Eso sonaba demasiado fuerte para ella, se lo estaba pensando. Martin le agradaba, y sabia que necesitaba compania. Pero, por otra parte, tenia miedo.
No miedo
– Si tuvieras algun plan, no harias mal en decirmelo.
– No, mama, ninguno.
En ese instante el telefono del salon repico. Se pregunto quien podia ser. No esperaba ninguna otra llamada esa noche, y no la
– Perdona, luego te llamare, mama. Me estan llamando por el otro telefono…
– No te olvides, Eli.
Desconecto el movil y se dirigio al comedor mientras pensaba que lo mas seguro era que se tratase de Rentero, a causa del cual su madre la estaba sometiendo a aquel tercer grado. Descolgo antes de que su contestador automatico se pusiera en marcha.
Hubo una pausa. Un ligero zumbido.
– ?Elisa…? -Una mujer joven, con acento extranjero-. ?Elisa Robledo? -La voz temblaba, como si procediera de un lugar mucho mas frio que el interior de su apartamento-. Soy Nadja Petrova.
De algun modo, por algun misterioso contagio a traves de los kilometros de cable y el oceano de ondas, el frio de aquella voz se transmitio a su cuerpo apenas vestido.
A decir verdad, no era que hubiese olvidado lo ocurrido en ningun momento. Pero el paso del tiempo tenia algo de capa forrada de lana para proteger un interior desnudo y aterido. El tiempo no mitigaba nada, creia comprender, esa idea era falsa: lo que hacia era
Sin embargo, no le daba demasiada importancia a todo eso. Habian pasado seis anos, tenia veintinueve, habia conseguido una plaza fija de profesora en una universidad y se dedicaba a ensenar lo que le gustaba. Vivia sola, cierto, pero independiente, con piso propio, sin deberle nada a nadie. Ganaba lo suficiente para permitirse cualquier clase de pequeno capricho, hubiese podido viajar de haber querido (no queria) o tener mas amigos (tampoco). Lo demas… ?A que se reducia lo demas?
A sus noches.
?Que mas? Tenia que vivir con las luces encendidas, claro, pero otras personas no podian entrar en ascensores ni atravesar plazas hormigueantes de gente. Habia hecho instalar puertas reforzadas, persianas blindadas, cerraduras electronicas y alarmas domoticas que la protegian de cualquier intento de intrusion. Pero, en fin, los tiempos eran muy malos. ?Quien podia reprocharselo?
Una vez al mes varios especialistas de Eagle viajaban a Madrid para someterla a un chequeo en secreto: analisis de sangre y orina, radiografias, pruebas psicologicas y una larga entrevista. Ella se dejaba hacer. El lugar donde la citaban no era una clinica sino un piso de Principe de Vergara con una decoracion anodina. Los analisis y las radiografias se las hacia la semana previa en el consultorio de un medico particular, de modo que los especialistas contaban con los resultados cuando ella los veia. Aquellas citas le costaban mucho esfuerzo, porque se prolongaban durante casi todo el dia (pruebas psicologicas por la manana y entrevista por la tarde) obligandola a interrumpir las clases, pero habia llegado a acostumbrarse, incluso a necesitarlas; al menos, eran gente con la que podia hablar.
Los especialistas atribuian sus pesadillas a efectos residuales, del Impacto. Afirmaban que a otros miembros del equipo les sucedia lo mismo, explicacion que, para su sorpresa, lograba tranquilizarla.
No habia vuelto a hablar con ninguno de sus companeros,: no solo porque se habia comprometido a no hacerlo, sino porque, a esas alturas, ya habia dejado de importarle seguirles el rastro. Pero habia ido coleccionando noticias dispersas a lo largo de los anos. Por ejemplo, sabia que Blanes no daba senales de vida en el mundo cientifico y se hallaba recluido en Zurich; corria rumor de que estaba muy afectado por el cancer que padecia su antiguo mentor, ya jubilado, Albert Grossmann. A Marini y Craig, por lo que a ella respectaba, bien podia haberselos tragado la tierra, aunque habia oido que Marini ya no daba clases. Sus ultimas informaciones apuntaban a que Jacqueline Clissot y Reinhard Silberg tambien se habian retirado de la circulacion academica, y Clissot, en concreto, habia caido «enferma» (pero que podia ser su mal, nadie parecia saberlo). En cuanto a Nadja, le habia perdido la pista del todo. Y ella misma…
Bueno, alli estaba, aquella noche de diciembre, vestida con una bata y unos encajes de Victoria's Secret, disponiendose a tomar escalivada para cenar antes de dedicarse a su «juego» del Senor Ojos Blancos, y escuchando, de repente, la voz de su pasado.
Habia una foto. Mostraba a un hombre aun joven pero de aspecto demacrado, rala barba gris y gafas de montura de alambre, junto a una mujer bonita, aunque de cara algo redonda, que cargaba a un nino de pelo revuelto y rubio de unos cinco anos de edad. El nino, desafortunadamente, habia heredado la misma redondez facial de su madre. La madre y el nino sonreian sin reparos (al nino le faltaban dientes), mientras que el hombre permanecia serio, como si se hubiese visto forzado a posar para no enfadar a nadie. Habian sido fotografiados en un jardin; al fondo habia una casa.
Imaginaba escenas al mirar aquella foto. Por descontado, la noticia no ofrecia tales detalles, y ella sabia que su fantasia los inventaba, como inventaba las perversas palabras del Senor Ojos Blancos, pero aun asi aquellas escenas saltaban a su conciencia como fotos con flash.
Estaba sentada en la alfombra, frente al televisor, con las piernas encogidas y entrelazadas cubiertas a medias por la bata, como si se dispusiera a adoptar la postura del loto. Pero no usaba la television sino el teclado de Internet adosado al receptor. La pagina pertenecia a un canal britanico de noticias de ultima hora. Era el unico
