– Bueno, pues yo no voy a barrer los trozos de cristal. No pertenezco al personal de limpieza.

– Me parece muy bien, dejelos donde estan.

– ?Esta usted sola, senorita?

– Si.

– Echare un vistazo.

– Como si estuviera en su casa.

Jeannie aferro el picaporte con las dos manos. Si el hombre intentaba abrir la puerta, ella lo impediria.

Le oyo andar por el laboratorio.

– ?Que clase de trabajo esta haciendo, de todas formas?

Su voz sonaba muy cerca de Jeannie. La de Lisa le llego de mas lejos.

– Me encantaria hablar un rato, pero sucede que no tengo tiempo, lo que si tengo es una barbaridad de trabajo.

«Si no tuviese tanto trabajo, tio, no estaria aqui en plena noche, asi que, ?porque no te largas y le dejas que lo haga?»

– Esta bien, no pasa nada. -La voz sonaba justo delante de la puerta del armario-. ?Que hay aqui dentro?

Jeannie apreto con fuerza el picaporte y empujo hacia arriba, dispuesta a resistir la posible presion.

– Ahi es donde guardamos los cromosomas de virus radiactivos -dijo Lisa-. Probablemente es completamente seguro, aunque puede entrar si no esta cerrado con llave.

Jeannie contuvo una carcajada histerica. Los cromosomas de virus radiactivos era un camelo inexistente.

– Creo que pasare de ello -dijo el guardia de seguridad. Jeannie estaba a punto de soltar el picaporte cuando noto una repentina presion. Tiro hacia arriba con todas sus fuerzas. El guardia constato-: Esta cerrado, de todas formas.

Sucedio una pausa de silencio. Cuando el hombre volvio a hablar, su voz sono distante y Jeannie se relajo.

– Si se siente sola, venga a la garita de vigilancia. Le preparare una taza de cafe.

– Gracias -respondio Lisa.

La tension de Jeannie empezo a suavizarse, pero la cautela le aconsejo seguir donde estaba, a la espera de que el terreno se despejase definitiva y totalmente. Al cabo de un par de minutos, Lisa abrio la puerta.

– Ahora esta saliendo del edificio informo.

Volvieron a los telefonos.

Murray Claud era otro nombre poco corriente y lo localizaron enseguida. Jeannie hizo la llamada. Murray Claud padre le dijo, con voz prenada de amargura y perplejidad, que su hijo estaba en la carcel de Atenas desde hacia tres anos, a raiz de una pelea en una taberna a navajazo limpio, y no lo dejarian en libertad hasta el mes de enero, como muy pronto.

– Ese chico podria haber sido cualquier cosa -explico el hombre-. Astronauta. Premio Nobel. Estrella cinematografica. Presidente de Estados Unidos. Es inteligente, tiene encanto y buena presencia. Y todo lo ha tirado por la ventana. Sencillamente lo ha tirado por la ventana.

Jeannie comprendio el dolor de aquel padre. Estuvo tentada de contarle la verdad, pero no estaba preparada y, de cualquier modo, tampoco disponia de tiempo. Se prometio volverle a llamar, otro dia, y proporcionarle todo el consuelo que pudiera ofrecerle. Luego colgo.

Dejaron a Harvey Jones el ultimo porque sabian que iba a ser el mas dificil.

La moral de Jeannie descendio hasta quedar a la altura del barro cuando comprobo que habia casi un millon de Jones en Estados Unidos y que H. era una inicial de lo mas corriente. El segundo nombre era John. Habia nacido en el Hospital Walter Reed, de Washington, D.C., asi que Jeannie y Lisa empezaron por llamar a todos los Harvey Jones, a todos los H. J. Jones y a todos los H. Jones de la guia telefonica de Washington. No encontraron uno solo que hubiese nacido aproximadamente veintidos anos atras en el Walter Reed; pero, lo que aun era peor, acumularon una larga lista de posibles: gente que no contesto al telefono.

De nuevo Jeannie empezo a dudar de las posibilidades de exito de aquella tarea. Habian dejado sin resolver tres George Dassault y ahora veinte o treinta H. Jones. Su enfoque era teoricamente solido, pero si las personas no respondian a su llamada, no podian interrogarlas. Empezaba a tener la vista borrosa y los nervios de punta a causa del exceso de cafe y de no dormir.

A las cuatro de la madrugada Lisa y ella la emprendieron con los Jones de Filadelfia.

A las cuatro y media, Jeannie lo encontro.

Penso que iba a ser otro de los posibles que quedarian aplazados. El telefono sono cuatro veces y acto seguido se produjo la caracteristica pausa y el no menos caracteristico chasquido de un contestador automatico. Pero la voz del contestador le resulto sobrecogedoramente familiar.

– Llama usted al domicilio de Harvey Jones -decia el mensaje, y a Jeannie se le erizaron los pelos de la nuca. Era como escuchar a Steve: el mismo timbre de voz, diccion, expresiones, todo era de Steve-. En este momento no puedo ponerme al telefono, de modo que tenga la bondad de dejar su recado despues de oir la senal.

Jeannie colgo y comprobo la direccion. Era un piso de la calle Spruce, en la Ciudad Universitaria, no muy lejos de la Clinica Aventina. Se dio cuenta de que le temblaban las manos. Era porque deseaba con toda su alma cerrarlas alrededor de la garganta de aquel individuo.

– He dado con el -le dijo a Lisa.

– Oh, Dios mio.

– Es un contestador automatico, pero la voz es la suya, y vive en Filadelfia, cerca de donde me asaltaron.

– Dejame escucharla. -Lisa marco el numero. Al escuchar el mensaje, sus mejillas rosadas se tornaron blancas. Dijo-: Es el. Puedo volver a oirle ahora. «Quitate esas bonitas bragas», dijo. ?Oh, Dios!

Jeannie descolgo el telefono y llamo a la comisaria de policia.

53

Berrington se paso toda la noche del sabado sin pegar ojo. Permanecio en la zona de aparcamiento del Pentagono, sin perder de vista el negro Lincoln Mark VIII del coronel Logan, hasta la medianoche, hora en que llamo a Proust y se entero de que habian arrestado a Logan, pero que Steve logro escapar; presumiblemente en metro o en autobus, dado que no lo hizo en el automovil de su padre.

– ?Que hacian en el Pentagono? -le pregunto a Jim.

– Fueron a la Comandancia del Centro de Datos. Ahora precisamente trataba de descubrir que era con exactitud lo que se llevaban entre manos. Mira a ver si puedes localizar al chico o a la Ferrami.

Berrington ya no tenia inconveniente en dedicarse a la vigilancia. La situacion era desesperada. No era el momento de enarbolar la bandera de la dignidad; si fallaba en la tarea de frenar en seco a Jeannie, no le quedaria dignidad alguna que defender.

Al volver a la casa de Logan se la encontro oscura y desierta; el Mercedes rojo de Jeannie habia desaparecido. Espero cosa de una hora, pero no se presento nadie. Dando por supuesto que la muchacha habria vuelto a su casa, regreso a Baltimore y recorrio en ambos sentidos la calle donde vivia Jeannie, pero el coche de la joven tampoco estaba alli.

Asomaba la aurora cuando se detuvo delante de su domicilio en Roland Park. Entro en casa y telefoneo a Jim, pero no obtuvo respuesta ni en su domicilio ni en la oficina. Berrington se tendio en la cama, y continuo alli vestido, con los parpados cerrados, pero aunque estaba exhausto, la preocupacion le mantuvo despierto.

Se levanto a las siete y volvio a llamar a Jim, pero no consiguio ponerse en contacto con el. Tomo una ducha, se afeito y se puso unos pantalones de algodon negros y un polo a rayas. Se bebio un vaso largo de zumo de naranja de pie en la cocina. Miro la edicion dominical del Baltimore Sun, pero los titulares no le dijeron absolutamente nada; era como si estuviesen escritos en finlandes.

Proust llamo a las ocho.

Jim se habia pasado la mitad de la noche en el Pentagono, con un amigo que era general, interrogando al personal del centro de datos, con el pretexto de que investigaba una brecha en la seguridad. Al general, un

Вы читаете El tercer gemelo
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату