la registraba no era la reglamentaria mujer policia que puede tocar a otra mujer sino un hombre, pero le daba igual. Anos de vigilancia e interrogatorios la habian acostumbrado a perderse el respeto a si misma. Y era obvio que ellos tampoco la respetarian. ?Que buscaban? ?Que temian que ella pudiese hacerles?
Tras el riguroso examen el hombre asintio, le devolvio la cazadora y abrio la puerta de otra habitacion, una especie de biblioteca.
Y dentro, oh si, El Hijo de Puta Que Importaba.
– Profesora Robledo, siempre es un placer para mi volver a verla.
Creia sentirse preparada para encontrarse otra vez con el.
Se equivocaba.
Reprimiendo la furia, accedio a ocupar una butaca frente al pequeno escritorio. Uno de los hombres abandono la habitacion y cerro la puerta, el otro se quedo a su espalda preparado para actuar por si ella, digamos, decidia arrojarse contra el abuelito de pelo blanco y arrancarle los ojos. Lo cual era una posibilidad, desde luego.
– Se por que queria venir aqui esta noche -dijo el de pelo blanco en su ingles cabal, sentandose tras el escritorio despues de que ella lo hiciera. Era evidente que acababa de llegar: su abrigo se hallaba sobre una silla aun enjoyado del relente nocturno-. Le aseguro que no le quitare mucho tiempo. Solo una charla cordial. Luego podra reunirse con los amigos… -Una lampara de gran pantalla apoyada en la mesa le ocultaba a medias el rostro; el hombre la aparto, y ella pudo ver su sonrisa. No era el espectaculo que mas ansiaba contemplar, pero
