aun asi lo hizo.
Harrison habia envejecido notablemente durante aquellos ultimos anos, pero su mirada, hundida bajo el balcon de unas cejas casi inexistentes, y aquella sonrisa en su cara lampina (hacia tiempo que se habia quitado el bigote que llevaba cuando lo habia conocido), expresaba la misma «frialdad-cortesia-amenaza-confianza» de siempre. Quiza con algo mas brillando al fondo del todo. Algo nuevo. ?Odio? ?Miedo?
– ?Donde esta mi amigo? -dijo sin ganas de seguir descifrandolo.
– ?Cual de ellos? Tiene usted varios, y muy buenos.
– El profesor Victor Lopera.
– Oh, esta contestando unas cuantas preguntas. Cuando acabemos podra…
– Dejelo en paz. Soy yo quien les importa, Harrison. Dejelo marchar a el.
– Profesora, profesora… Su impaciencia es tan… Todo a su tiempo… ?Quiere una taza de cafe? No le ofrezco otra cosa: porque supongo que habra cenado ya… Las doce y media de la noche es una hora demasiado tardia incluso para ustedes los espanoles, ?eh? -Y se dirigio al fantasma de pie tras ella-. Di que traigan cafe, por favor.
A ella le apetecia el cafe, pero penso que no iba a aceptar ninguna cosa que aquel tipo le ofreciera, ni aunque se hallara agonizando en el suelo, envenenada, y el le tendiera el antidoto. Cuando el lacayo se marcho, decidio hacer la prueba de perder la paciencia.
– Escuche, Harrison. Si no deja a Lopera regresar a su casa le juro que voy a armarla… Armare una buena, de verdad: periodistas, tribunales, lo que caiga… No soy la misma idiota sumisa de antes.
– Usted nunca ha sido una idiota sumisa.
– Dejese de monsergas. Hablo en serio.
– Ah, ?si? -De pronto toda la cordialidad de Harrison habia desaparecido. Se irguio en el asiento y apunto su largo dedo indice hacia ella-. Pues le dire que podemos hacer nosotros: podemos procesarlos judicialmente, a usted y a su amigo Lopera. Podemos acusarla a usted de revelar material clasificado y a Lopera de encubrimiento y complicidad. Se ha saltado todas las normas legales sobre las que estampo su firma, de modo que basta de amenazar… ?Puedo saber donde esta el chiste?
Elisa se despejo el cabello de la cara mientras reia.
– ?Habla la voz de la justicia! Se han introducido en nuestras casas y nuestras vidas, nos espian desde hace anos, nos secuestran cuando les da la gana… Ahora mismo se encuentran invadiendo una propiedad privada: en su pais y en el mio eso se llama «allanamiento de morada»… ?Y todavia se permite hablar de leyes…!
La puerta los interrumpio, pero el gesto de Harrison informo a Elisa de que habia cambiado de opinion respecto del cafe, de lo cual se congratulaba.
– ?Asi califica las medidas destinadas a protegerla? -replico Harrison.
– ?Se refiere a protegerme como han protegido a Sergio Marini?
Harrison desvio un poco la cara, como si no hubiese oido bien. Ella recordaba ese gesto: entre los registros hipocritas de su interrogador aquel era uno de los grandes. No se molesto en repetir su pregunta.
– Acabo de venir de Milan, profesora. Le aseguro que no existen pruebas de que lo sucedido con el profesor Marini tenga nada que ver con el Proyecto Zigzag.
– Esta mintiendo.
– ?Que temperamento el suyo! -Harrison solto una carcajada-. Caracter espanol… Desde que la conozco es igual. Muy fuerte, muy apasionada… y muy desconfiada.
– La desconfianza me la enseno usted.
– Por favor, por favor…
Elisa percibia algo extrano en Harrison: como si detras de aquellas sonrisas y palabras corteses grunera un animal aterrorizado y peligroso, impaciente por soltarse y clavarle en el cuello su dentadura babeante.
La imprevista posibilidad de que el estado mental de Harrison fuese peor que el suyo propio renovo su panico. Comprendio entonces que le tranquilizaba mas como verdugo que como victima.
– ?Como murio Marini? -pregunto, escrutando detenidamente su rostro. Otra vez le vio hacer el desagradable gesto de «perdon, ?puede repetir?». Y en esa ocasion ella si repitio-. Le pregunto como murio Sergio Marini.
– Lo… lo golpearon. Presumiblemente ladrones, aunque esperamos un informe…
– ?Vio su cadaver?
– Si, claro. Pero ya le digo que lo golpearon…
–
Se echo a temblar cuando advirtio los esfuerzos de Harrison por eludir a toda costa su mirada.
– Profesora, nos estamos desviando del…
– Describame el estado del cuerpo de Sergio Marini…
– Dejeme hablar -mascullo Harrison entre dientes.
– Me esta mintiendo -gimio ella. Y rogo en silencio por que Harrison lo negase. Pero lo que hizo Harrison fue chillar. Y de una forma asombrosa, casi desganitandose. Paso de la suma tranquilidad a aquel alarido en cuestion de decimas de segundo.
–
Ya no le cupo duda alguna: todo habia sucedido otra vez.
Y Harrison ya no representaba siquiera una
Constatar aquellos hechos la hizo sentirse mas que indefensa: se sintio exanime.
Hay instantes que poseen profundidad, baches en el transcurrir de la conciencia, turbulencias del animo, y Elisa cayo de improviso por un abismo asi hasta alcanzar un fondo indefinible. Harrison dejo de importarle, Victor dejo de importarle, su vida dejo de importarle. Se sumio en un mundo vegetativo en el que oia las palabras de Harrison como si formaran parte de un aburrido programa de television.
– ?Por que no puede comprender que vamos en el mismo barco? Si se hunde usted, nos hundimos todos… Que caracter el suyo… Me admira y me atrae, lo reconozco, esa forma de ser… No crea que me estoy pasando de la raya: de sobra se que tengo demasiada edad y usted es muy joven… Pero me atrae, se lo digo francamente… Quiero ayudarla. Sin embargo, antes debo conocer las caracteristicas del… llamemosle «peligro». Si es que existe tal peligro…
Repentinamente todo paso: habia recordado lo unico por lo que todavia debia seguir luchando.
– Dejen libre a Victor y accedere a lo que quieran.
– ?Que lo dejemos
En ese punto no le faltaba razon a aquel cerdo, reconocio ella.
– ?Cuanto tiempo lo retendran?
– El que sea preciso. Queremos averiguar cuanto sabe.
– Yo misma puedo decirselo. No sera necesario que lo encierren completamente desnudo en una habitacion con camaras ocultas, le inyecten drogas y le hagan hablar de su vida intima con lujo de detalles… Aunque quiza este sea el programa reservado para las chicas, ?verdad? -Harrison no replico. Habia convertido su boca en un punto-. Le he contado lo de la isla -claudico ella-. Solo lo de la isla.
– Es usted una imprudente. -El la miro como si estuviese eligiendo un calificativo mucho mas vulgar, pero repitio-: Una imprudente.
– ?Necesitaba ayuda!
– Nosotros somos la ayuda…
–
– No levante la voz. -Harrison, que parecia mas interesado en enderezar la torcida pantalla de la lampara del escritorio, que en escucharla, abandono de improviso tal actividad, se levanto, rodeo la mesa y acerco su rostro a unos milimetros del de Elisa-. No levante la voz -repitio, punzando su cazadora con un dedo admonitorio-. No delante de mi.
– Y usted -replico Elisa, rechazando con violencia la mano de Harrison- no vuelva a tocarme.
La nueva interrupcion, esta vez procedente de la puerta opuesta, hizo que respirara aliviada. Harrison y su
