estuviese acostumbrada a encontrarse sola -al fin y al cabo, asi vivia en Paris-, sino por lo contrario: porque creia, o sospechaba, o intuia, que nunca estaba sola
Incluso cuando no habia nadie a su alrededor.
O eso creia. Hasta que esa tarde habia hablado con Jacqueline.
Durante los primeros meses tras su regreso de Nueva Nelson habia intentado restablecer sin exito el contacto con su antigua profesora. Habia llamado a la universidad, al laboratorio incluso a su casa. Lo primero que supo fue que Jacqueline habia resultado «herida» en la explosion de la isla. Luego le dijeron que habia pedido una baja indefinida en la universidad. Los tecnicos de Eagle le reprocharon aquellas llamadas, recordandole que estaba prohibido comunicarse con otros miembros del proyecto por razones de seguridad. Eso no hizo mas que irritarla, y su estado empeoro. Entonces la tactica de ellos cambio: le daban noticias de Jacqueline casi cada mes. La profesora Clissot se encontraba bien, aunque habia abandonado el ejercicio de su profesion. Mas tarde se entero de que se habia divorciado. Escribia libros, era una mujer independiente que habia decidido darle un nuevo rumbo a su vida.
Nadja habia terminado aceptando que nunca mas la veria. A fin de cuentas, ella tambien le habia dado un nuevo rumbo a su vida.
Hasta aquella misma tarde, hacia unas horas, en que su telefono movil habia sonado y habia averiguado que los «rumbos» de Jacqueline y de ella (y quiza de Elisa) eran muy parecidos: soledad, angustia, obsesion por cuidar el aspecto y ciertas fantasias relacionadas con…
Ni siquiera recordaba quien de las dos habia dicho la primera palabra sobre
Entre los azulejos anaranjados de la cabina de la ducha discurria una hilera de pajaros de colores pintados en la ceramica. Nadja los contemplo para distraerse mientras sostenia el grifo con la mano izquierda apuntando hacia la espalda.
Las luces se apagaron de manera tan suave e inesperada que casi siguio viendo aquellos pajaros cuando las tinieblas la envolvieron.
Estaba llegando a Moncloa. Su ansiedad, sin embargo, habia empeorado. Le entraron ganas de tocar el claxon, pedir paso, apretar el acelerador.
De pronto se sentia muy angustiada.
Podia resultar increible, pero tenia la extrana certidumbre de que era vital que se apresurase.
Respiro aliviada al ver que el edificio parecia tranquilo. Sin embargo, aquel aspecto de normalidad tambien la agobiaba. Encontro un espacio para estacionar, entro en el portal y subio la escalera atropelladamente, pensando que algo malo habia sucedido.
Pero Nadja misma le abrio la puerta, sonriendo. Toda la gelida inquietud que habia sentido durante el trayecto se derritio bajo la calidez del saludo. No pudo evitar llorar de alegria mientras abrazaba a su amiga con fuerza. Luego se aparto y la miro detenidamente.
– ?Que rayos te has hecho en el pelo?
– Me lo he tenido.
Estaba muy maquillada, guapa, elegante. Despedia olor a perfume. Hizo pasar a Elisa a un salon acogedor y luminoso, con un abeto con bombillas en una esquina, y le ofrecio algo de beber antes de salir a cenar. Ella acepto una cerveza. Nadja trajo una bandeja con dos vasos rebosantes de espuma, la deposito en una mesa de centro, se sento frente a Elisa y dijo:
– La verdad, me arrepiento de haberte molestado. Soy tonta, Elisa. No debi llamarte.
– Para mi no ha sido ninguna molestia, al contrario. Queria verte.
– Ya me estas viendo. -Nadja cruzo las piernas revelando la abertura de la minifalda y la liga negra de la media. Estaba muy sexy. Elisa advirtio que hablaba un castellano perfecto, incluso sin acento. Iba a decirselo cuando Nadja anadio-: Sinceramente, pense que te estaba obligando a venir.
– ?Como pudiste pensar eso?
– Bueno, llevas seis anos sin intentar ponerte en contacto conmigo. Habrias podido hacerlo, sabias que vivia en Paris… Pero quiza yo no te importaba.
– Tu tampoco me llamaste -se defendio ella.
– Es verdad, no me hagas caso. Lo que me pasa es que he vivido muy sola todo este tiempo. -De repente su voz se endurecio-. Muy sola. Preocupada por gustarle. Cuidandome
– Si, ya lo se.
Aquella ultima frase la habia hundido, impidiendole enfadarse por los no tan velados reproches de su amiga.
– Lo siento de veras, Nadja. Me hubiese gustado mantener el contacto entre ambas, te lo juro, pero tenia miedo… Se perfectamente que
Nadja ya no estaba en el sofa. Ni en ninguna otra parte del salon.
En ese instante todas las luces se apagaron, incluyendo las del abeto. No se preocupo demasiado: sin duda se trataba de un cortocircuito en la planta que abastecia la ciudad. En cualquier caso, sus ojos empezaron a acostumbrarse a las tinieblas. Cruzo la habitacion a tientas y distinguio el comienzo de un pasillo.
Llamo a Nadja, pero se sintio mal al oir el eco de su propia voz. Avanzo algunos pasos. De repente su zapato hizo crujir algo. Cristales. ?Una bola del futuro hecha trizas? ?La bola de
Mas tranquila, siguio caminando por el oscuro pasillo hasta alcanzar una suerte de encrucijada: una puerta abierta a la izquierda, otra cerrada a la derecha, esta ultima de vidrio esmerilado. Quiza fuera la entrada a la cocina. Se volvio hacia la de la izquierda y quedo rigida.
No estaba abierta sino arrancada. Las bisagras, cubiertas de polvo o serrin, sobresalian del marco como clavos torcidos. Mas alla, la oscuridad era total. Se adentro en ella.
– ?Nadja?
No oia nada, salvo sus pasos. En un momento dado un borde romo le golpeo el vientre. Un lavabo. Estaba en un cuarto de bano. Siguio caminando. Era un bano inmenso.
De repente comprendio que no se trataba de un bano, ni de una casa. El suelo lo formaba una capa espesa de algo que podia ser barro. Alargo una mano y toco una pared que se hallaba como recubierta de moho. Tropezo con un objeto, oyo un chapoteo, se agacho. Era un trozo de cosa blanca, quiza un sofa roto. Y ahora distinguia,
