busque. Volveria a hacer lo mismo en las mismas circunstancias. Tengo un miedo atroz, Victor. Todos
De pronto aquel muneco de pelo rizado oscuro y gafas de intelectual, que ya no eran de John Lennon sino de modesto profesor de fisica, cobro vida.
– Esperad. He llegado hasta aqui por mi mismo, no porque tu lo quisieras, Elisa… Lo he hecho porque he querido hacerlo yo. Esperad. Esperad… -Hacia curiosos gestos, como si sostuviera una caja grande e intentara introducirla en otra apenas unos milimetros mayor, una especie de delicada prueba de destreza. A Elisa le sorprendio la fuerza inesperada de su voz-. Todo el mundo… Todo el que me conoce dice lo mismo: «Te he obligado a hacer esto, Victor, o lo otro, caramba, lo siento, Victor»… Pero no es asi. Soy yo quien decido. Quiza sea timido, pero tomo mis propias decisiones. Y esta noche he querido venir aqui y ayudarte… ayudaros en lo que pueda. Ha sido
– Gracias -susurro Elisa.
– En cualquier caso, deberiamos esperar a Reinhard -insistio Jacqueline Clissot-. Saber que opina.
Blanes nego con la cabeza.
– Victor ya esta aqui, y debemos contarle el resto. -Miro a Elisa-. ?Lo haras tu?
Ahora venia el momento dificil, y lo sabia. Luego tendria que enfrentarse a otro nada sencillo: averiguar quien de ellos los habia traicionado. Pero el simple hecho de narrar lo que habia estado ocultando durante los ultimos anos (lo mas espantoso) se le antojaba una prueba casi insuperable. Sin embargo, tambien sabia que ella era la mas indicada para hacerlo.
No miro a Victor, ni a nadie. Bajo la vista hacia el espacio de luz que circunscribia el flexo.
– Como ya te dije, Victor, aceptamos la explicacion que nos dieron sobre lo sucedido en Nueva Nelson y nos reintegramos a nuestra vida, tras jurar que respetariamos las normas que nos impusieron: no comunicarnos entre nosotros y no hablar a nadie de lo ocurrido. Hubo un minimo revuelo por la noticia del supuesto accidente en el laboratorio de Zurich, pero paso el tiempo y todo volvio a la normalidad…, al menos en apariencia. -Se detuvo y tomo aliento-. Entonces, hace cuatro anos, en las navidades de 2011… -Se estremecio al oirse a si misma decir: «Navidades de 2011».
Siguio hablando entre susurros, como si intentara dormir a un nino.
Comprendio que eso era exactamente lo que hacia: acunaba a su propio terror.
VI EL TERROR
Los cientificos no persiguen la verdad: es la verdad
la que les persigue a ellos
KARL SCHLECTA
22
La noche era muy fria, pero la pantalla del climatizador de su apartamento se mantenia invariablemente en veinticinco grados. Ella estaba en la cocina preparandose la cena. Se hallaba descalza, las unas de los pies y las manos cuidadosamente pintadas de rojo, el cabello negro y sedoso lanzando reflejos de peluqueria reciente, maquillada, con una bata morada hasta las rodillas y ropa interior muy sexy de encaje negro, sin medias. Su telefono movil parloteaba por el altavoz, colocado sobre un pedestal electronico. Era su madre: esas navidades las pasaria en la casa de Valencia junto a Eduardo, su actual companero, y deseaba saber si Elisa iria a verlos por Nochebuena.
– No es que quiera presionarte, Eli, entiendeme… Haz lo que quieras. Aunque supongo que siempre has hecho lo que has querido. Y tambien se que las fiestas no te importan demasiado…
– Deseo ir, mama, en serio. Pero no puedo decirtelo aun con seguridad.
– ?Cuando lo sabras?
– Te llamare el viernes.
Estaba haciendo escalivada, y en aquel momento conecto el extractor y volco el contenido de un mortero en la sarten ya calentada. Un rabioso chisporroteo la hizo retroceder. Tuvo que subir el volumen del altavoz.
– No quiero estropearte ningun plan, Eli, pero me parece que, si no tienes nada en perspectiva… En fin, deberias hacer un esfuerzo… Y que conste que no lo digo por mi. No del todo. -La voz vacilo-. Eres tu la que necesitas compania, hija. Siempre has sido un bicho solitario, pero lo que te ocurre ahora es diferente… Una madre nota esas cosas.
Aparto la sarten del fuego, saco la fuente del horno y rocio; las verduras con el contenido de la sarten.
– Llevas meses, mas bien anos, bastante apartada de todo. Pareces abstraida, como si estuvieras en otro sitio mientras te hablan. La ultima vez que viniste a casa, el domingo que almorzamos juntas, te juro que llegue a pensar que… no eras la misma.
– ?La misma que quien, mama?
Cogio una botella de agua mineral del frigorifico y una copa y se dirigio al salon pisando la mullida alfombra. Podia oir perfectamente el telefono desde alli.
– La misma que eras cuando vivias conmigo, Elisa.
No tuvo necesidad de encender ninguna luz: todas las luces de su casa estaban encendidas, incluyendo las de las habitaciones que no pensaba utilizar en aquel momento, como el cuarto de bano o el dormitorio. Pulsaba los interruptores en cuanto el sol menguaba. Pagaba una fortuna por aquella costumbre, sobre todo en invierno, pero la oscuridad era una de las cosas que no podia soportar. Dormia siempre con un par de lamparas encendidas.
– Bueno, no me hagas mucho caso -decia su madre-, no te he llamado para criticarte… -
Martin Rentero habia sido profesor de informatica en Alighieri hasta ese ano, en que habia obtenido una plaza en la Universidad de Barcelona y se habia trasladado a esa ciudad. Pero la semana anterior habia ido a Madrid para asistir a un congreso y Elisa habia vuelto a verle. Era un tipo de espeso cabello y bigote negros, consciente de su atractivo. Durante los anos en Alighieri habia invitado a cenar a Elisa un par de veces y le habia confesado cuanto le gustaba ella (no era la primera vez que un hombre le confesaba eso). Al encontrarse de nuevo con el, no le cupo duda alguna de que volveria a la carga. En efecto, nada mas verla le propuso salir el fin de semana, pero ella tenia que asistir a la cena de Navidad con sus companeros de Alighieri. Entonces Rentero habia dado un paso decisivo: habia planeado alquilar una casa en los Pirineos, podian pasar las fiestas alli. ?Que le parecia?
