dedo indice no le importaban una mierda, pero estaba empezando a comprender que el individuo que se hallaba inclinado sobre su rostro no era Harrison del todo. O quiza lo era al cien por cien, sin conservantes ni colorantes.

Reconocio de inmediato al tipo que aparecio en el umbral. Los anos transcurridos no habian hecho mella en aquel rostro de granito y aquella figura embutida a duras penas en un traje elegante. A Elisa casi le tranquilizo comprobar que al menos Carter seguia siendo el mismo.

– ?Por que me parecia que usted no debia de andar muy lejos? -pregunto con desprecio.

– Quieren verla- dijo Carter hacia Harrison, sin tenerla en cuenta.

Harrison sonrio, recobrando de golpe su cortesia.

– Claro. Acompane al senor Carter, profesora. El resto de sus amigos esta en esa habitacion. Al menos, los que han venido hasta el momento… Estoy seguro de que le apetecera volver a saludarlos. -Y mientras Elisa se levantaba agrego-: Tambien le gustara saber que nos hemos enterado de esta reunion gracias a uno de ustedes… -Ella le miro, incredula-. ?Le sorprende? Al parecer, no todos sus amigos opinan igual…

La habitacion contigua era oscura, una especie de salita en forma de ele mayuscula. Habia estanterias polvorientas, una television anticuada y un flexo inclinado sobre una mesa pequena. El flexo volcaba la luz como un misterioso robot que buscase algo oculto en una grieta de la madera. Elisa penso que, en cuanto pasara el tiempo suficiente, aquellas tinieblas empezarian a agobiarla, pero su temor aun era infimo en comparacion a la emocion del reencuentro.

Se le habia formado un nudo en la garganta al verlos.

El hombre y la mujer se hallaban sentados a la mesa, pero se levantaron cuando ella entro. Los saludos fueron rapidos: ligeros besos en las mejillas. Pese a todo, Elisa no pudo contener las lagrimas. Pensaba que por fin se encontraba junto a aquellos que podian comprender su pavor. Por fin estaba junto a los condenados.

– ?Y Reinhard? -pregunto, tremula.

– A estas horas esta saliendo de Berlin -dijo el hombre-. Lo esperaran en el aeropuerto y lo traeran aqui.

De modo que los habian vuelto a atrapar a todos, comprendio. Pero ?quien nos ha delatado? Los contemplo de nuevo. ?Quien de ellos?

Llevaba anos sin verlos, y la nueva transformacion que advirtio en ambos le sorprendio, como le habia sorprendido la anterior. La mujer no solo no habia perdido su atractivo, sino que Elisa penso que incluso lo habia incrementado, aunque debia de contar ya con cuarenta y pico de edad, y pese a que habia adelgazado notoriamente. Sin embargo, su apariencia era chocante. Llevaba el largo pelo tenido de rojo y echado hacia atras formando una melena espesa, su rostro estaba empolvado y se habia depilado las cejas. Los labios eran muy rojos. En cuanto al vestuario, resultaba llamativo: top de tirantes cerrado por la parte anterior, pantalones cenidos y zapatos de tacon, todo en negro. Encima llevaba una rebeca corriente, quiza porque al final (suponia Elisa) habia deseado atenuar aquel triste y provocativo aire que emanaba de toda su persona. En cuanto a el, se habia quedado completamente calvo, habia ganado varios kilos y gastaba una barba moderada, gris como el color de su cazadora y sus pantalones de pana. Se notaban mucho mas los anos en el que en ella, pero por dentro ella parecia mas derruida que el. El sonreia, ella no. Esas eran las diferencias apreciables.

En otro orden de cosas, sus miradas pertenecian al mismo clan que la de Elisa. Tenian un aire de familia, pensaba ella. La familia de los condenados.

– Juntos otra vez -dijo.

Se hallaba de espaldas, y percibio primero los pasos y luego el sonido de la puerta al abrirse. Victor miraba como un conejo asustado tras las gafas. Parecia sano y salvo; lo cual, y aunque ella habia estado segura desde el principio de que no lo danarian, hizo que respirara aliviada.

– Elisa, ?estas bien?

– Si, ?Y tu?

– Tambien. Solo respondi unas cuantas preguntas… -En ese instante Victor reparo en el hombre y su cara revelo un destello de reconocimiento-. ?Profesor… Blanes?

– Es Victor Lopera, ?lo recuerdas? -dijo Elisa hacia Blanes-. Del curso de Alighieri. Es un buen amigo. Le he contado muchas cosas esta noche…

La mujer respiro ruidosamente mientras Victor y Blanes se estrechaban la mano. Elisa la senalo entonces.

– Te presento a Jacqueline Clissot. Ya te he hablado de ella.

– Encantado -dijo Victor, y su nuez parecio saludar tambien desde su cuello.

Clissot se limito a mirarle haciendo un gesto con la cabeza. El sonrojo y la rigida torpeza de Victor al sentirse protagonista involuntario de la situacion podian resultar comicos, pero nadie sonreia.

Se oyo la petrea voz de Carter desde la puerta.

– ?Quieren algo de comer?

– Queremos que nos dejen solos, si es posible -replico Elisa, sin molestarse en ocultar el desagrado que Carter le inspiraba-. Todavia tienen que esperar al profesor Silberg antes de tomar una decision sobre nosotros, ?no? Ademas, podran escuchar todo lo que decimos desde uno de los centenares de microfonos que hay en la habitacion, de modo que ?que les parece si se marchan de una puta vez y cierran la puerta?

– Dejenos, Carter -pidio Blanes-. Ella tiene razon.

Carter siguio mirandolos como si se hallara a miles de kilometros de alli y las palabras sufrieran cierto retraso en alcanzarle. Luego se volvio hacia sus hombres.

Cuando la puerta se cerro, quedaron los cuatro sentados a la mesa. A Elisa se lo ocurrio un simil. Vamos a jugar con las cartas boca arriba.

El primer turno se lo arrebato Jacqueline.

– Has cometido un grave error, Elisa. -Miro de reojo a Victor, que parecia fascinado con ella. En verdad, el aspecto y la voz de Jacqueline Clissot resultaban muy seductores, pero mientras la contemplaba, Elisa no podia evitar pensar en el infierno que debia de estar viviendo aquella pobre mujer. Quiza peor que el mio-. No debiste mezclar a nadie en… En lo nuestro.

Encajo el golpe. Ella tambien tenia algunos que dar, pero antes preferia aclarar las cosas.

– Victor todavia puede elegir. Solo conoce lo ocurrido en Nueva Nelson, y ellos le dejaran en paz si se compromete a no hablar.

– Estoy de acuerdo -admitio Blanes-. Lo que menos le interesa a Harrison es complicar las cosas.

– ?Y tu? -indago Elisa hacia Jacqueline, repentinamente cruel-. ?Es que nunca has intentado buscar ninguna ayuda por tu cuenta, Jacqueline?

Se reprocho aquella pregunta nada mas hacerla. Los ojos de la mujer se desviaron de los suyos. Comprendio que, en Jacqueline, aquella conducta se habia vuelto un habito: desviar su mirada de la de otros.

– Hace tiempo que sobrellevo sola mi propia vida -declaro Clissot.

Elisa no replico. No queria discutir, menos aun con Jacqueline, pero no le gustaba aquel papel de «Mira- Cuanto-Sufro» que se habia adjudicado la francesa.

– Sea como fuere -dijo Blanes-, Elisa ha traido a Victor y tenemos que aceptarlo. Yo, al menos, lo acepto.

– Tiene que ser el quien acepte, David -repuso Clissot-. Debemos contarle el resto y dejar que decida si quiere seguir con nosotros.

– Muy bien. Estoy de acuerdo. -Blanes se frotaba las sienes como si quisiera abrir una salida para sus pensamientos. Elisa percibia tambien un cambio en el, pero le resultaba mas dificil de desentranar que el de Jacqueline. Estaba… ?mas confiado? ?Con mas fuerzas? ?O se trataba solo del deseo que ella tenia de verlo asi?-. ?Que opinas, Elisa?

– Le contaremos lo demas y el decidira. -Elisa se volvio hacia Victor y le tendio la mano, cautelosa pero firme-. No quiero que esto se convierta para ti en un paso sin vuelta atras, Victor. Se que no debi mezclarte con nada de esto, pero te necesitaba… Deseaba que vinieras. Deseaba que alguien de fuera juzgara lo que nos ocurre.

– No, yo…

– Escuchame. -Elisa apreto sus manos-. No es una disculpa. Crei que las cosas saldrian de otra manera, que esta reunion ocurriria de otra forma… No estoy disculpandome -repitio con enfasis-. Te necesitaba, y por eso te

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