– Espere aqui. Enseguida vuelvo.
?Que iba a encontrar dentro? ?Un templo dedicado al sadismo como en el piso de Stattner? ?Un antro repelente lleno de comida a medio consumir y ropa sucia? ?La limpieza llevada a las ultimas consecuencias por una personalidad obsesiva?
Reaparecio el vecino.
– A proposito, me llamo Maldwyn.
– Yo, Jeannie.
– Mi verdadero nombre es Bert, la verdad, pero es un nombre que tiene muy poca gracia, ?no le parece? Siempre me he llamado a mi mismo Maldwyn.
Introdujo una llave en la cerradura de la puerta del 5B y entro.
Jeannie hizo lo propio.
Era el tipico apartamento de un estudiante, un estudio con cocina americana y cuarto de bano minusculo. Estaba amueblado con un diverso surtido de trastos de desecho; un aparador de pino, una mesa pintada, tres sillas de distintos juegos, un sofa hundido y un televisor grande, viejo, de modelo antiguo. Hacia bastante tiempo que no se limpiaba y la cama estaba revuelta. Era decepcionantemente tipico.
Jeannie cerro tras de si la puerta del apartamento.
– No toque nada, solo mire… -advirtio Maldwyn-, no quiero que sospeche que he entrado aqui.
Jeannie se pregunto que esperaba encontrar. ?Un plano del edificio del gimnasio, el cuarto de la sala de maquinas de la piscina con la anotacion de «La viole aqui»? No se habia llevado ninguna prenda interior de Lisa como recuerdo grotesco. Tal vez la estuvo acechando y fotografiando durante semanas antes de lanzarse. Cabia la posibilidad de que tuviese una pequena coleccion de articulos birlados: un lapiz de labios, una cuenta de un restaurante, el envoltorio de una barrita de caramelo, propaganda de la que se envia por correo, con la direccion en el sobre.
Mientras examinaba el cuarto, empezo a entender con cierto detalle la personalidad de Harvey. En una pared habia un encarte central, arrancado de una revista masculina, en el que aparecia la imagen de una mujer desnuda, con el vello pubico afeitado y la carne de los labios de la vagina atravesados por un aro. Jeannie se estremecio.
Inspecciono la libreria. Vio
– ?Puedo echar un vistazo a su guardarropa? -pregunto. No deseaba que Maldwyn se molestase.
– Claro, ?por que no?
Abrio cajones y armarios. Las ropas de Harvey eran como las de Steve, un tanto conservadoras para su edad: pantalones clasicos y polos, chaquetas deportivas de tweed, camisas, zapatos de cordones y mocasines. El frigorifico estaba vacio de alimentos, pero tenia dos paquetes de seis botellines de cerveza y una botella de leche: Harvey comia fuera. Debajo de la cama encontro una bolsa de deporte con una raqueta de squash y una toalla sucia.
El desencanto cundio en Jeannie. Alli era donde vivia el monstruo, pero no era ningun palacio de perversion, solo una estancia sucia y desordenada, con cierta repugnante pornografia.
– Se acabo -le dijo a Maldwyn-. No estoy segura de lo que buscaba, pero no esta aqui.
Y entonces la vio. Colgada de un gancho, detras de la puerta del apartamento, habia una gorra roja de beisbol.
La moral de Jeannie se elevo hacia la estratosfera. «Tenia razon, he pillado a este hijo de puta ?y ahi esta la prueba! Se acerco. La palabra SEGURIDAD figuraba impresa con letras blancas en la parte frontal de la gorra. Jeannie no pudo resistir la tentacion de ejecutar una victoriosa danza de guerra por el apartamento de Harvey Jones.
– Ha encontrado algo, ?eh?
– El muy canalla llevaba puesta esa gorra cuando violo a mi amiga. Salgamos de aqui.
Abandonaron el apartamento y cerraron la puerta. Jeannie estrecho la mano de Maldwyn.
– No puedo agradecerselo lo suficiente. Esto es importante de verdad.
– ?Que va a hacer ahora? -pregunto el hombre.
– Volver a Baltimore y llamar a la policia -respondio Jeannie.
Mientras regresaba a casa por la I 95, se puso a pensar en Harvey Jones. ?Por que iba a Baltimore los domingos? ?A ver a una novia? Tal vez, pero la explicacion mas probable era que sus padres viviesen alli. Muchos estudiantes llevaban a casa la ropa sucia los fines de semana. Seguramente estaria ahora en la ciudad, degustando la carne asada que hubiese preparado la madre o viendo por la tele un partido de futbol junto a su padre. ?Asaltaria a otra chica por el camino de vuelta a su casa?
?Cuantas familias Jones habia en Baltimore: mil? Ella conocia a un Jones, claro: su antiguo jefe, el profesor Berrington Jones…
«Oh, Dios mio. Jones.»
La impresion resulto tan fuerte que tuvo que hacerse a un lado de la interestatal y parar.
«Harvey Jones podia ser hijo de Berrington.»
Recordo de subito el pequeno gesto que Harvey hizo en la cafeteria de Filadelfia, la primera vez que se lo encontro. Se habia atusado las cejas con la yema del dedo indice. En aquel momento le intrigo un poco, porque le parecio que aquel gesto lo habia visto antes. No logro recordar a quien le vio realizarlo y penso vagamente que debio de ser Steve o Dennis, dado que los clones suelen tener ademanes identicos. Pero ahora se acordaba. Era Berrington. Berrington se alisaba las cejas con la yema del dedo indice. En aquel acto habia algo que irritaba a Jeannie, algo fastidiosamente presuntuoso o quiza vanidosamente arrogante. No era un gesto que todos los clones tuviesen en comun, como cerrar las puertas con el talon cuando entraban en un cuarto. Harvey lo habia aprendido de su padre, como expresion de autosuficiencia.
Probablemente, Harvey estaria en aquellos instantes en casa de Berrington.
55
Preston Barck y Jim Proust llegaron a casa de Berrington hacia el mediodia y se sentaron en el estudio con unas cervezas. Ninguno habia dormido gran cosa, y su aspecto era lamentable. Marianne, el ama de llaves, preparaba el almuerzo dominical y el aroma apetitoso de sus guisos llegaba a rafagas desde la cocina, pero nada podia levantar el alicaido animo de los tres socios.
– Jeannie hablo con Hank King y con la madre de Per Ericson -informo Berrington, hundido en el pesimismo-. No he tenido ocasion de comprobar si tambien lo hizo con algun otro, pero los habra localizado antes de mucho tiempo.
– Seamos realistas -dijo Jim-: Exactamente, ?que puede haber hecho esa chica antes de manana a estas horas?
Preston Barck estaba con el animo por los suelos.
– Te dire lo que haria yo en su lugar -dijo-. Me encantaria montar una demostracion publica de lo que hubiese descubierto, de forma que, si pudiera, cogeria a dos o tres de los muchachos, me los llevaria a Nueva York y me plantaria en el programa Buenos dias, America. A la television le vuelven loca los gemelos.
– Dios no lo permita -dijo Berrington.
Se detuvo un coche fuera. Jim miro por la ventana y anuncio: -Un viejo Datsun herrumbroso.
– Empieza a gustarme la idea original de Jim -dijo Preston-. Hacerlos desaparecer.
– ?No habra ninguna muerte! -chillo Berrington.
– No grites, Berry -dijo Jim con sorprendente calma-. A decir verdad, supongo que fanfarroneaba un poco al hablar de hacer que eliminasen a la gente. Quizas hubo una epoca en la que tenia poder para ordenar que matasen a alguien, pero realmente ahora ya no es asi. En los ultimos dias he pedido algunos favores a viejos amigos, y aunque me los han prestado sin poner pegas, comprendo que todo tiene un limite.
Berrington penso: «Gracias a Dios».
– Pero tengo otra idea -dijo Jim.
