amigote de los tiempos en que Jim estaba en la CIA, solo le dijo que Logan trataba de sacar a la luz una operacion secreta realizada en los setenta y que el, Jim, pretendia impedirselo.

El coronel Logan, que continuaba arrestado, no decia nada, salvo «Quiero hablar con mi abogado». No obstante, los resultados del barrido de Jeannie estaban en la terminal de la computadora y Steve los habia utilizado; eso permitio a Jim enterarse de lo que descubrieron.

– Supongo que tu debiste encargar electrocardiogramas de todos los ninos -dijo Jim.

Berrington lo habia olvidado, pero ahora volvio a su memoria.

– Si, los encargamos.

– Logan los encontro.

– ?Todos?

– Los ocho.

Era la peor de todas las noticias posibles. Los electrocardiogramas, como los de gemelos univitelinos, eran tan semejantes como si se hubiesen tomado a una misma persona en diferentes fechas. Steve y su padre, asi como seguramente Jeannie, debian de saber ya que Steve era uno de ocho clones.

– ?Rayos! -exclamo Berrington-. Hemos mantenido esto en secreto durante veintidos anos, y ahora esa maldita chica va y lo descubre.

– Te dije que deberiamos haberla hecho desaparecer.

Sometido a presion, Jim era de lo mas insultante. Y despues de pasarse una noche en blanco, a Berrington no le sobraba paciencia.

– Si vuelves a pronunciar lo de «Te dije», te vuelo la maldita cabeza, lo juro.

– ?Esta bien, esta bien!

– ?Lo sabe Preston?

– Si. Dice que estamos acabados, pero siempre lo dice.

– Esta vez podria tener razon.

La voz de Jim adopto un tono de patio de armas:

– Tu puedes estar preparado para darte por vencido, Berry, pero yo no -rechino-. Sea como sea, hemos de mantenerlo tapado hasta la conferencia de prensa de manana. Si nos las arreglamos para conseguirlo, la venta se consumara.

– Pero ?que pasara despues?

– Despues dispondremos de ciento ochenta millones de dolares, y no sabes la enorme cantidad de silencio que se compra con eso.

Berrington deseo creerle.

– Ya que eres tan listo, ?que crees que deberiamos hacer ahora?

– Hemos de averiguar cuanto saben. Nadie tiene la certeza de que, cuando salio del Pentagono, Steve Logan llevase en el bolsillo una copia de la lista de nombres y direcciones. La teniente del centro de datos jura que no, pero su palabra no me basta. Ahora bien, esas direcciones tienen veintidos anos de antiguedad. Y esta es mi pregunta: contando solo con los nombres, ?puede Jeannie Ferrami seguir la pista de los clones y dar con ellos?

– La respuesta es si -repuso Berrington-. En el departamento de Psicologia somos expertos en eso. Tenemos que hacerlo constantemente, rastrear gemelos identicos. Si esa lista llego anoche a manos de Jeannie Ferrami, a estas horas ya habra encontrado a alguno de ellos.

– Me lo temia. ?Hay algun modo de comprobarlo?

– Supongo que puedo llamarlos y descubrir si han tenido noticias de ella.

– Tendras que ser discreto.

– Me sacas de quicio, Jim. A veces te comportas como si fueras el unico tio, en todo Estados Unidos con medio jodido cerebro. Claro que sere discreto. Volvere a llamarte.

El golpe que dio al colgar resono estruendoso.

Los nombres y numeros de telefono de los clones, escritos en una clave sencilla, estaban en su Wizard. Lo saco de un cajon del escritorio y lo abrio.

Les habia seguido la pista a lo largo de los anos. Se sentia hacia ellos mucho mas paternal que Preston o Jim. Al principio, escribia cartas desde la Clinica Aventina, pidiendo informacion, con el pretexto de ponerse al corriente en los estudios sobre el tratamiento de hormonas. Con posterioridad, cuando esa excusa resulto inverosimil, recurrio a diversos subterfugios, tales como fingirse agente de la propiedad inmobiliaria que llamaba para preguntar si tenian intencion de vender la casa o hacerse pasar por vendedor de libros que deseaba saber si los padres estarian interesados en adquirir una obra en la que figuraban todas las becas disponibles para los hijos de antiguos miembros del estamento militar. Habia observado con creciente consternacion que la mayoria de los muchachos evolucionaban de la condicion de ninos inteligentes pero desobedientes a la de audaces delincuentes juveniles y a la de brillantes adultos inestables. Eran desdichados subproductos de un experimento historico, pero el se sentia culpable debido a los muchachos. Lloro cuando Per Ericson se mato mientras realizaba saltos mortales en la pista de esqui de Vail.

Contemplo la lista mientras trataba de imaginar un pretexto plausible para llamar. Luego cogio el telefono y marco el numero del padre de Murray Claud. El telefono sono y sono, pero no respondio nadie. Al final, Berrington se figuro que aquel era el dia en que el hombre iba a la carcel a visitar a su hijo.

A continuacion llamo a George Dassault. Esa vez tuvo mas suerte. Descolgo el auricular una joven voz conocida.

– ?Si, quien es?

– Aqui, la Bell Telephone, senor -dijo Berrington-: Estamos comprobando la existencia de llamadas fraudulentas. ?Ha recibido usted alguna fuera de lo normal en las ultimas veinticuatro horas?

– No, no puedo decirlo. Pero he estado ausente de la ciudad desde el viernes, asi que no me encontraba aqui para responder al telefono.

– Gracias por colaborar en nuestro estudio, senor. Adios.

Jeannie podia tener el nombre de George, pero no habia entrado en contacto con el. Claro que eso era poco concluyente.

Berrington probo entonces con Hank King, de Boston.

– ?Si, quien es?

Era asombroso, reflexiono Berrington, todos contestaban al telefono de la misma forma carente de simpatia. Puede que no hubiese un gen que suavizase los modales telefonicos. Pero la investigacion de mellizos estaba plagada de tales fenomenos.

– Aqui la AT y T -dijo Berrington-. Estamos realizando un estudio relativo al uso fraudulento del telefono y deseariamos saber si ha recibido usted alguna llamada extrana o sospechosa en el curso de las ultimas veinticuatro horas.

La voz de Hank tenia dificultades con las palabras.

– Dios, la juerga ha sido tan tremenda, que no podria recordarlo. -Berrington puso los ojos en blanco. Claro, ayer fue el cumpleanos de Hank. Estaba seguro de que se emborracho o se drogo. O las dos cosas-. ?No, espere un momento! Hubo algo. Ahora me acuerdo. Fue en medio de la jodida noche. Ella dijo que estaba en la policia de Boston.

– ?Ella? -Muy bien podia haber sido Jeannie, penso Berrington, con la premonicion de una mala noticia.

– Si, era una mujer.

– ?Dio su nombre? Eso nos permitiria determinar su autenticidad.

– Claro que lo dio, pero no lo recuerdo. Sarah o Carol o Margaret… o Susan, eso es, detective Susan Farber.

Ya no cabia duda. Susan Farber era la autora de Gemelos identicos educados en ambientes distintos, unico libro sobre el tema. Jeannie habia empleado el primer nombre que se le vino a la cabeza. Lo que significaba que tenia la lista de nombres. Berrington se sintio aterrado.

– ?Que dijo, senor?

– Me pregunto mi fecha y lugar de nacimiento.

Eso le confirmaria que estaba hablando con el verdadero Henry King.

– Me parecio que era como un poco raro -continuo Hank-. ?Se trata de algun tipo de chanchullo?

Acuciado por la situacion, Berrington invento:

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