esparcidos a su alrededor, otros fragmentos de muebles destrozados. La temperatura era gelida y apenas habia olores; solo uno, sutil pero persistente: mezcla de caverna y cuerpos, carne y cueva juntas.

Aquel era el lugar. Alli era. Ya habia llegado.

Siguio caminado por aquella soledad arrasada y volvio a tropezar con otro de los muebles despedazados.

Entonces se dio cuenta.

No eran muebles.

Sin poderlo evitar, un hilo calido se precipito por sus muslos y formo un charco a sus pies. Tambien queria vomitar, pero un nudo en la garganta le impedia la emision de cosas o palabras. Sintio un mareo. Al tender la mano para apoyarse en la pared comprendio que lo que habia tomado al principio por moho era la misma sustancia espesa y humeda del suelo. Llenaba cada resquicio, cada lugar, incluso creyo distinguir que partes de aquella cosa colgaban del techo como telaranas.

Otra pared se habia alzado en su camino, y se asombro al comprobar que podia trepar por ella. Pero se trataba del suelo, aunque no recordaba haberse caido. Se incorporo, quedo de rodillas. Se froto los brazos y noto la piel desnuda. En algun momento del trayecto debia de haberse quitado toda la ropa, aunque ignoraba por que lo habia hecho. Quiza le habia dado asco ensuciarsela un rato antes.

De repente alzo la cabeza y la vio.

No le costo reconocerla, pese a la oscuridad: distinguia los bucles de su pelo blanco (aunque creia recordar que antes lo llevaba negro) y el contorno de su silueta. Pero noto enseguida que a Nadja le ocurria algo extrano.

Sin abandonar su postura arrodillada -no queria levantarse, sabia que el la estaba observando- tendio las manos: no percibio ni un atisbo de movimiento en aquellas piernas de marmol, pero tampoco daba la sensacion de que estuviera paralizada. Su piel seguia tibia. Era como si bajo la carne de Nadja no hubiese nada que pudiera ejercer el oficio de moverse.

Subitamente, una especie de punado de arena le cayo en los ojos. Bajo la cabeza y se los froto. Algo rozo su pelo. Volvio a levantar la cara y un grumo se estrello contra su boca, haciendola toser.

Fue consciente de la horrenda verdad: el cuerpo de Nadja se desmenuzaba como si estuviese hecho de azucar en polvo y ella, al tocarlo, hubiese provocado un alud. Las mejillas, ojos, cabello, pechos…, todo se desprendia con un ruido como de viento barriendo nieve.

Quiso apartarse de aquel granizo que era la carne de Nadja, pero descubrio que no podia. La avalancha se lo impedia, era enorme, iba a quedar enterrada, se asfixiaria…

Y entonces, alzandose detras de la figura que se desplomaba, surgio el.

– ?Oiga, senora!

– Parece drogada…

– ?Por que nadie avisa a la policia?

– ?Senora! ?Se siente bien?

– ?Puede apartar el coche, por favor? ?Esta estorbando el trafico!

Otros rostros se sumaban a los mas cercanos y decian otras cosas, pero Elisa observaba, sobre todo, al hombre que ocupa ha mas de dos tercios de la ventanilla y a la mujer joven que se repartia el resto del cristal. Lo demas era el parabrisas, donde empezaban a aterrizar pequenas gotas de lluvia nocturna.

Enseguida comprendio su situacion: se hallaba detenida ante un semaforo en rojo, aunque solo Dios sabia cuantos verdes y amarillos habian desfilado antes de que despertara. Por que intuia que se habia quedado dormida dentro del coche y habia sonado que visitaba a Nadja y todo lo demas, incluyendo (por suerte, era un sueno) el horrible hallazgo de su cuerpo. Pero no, no se habia dormido: lo supo al percibir la humedad en la pernera de su pantalon y el hedor a orines. Habia sufrido una «desconexion», un «sueno de vigilia». Ya le habia sucedido en otras ocasiones, aunque era la primera vez que le ocurria fuera de casa y que se orinaba encima.

– Lo siento… -dijo, aturdida-. ?Lo siento, perdonen!

Movio la mano en un gesto de disculpa y el hombre y la mujer se dieron por satisfechos y se apartaron. El retrovisor mostraba toda una fila de airadas maquinas que se esforzaban por salvar el obstaculo que ella representaba. Se apresuro a maniobrar y acelero. Justo a tiempo, se dijo al advertir en uno de los espejos laterales un chaleco fosforescente bajo una pelliza oscura: lo ultimo que deseaba era que un policia la entretuviese.

Se encontraba ya en Moncloa, pero la densidad del trafico en aquella noche de caos navideno y su propio deseo de llegar parecian haberse aliado para demorarla. En un momento dado se detuvo en medio de una calle de doble direccion entre un griterio de freneticas bocinas y sirenas remotas. Estaba lloviznando, y eso empeoraba la situacion. Giro el volante de su Peugeot hacia la acera. No quedaba ni un sitio libre, pero estaciono en doble fila, abandono el vehiculo y echo a correr por la acera con el bolso sujeto de las correas como un perro pequeno.

Estaba tan asustada que su propio susto la atemorizaba aun mas, lo cual no hacia sino incrementarlo, en una especie de juego de apuestas donde minimas cantidades se transformaran en enormes debido a la contribucion de infinitos jugadores. Tenia la boca abierta y seca: solo la llovizna la humedecia por dentro.

No le ha pasado nada. Fue una de tus crisis. A ella no le ha pasado nada…

Se detuvo en un par de ocasiones a leer las placas en forma de lapidas con el nombre de las calles. Se habia confundido. Le pregunto, casi gritando, a un viejo de cara amarillenta que la contemplaba con curiosidad desde un portal. El viejo ignoraba a que calle se referia. Lo discutio con una senora que salia en ese instante.

Entonces oyo la sirena.

Dejo al viejo y a la senora discutiendo y echo a correr.

No sabia por que corria. No sabia adonde iba ni por que tenia que llegar tan deprisa. Corrio esquivando sombras enfundadas en abrigos y escudos de paraguas negros. Corrio tan deprisa que el aliento que soltaba, convertido en vaho, iba mas lento que ella y le golpeaba el rostro al quedar atras.

El vehiculo era un todoterreno y llevaba luces giratorias. Armaba un escandalo infernal mientras se introducia por las calles. Debido a la aglomeracion de coches, sin embargo, ella no lo perdia de vista.

De repente todo el mundo empezo a correr y todos los coches parecian llevar luces en el techo y todas las sirenas y alarmas se habian puesto a sonar al mismo tiempo. Encontro la calle que buscaba, pero estaba bloqueada por furgonetas oscuras. Frente al portal de Nadja habia mas furgonetas, ambulancias del SAMUR y coches de policia. Figuras con casco que semejaban unidades antidisturbios pedian a la gente que retrocediera.

Un embrion de frio crecia y pataleaba en la boca de su estomago. Avanzo hasta la primera fila, la traspaso y un guante se enrosco en su brazo. El hombre que le hablo no parecia un hombre: llevaba casco y mascara; solo sus ojos aparentaban vida alli al fondo, ocultos bajo capas y capas de ley y orden.

– Senora, no puede pasar.

– Alli… hay una… amiga… -gimio ella, jadeando.

– Retroceda, por favor.

– Pero ?que es lo que ocurre? -pregunto una mujer junto a ella.

– Terroristas -dijo el policia. Elisa intentaba recobrar el aliento.

– Una amiga… Quiero verla…

– ?Elisa Robledo? -oyo de repente-. ?Es usted?

Era otro hombre, aunque mucho mas real. Bien vestido, con traje y corbata, pelo negro engominado y peinado hacia atras. Un desconocido, pero Elisa se agarro a su sonrisa y sus ademanes amables como a una rama colgando de un abismo.

– La he reconocido -dijo el hombre acercandose sin dejar de sonreir-. La senorita puede pasar -agrego hacia el enmascarado-. Acompaneme, profesora, por favor.

– ?Que ha sucedido? -pregunto ella sin tiempo apenas para recuperar el resuello, siguiendo los pasos apresurados de su guia a traves de un caos ensordecedor de luces y radios chillonas.

– En realidad, nada. -El hombre cruzo frente al portal del edificio pero no entro. Siguio caminando por la acera con rapidez-. Estamos aqui solo…

– ?Como ha dicho? -Ella no habia entendido la ultima palabra.

– Como proteccion -repitio el hombre alzando la voz-. Hemos venido como proteccion.

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